EL QUE BUSCA ENCUENTRA | Serendipia

Henrietta Saltes Zamora

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Hay gente muy pesimista, fatalista y mal encarada que dice y jura que la vida es una mierda (permítanme la grosería, es que es la expresión más usada y sonora). Los diablitos por su parte cantan «Los caminos de la vida no son lo que yo pensaba, como los imaginaba, no son como yo creía». Y bueno, si bien un poquito de pesimismo bien pensado no empobrece ni enriquece a nadie, no es favorable en términos absolutos.

Hay que auto-llamarse a la fe de la calma. Sabemos de sobra que a veces sí lo es porque hay de todo un poco o mucho; como esta pandemia ¡malhaya! que nos ha recontra jodido todo, como claramente vemos, percibimos y padecemos. Sobre todo nosotros los venezolanos, que llevamos un buen rato ya en penurias propias de estos tiempos y demonios tan bruscos y malucos, ahora repotenciados en esta súper anomia a la N.

¿Pero realmente vale el esfuerzo y la pena sentarse a escribir o leer más de lo mismo, cuando eso podría ser esa infinita catarata de problemas personales y colectivos derivados de situaciones negativas políticas y sociales nacionales o globales?

Yo podría sentarme aquí a disparar bazofias por los «5» puntos cardinales y contarles, como hacen las necesarias crónicas pandémicas de esta misma fuente, ardides y malestares surgidos de las deficiencias, por ejemplo, sufridas en lo político o en los derechos y servicios básicos como la justicia, la salud, la alimentación, la vivienda, la electricidad, el agua, el gas, el transporte, la seguridad y un larguísimo y penoso etcétera.

Pero ajá, ustedes dirán: «Ay no mi amor qué va, qué ladilla. Que ya tenemos suficiente con la roncha que pasamos como para también leer las suyas», ¿cierto? Claro, porque no hay ni un venezolano que no tenga su propio mecate de esa cabuya. Precisamente por eso es que prefiero no meter más dedos en las supurantes llagas; en cambio, darle la vuelta y cambiar el tono a uno más bien ameno, porque además de criticar y quejarnos de lo malo, malísimo, también estamos para compartir lo positivo: no importa si es una ñinga.

Entonces traigo polvo del camino con la serendipia, lo opuesto a ir por lana y salir trasquilado o a estar buscando lo que no se ha perdido. Una gratísima sorpresa que se halla cuando y donde no se espera, y que a todos nos pasa alguna vez, o varias (menos al pesimista y fatalista que dice que jamás le pasa una vaina buena).

Por ejemplo: que ustedes estén arrechos y despechados por la vida, solitos, tristones, desanimados e incrédulos y en el camino les sobrevenga repentinamente alguien cuyo encanto los arrope y embruje; y se dispongan prendados y emocionados al amor desfibrilador que les voltea y reanima el corazón. O tener la oportunidad de trabajar un rato haciendo fotografías y luego, en un momento de mundo detenido, de vida casi asintomática, salte otra para escribir amateur junto a un selecto grupo de cuartobates en una columna de Ciudad CCS. Es mi caso, que ni por la mente me pasaba. Sorpresa, reto y fortuna que recibo con agrado y sustico, pero a la que me vuelco con mucho gusto si de ello me enriquezco y les aporto algo.

A lo que voy es que a veces -como ahora- podemos sentirnos atrapados en una especie de cárcel del espíritu o de espacios, impedidos de movernos o sin hálito incluso, para darle forma y salida a lo que sentimos y pensamos. Y sin embargo siempre existe la posibilidad de que una mano amiga invisible haga una buena jugada y nos cambie para bien la vida, cuando no nos albergan muchas esperanzas que digamos. Entonces nadie nos trasquila y nos colabora esa serendipia.

Si ustedes sienten (o creen) que la vida sí es una mierda, hagan una pausa y silencio y observen. Esperémosla siempre en consecuencia, es merecida y sobre todo en plena pela. Pero si por causalidad pasa que no llega en el tiempo exacto en que creemos que debería llegar y nos impacienta y desilusiona, manipulemos un poco la cosa y salgamos a buscarla; porque también es válido no estar quieto. Eso es lo que pretendo ahora, por si acaso se tarda, y porque el sentido de la vida aún no se ha dilucidado filosóficamente y es práctica la idea de que tenga el que nosotros querramos darle. Si a ustedes ahora la vida no los sorprende, no importa: inventen, píquenle adelante y procúrenselo ustedes.

Es tal vez una tontería pero hoy salí a buscar malojillo para prepararme un tecito con miel, jengibre, limón y chía, pero fíjense que encontré orégano, toronjil y moringa y una iguana preñada que unos perros querían pasar a mejor vida…

La iguana. Foto: Henrietta Saltes Zamora

Y varias florecitas para cambiar al diablo por Dios en los detalles, en todo y en esta cuchitura de intento de emplatado que les regalo. Por favor acéptenmelo, que a fin de cuentas yo aquí lo que me estoy es presentando y estrenando.

El emplatado. Foto: Henrietta Saltes Zamora

Y acompáñenme de ahora en adelante, cada semana, para irles contando cosas que me vaya encontrando en la búsqueda permanente de lo bueno de la vida, que está ahí para ser escudriñada y por qué no, para sorprendernos tanto con pequeñeces como con enormidades. Si los caminos de la vida no son lo que nosotros pensábamos, para eso están las ganas de que sí lo sean y los atajos. ¿Quién dijo miedo?

Henrietta Saltes Zamora