PARABIÉN | ¿Cómo haremos para querernos? Parte IV: La mano

Rubén Wisotzki

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1.

“Haremos todo lo posible por salvarlo, pero debe saber que la situación es muy crítica. Y desde ya le informo que muy probablemente perderá ambas manos, la izquierda seguro”.
La mano lo es todo para el individuo. Tanto como el corazón. Tanto como el cerebro. Tanto como el pulmón. Tanto como la sangre. Tanto y tanto.

Pero a diferencia de otros órganos, de otras partes, las manos, -las que tenemos y las que no-, se ven, están a la vista y son, en gran medida a su visibilidad y alcance, una extensión de nuestras vidas. A través de nuestras manos, por ejemplo, nos aferramos a la vida cuando viajamos, así sea en la mejor de las mecánicas aladas o terrestres, llámese avión, tren, vehículo automotor, ascensor, bicicleta o patineta, indudables aparatos suicidas y ajenos al cuerpo humano.

2.

Ya sabemos, o al menos eso se dice, que el cuerpo humano es una máquina fabulosa, que posee un diseño natural extraordinario, que empleamos, de nuestro inmenso potencial, una ínfima parte, y que sobresalimos en calidad y talento por encima de las demás especies animales.

Este indiscutible juicio de su perfección queda contrastado, para los pocos escépticos posibles, en la universal ley de la compensación o equilibrio: siendo tan modélicos y ejemplares, somos también capaces de alcanzar tal nivel de maldad en nuestro desarrollo existencial que nuestro querido Lucifer queda del tamaño e inocencia de un bebé recién nacido de la Concepción Palacios.

3.

Pero si nos ponemos estrictos, rigurosos y exigentes, también debemos apuntar lo que nuestras queridas madres, en la deficiente programación e institucionalización de la distribución de responsabilidades y roles hogareños, nos han hecho oír desde la más tierna infancia: siempre faltan manos para hacer todo lo que deben o quisieran hacer. Y eso que es un frustrado y triste decir de las que son el centro del universo, es también una reflexión filosófica metafísica, moral y ética, de primer orden: Faltan manos.

4.

Faltan manos para ayudarle a cargar al anciano sus compras, sus enseres, sus pertenencias, faltan manos para levantar a los caídos, a los que tropiezan en la acera, faltan manos para sostener las destartaladas escaleras que repintan las paredes de todos, faltan manos para halar hacia adentro aquel viajero que quedó en ese limbo angustiante que es la línea divisoria entre andén y vagón, faltan manos para empujar los carros, -y también, por qué no, para empujar al agresor o abusador de alguien en desventaja física-, faltan manos para llevar, y faltan más manos, muchas manos, que ayuden a traer, faltan manos, en definitiva, que sumen para el bien común.

Las únicas manos que sobran son las que restan.

5.

Inciso: Pongamos atención, si les parece, a este juego de palabra, que como todo juego resulta ser algo muy serio: dos palabras, hermano, y mano. “¿Mano/ manita, me das una mano*?” La palabra, realmente mágica, siempre pone de su parte, ¿no?
(*ayuda)

6.

No son las anteriormente descritas las únicas manos necesarias. También son indispensables, las manos que se extienden desde el espíritu, aunque físicamente permanezcan en los bolsillos. Siempre se necesitarán las manos que se posan delicadamente en un hombro, en ese intersticio físico entre lo terrenal y lo cósmico, las manos que rodean la cintura y que aprietan desde los omóplatos todos los planetas posibles que albergan nuestras cansadas espaldas, las manos que alcanzan el pan que sobra al que le falta.

También las manos que bailan, que pintan, moldean, las que escriben y describen, las manos que despiden y las que dan la bienvenida, las manos alzadas para alzarse, las manos que se perdieron en la brega para que nacieran otras manos, las manos que se dieron sin esperar que las devolvieran (y se las llevaron, pero nacieron otras…)

7.

Afortunadamente, son más las manos existentes que las ausentes, son más las buenas manos que las malas manos, pero la realidad local y global, nos induce a creer que es al revés. Y no es así. Repetimos: no es así. La desesperanza, la mirada negadora, el pesimismo, hacen de las suyas en los días aciagos, imprecisos, confusos, inciertos. Hay que trabajar, como contraparte, la esperanza humanista, el principio humanista, la verdad humanista. La mano humanista. Un dicho popular germánico dice: el desaliento viene solo, al aliento hay que ir a buscarlo. Las manos abiertas son muchísimas más que las cerradas como puño, como agresión.

8.

Ese gran hombre llamado Antonio Gramsci leyó con atención en la cárcel al abate Galiani quien afirmó: “Créanme, no le teman ni a los bribones ni a los malvados. Témanle al hombre honrado que se engaña; él actúa de buena fe, cree en el bien y todos se fían de él; pero, desgraciadamente, se engaña acerca de los medios de procurar el bien a los hombres”. Galiani apuntó en su momento a los “filósofos” del siglo XVIII, Gramsci lo vio ajustado “a todos los malos políticos que supuestamente actúan de buena fe”.

¿Son aplicables esas palabras de Galiani al presente? Dejemos esta tarea por aquí para quien la considere oportuna y pertinente. No vamos a discutir en esto con Gramsci, obviamente, faltaba más. En su tiempo y contexto no dudamos que sea así. Pero leeremos estas palabras en estos días con sumo detenimiento. ¿Es así hoy como leyó Gramsci de Galiani? ¿Forman parte esas palabras de una realidad trasladable a todos los tiempos, todas las circunstancias? ¿Son ajustadas a esta realidad?

9.

Por razones aún inexplicables, la vida de quien escribe este sentido esperpento se salvó gracias a las manos de los médicos venezolanos. Son esas mismas manos, y otras similares, que hoy atienden aquí y allá bajo el fuego enemigo e invisible de esta pandemia sin fronteras, a riesgo de sus propias vidas. Son las manos merecedoras de nuestras manos que los aplauden, así como son merecedoras de las manos que les podemos echar desde la conciencia individual, el compromiso colectivo, el reconocimiento sin reserva alguna, y el pensar permanente en el bien de todos.

Siempre habrá múltiples razones para seguir echando una mano. Una de ellas, fundamental e indiscutible, es muy sencilla: no sabemos cuándo vendrá otra a hacerlo. Que sea, entonces, la nuestra. Para bien.

Rubén Wisotzki