CARACAS EN ALTA | Los nuevos sonidos de la ciudad

Nathali Gómez

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Todos los días me despierta el canto de un gallo. Le sigue un coro desacompasado de pájaros salpicado por la estridencia de alguna guacamaya. Por segundos me pierdo en un lugar lejano y desconocido que no es mi cuarto, que queda en la parte posterior de un edificio cualquiera en una ruidosa y transitada esquina del centro caraqueño.

Para alguien que vive en el centro de Caracas estos sonidos son extraordinarios. Apenas tenemos árboles, que están relegados a una acera, y más bien parecen regañados. Nuestro concepto más aproximado de una “zona verde” es la matera de una plaza o un fragmento de grama no muy extenso. En un momento nos convencieron de que esto era tener una ciudad. Nos enorgullecía el concreto, el tránsito, las avenidas, las vitrinas y esa sensación de eterno movimiento que nos integraba plenamente al mundo civilizado.

Pero, ¿qué pasa ahora?, ¿qué es diferente? Podría decir que todo y que nada. Lo primero porque esa misma ciudad sigue ahí: de la noche a la mañana no han brotado árboles en las calles, ni verdor en las esquinas. No me he encontrado el primer venado en la avenida Urdaneta. Lo segundo porque el coronavirus cambió totalmente la dinámica y nuestras prioridades como animales de ciudad. Sin haberlo pedido, aminoramos el ritmo y nos vimos caminando por una ciudad que funciona a medias. Una suerte de domingo en función continuada.

No sabría decir por qué ahora me despierta el trino de los pájaros y no el tanque de la poceta llenándose cuando llega el agua. No creo que sea porque la pandemia nos haya hecho mejores personas y las aves estén al tanto. Pienso más bien que en medio de nuestras limitaciones y preocupaciones, nos hemos acercado de alguna forma a otro tipo de ciudad que estaba ahí y que no lo percibíamos porque estábamos muy ocupados transitando la otra. Como dijo el escritor mexicano Juan Villoro en una charla en Caracas, hace casi veinte años, cuando hablaba de la multiplicidad de escenarios en la Ciudad de México: “sin darnos cuenta, hemos cambiado de ciudad”.

Mentiría si dijera que la naturaleza en pleno se mudó a mi cuadra. Minutos después del canto del gallo, escucho la santamaría que se abre, la pelea diaria de los vecinos, las voces de los vendedores ambulantes que no pueden quedarse en casa porque tienen que resolver su día, las motos. Sin embargo, lo diferente es que ahora también puedo escuchar el sonido de los pájaros en medio de este concierto atropellado de acordes citadinos.

Nathali Gómez | @laespergesia