HORIZONTE DE SUCESOS | El cumpleañero

Heathcliff Cedeño

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A propósito de que Chávez cumplió años este martes, no podía dejar que este evento pasara, como dicen, por debajo de la mesa. En esta columna le picaremos la torta, el quesillo y el profiterol al Comandante.

Sí, para nosotros sigue cumpliendo años y cada 28 de julio lo celebramos con el mismo fervor familiar de siempre. Sin embargo, esto no puede tomarse como una efeméride más; sea un ritual individual o colectivo, la presencia de Chávez es la que determina la diferencia entre un aniversario y un cumpleaños.

Quien vea este fenómeno literalmente podrá asociarlo a aquel personaje de Cien años de soledad que, después de morir en un duelo, seguía teniendo una presencia en la vida de los Buendía y envejecía al paso de los demás mortales. Prudencio Aguilar traspasaba las habitaciones del tiempo y se aparecía cada cierto tiempo para atormentar a José Arcadio.

A diferencia del desafortunado personaje, Chávez tiene una presencia tormentosa sólo en la vida de los que lo odiaron, los que no estuvieron a su altura y los que infructuosamente aún tratan de matarlo, de borrarlo de la memoria. El otro detalle es que el Comandante tampoco envejece, por más años que le celebremos.

Sea odiado o amado, la existencia atemporal e inamovible de Chávez es un signo inequívoco de que ya forma parte de nuestros mitos. Pero esta permanencia no está determinada por los ritos que celebramos para recordar su nacimiento o victorias, tampoco porque se nombre a cada rato. Que esté presente en nuestras vidas no depende de lo mediático, sino de lo sensible y afectivo.

Los mitos no pueden verse como fenómenos que pertenecen a un orden fantástico y por tanto hay que superar. Si estos aparecen antes de todo conocimiento lógico es porque fungen como base para que todo lo demás se desarrolle, y ese carácter fundacional es lo da su condición de eternidad.

Todos los mitos son vigentes porque funcionan como la base de la memoria de una sociedad. También también cumplen el rol de orientación moral cada vez que se quieren inflar los ánimos colectivos, cuando hay peligros que amenazan su existencia.

Si Chávez alcanzó ese nivel mitológico fue porque hubo una identificación inmediata de la sociedad con lo que él representaba; y contra esto no hay propaganda que valga. Y esa identificación fue posible porque el Comandante le dio voz, rostro y nombre a un montón de hechos que nos representaban, pero que permanecían en un estado de disolución, que nos conectaban en un lenguaje que no se puede reconocer, sino sentir.

“Si yo pudiera convertir mi corazón en una especie de condecoración, si yo pudiera lograr que todo el pueblo venezolano encarnara en un ente físico sólo, le pondría de mi corazón, de mi pecho, esa condecoración de orgullo en el pecho del pueblo de Venezuela”, dijo en 2012.

Quien dude que Chávez sea realmente el corazón del pueblo no ha sabido interpretar los avatares de nuestra historia. Actualmente sigue siendo el pulmón para enfrentar la guerra a la que nos someten.

Heathcliff Cedeño