RETINA | Doctorado en audacia

Freddy Fernández

0

Una vez por mes tenía que viajar en autobús de Mérida a Caracas. Partía el viernes, a las 7 o 9 de la noche del estacionamiento de Expresos Alianza, en la calle 25, muy cerca de la Plaza de las Heroínas. A las 7 o 9 de la mañana llegaba al Terminal del Nuevo Circo y desde allí caminaba hasta la esquina de San Pedro, en la parroquia San Juan, donde está Cantaclaro, la sede del Partido Comunista de Venezuela. Allí tenía que asistir a la reunión de la Comisión Nacional de Educación Media de la Juventud Comunista, pautada a las 11 am. Esa misma noche, siempre, tomaría el autobús de regreso a Mérida.

Desde el primer viaje, invariablemente, cada uno de esos sábados, al llegar a la puerta del PCV me encontraba con el mismo hombre que siempre respondía a mis “buenos días, camarada” con la fórmula “Buenos días, doctor. ¿Cómo está?»

Me impactaba e intrigaba su saludo, pero mi temprana timidez, tendría yo quince años cuando empecé a recibir este trato, me impedía indagar en el propósito de la sentencia con que me recibía y me crucificaba.

Debo haber tardado dos años, y muchos más viajes a Caracas, para ganar la suficiente confianza como para preguntar el porqué del saludo.

Antes de responder, me miró con incredulidad, como dudando de la sinceridad de mi pregunta. Quizá no podía creer que yo no entendiera. Con una sonrisa me hizo saber que, para él, un doctor podía ser cualquiera porque lo difícil era alcanzar el título de “señor”.
Todo esto ocurrió muchos años antes de conocer a Roberto Malaver, quien no duda nunca de llamar “doctor” o “doctora” a casi cualquier ser humano que se le cruce.

Creo que la actitud de Malaver, quién además repite a veces que “lo importante es ser decente”, vino a reforzar mi arraigada sospecha frente a quienes no se atreven a asumir su nombre sin anteponer antes el título, académico o no, que suponen los convierte en gente importante.

Quizá por mis prejuicios, recuerdo que mis peores experiencias de estudiante las sufrí con profesores y profesoras que anteponían sus magisters o doctorados antes de su nombre.
Hoy, en un mundo de “autoayuda” que ha convencido a muchos de mercadearse a sí mismos, me sorprende ver a gente que conozco hacerse instantáneos “especialistas” en diversos temas complejos.

Admiro a esa gente. Podemos discutir sobre la posesión o no de los conocimientos que suponen los títulos que se han otorgado, pero no podemos dudar de su valentía. Sin duda son audaces, muy audaces.

Freddy Fernández | @filoyborde