El capitalismo se ha paralizado

0

ÁLVARO GARCÍA LINERA

Cómo vuelven a tomar protagonismo los Estados y cuál debería ser su rol para lograr el bienestar de sus poblaciones?

—Evidentemente, hay ya una crisis económica que se estaba manifestando desde hace por lo menos dos años, con la caída de la productividad en la manufactura mundial. En Europa, Estados Unidos y China, sus tasas de crecimiento han ido decayendo en los últimos años y el crecimiento del volumen del mercado se ha ralentizado. Entre los años 80 y hasta los años 2015, 2017, el mercado crecía, los flujos mercantiles aumentaban dos o tres veces más que el producto interno bruto (PIB), y en los últimos dos años se han acrecentado a la par, incluso un poco menos, los mercados y los flujos comerciales que la producción.

Sí había un proceso de ralentización del crecimiento mundial, y la pandemia lo que ha hecho es acelerar este síntoma de crisis. El primer resultado de ello, digamos, la primera víctima, somos los seres humanos evidentemente. Lo segundo ha sido la incapacidad de los mercados para resolver un tema tan importante. El silencio o la inutilidad del libre mercado de la aldea global para resolver un tema que afecta al mundo que es una pandemia global, una enfermedad global frente a la cual las instituciones de la globalización se muestran impotentes, inútiles e inservibles porque no atinan a hacer nada; ningún mercado ha curado la enfermedad ni ha atendido a ningún paciente.

Toda esta retórica institucionalizada de que los mercados eran el nuevo mundo que iban a traer la alegría, el bienestar a la nueva humanidad resulta que se hunde. Los mercados fallan, se muestran inútiles ante problemas concretos como la salud y el bienestar de las personas. Ahí, en este escenario, no de derrota sino de fracaso de las instituciones mundiales y de los mercados mundiales para enfrentar este problema, ha tenido que emerger el Estado como el refugio de las personas.

Incluso en algunos lugares, a contracorriente de los propios dirigentes, ha habido gobernantes como el señor Trump o el señor Johnson, que se oponían abiertamente a intervenir como Estado. Y así vemos una sociedad que ha obligado a los Estados a crear un caparazón de protección y este es un elemento clave de la actual coyuntura. El primero, el silencio y la inutilidad de la retórica globalizante para atender un problema tan concreto y grave. El segundo es la emergencia del restablecimiento de una fuerza estatal para enfrentar los temas de la salud de las personas e inmediatamente, en simultáneo, el de relanzar una economía.

El capitalismo se ha paralizado. Con ello no estoy diciendo que el capitalismo ha sido superado. No, no, no. El capitalismo se ha paralizado por obra de los Estados, algo que parecía imposible, pues se nos decía que el capitalismo era una máquina de devorar infinita, que no tenía manera de ser detenida, pero los Estados lo han detenido, lo han detenido para precautelar la salud de las personas.

Este es un hecho relevante, la fuerte presencia estatal para buscar los mejores mecanismos, a fin de proteger a las personas, darles salud, proveerles la pensión, brindarles cuidado, y al mismo tiempo activar mecanismos para inyectar recursos e implementar un conjunto de políticas para intentar relanzar la economía, golpeada duramente por la pandemia, por el cierre de las cadenas de abastecimiento, por la parálisis del aparato productivo y comercial.

—El caso específico de la República Argentina, durante los cuatro años de gobierno macrista han sido completamente desmantelados y vaciados los programas sociales. Recién ahora tenemos una nueva administración con una nueva visión completamente contrapuesta al gobierno anterior, que trabaja fuertemente para reconstruir este estado de bienestar.

—En la mayor parte del mundo, con excepción de algunos países latinoamericanos y China, donde hubo experiencias de fortalecimiento del Estado, temporales en la mayor parte, evidentemente las funciones sociales del Estado han sido desmanteladas porque no eran rentables. No generaban ganancias.

El neoliberalismo fue precisamente eso, el Estado, convirtiendo el patrimonio público en privado y, por lo tanto, vaciando no solo las arcas colectivas sino la institucionalidad social de protección, que frente a esta pandemia amenaza la vida porque amenaza la vida colectiva.

El pensamiento conservador está mudo, está en un estupor cognitivo que no sabe cómo responder y, más bien, las respuestas están viniendo del lado de la izquierda, temas como mayor presencia del Estado social, suspender el pago de la deuda externa.

—Un recurso para afrontar la catástrofe que generó la pandemia es el no pago de las deudas externas, que para la mayoría de los países se trata de elegir entre pagar las deudas o la vida de las personas.

—Muchos de los gobiernos de los países en desarrollo están asfixiados con enormes deudas, muchas de ellas producidas por políticas de imposición de organismos internacionales; una parte de esas deudas es transferida luego al sector privado que lo ha derrochado.

Y ahora tienen que soportar una enfermedad mundial que no ha sido producida por esos países, sino que es fruto de este proceso de quiebre de la interfase entre la vida silvestre y la vida natural, acelerada por la globalización que nos está afectando a todos. Entonces, enfrentar esa realidad, garantizar un sistema de salud eficiente, dar la cara a la inflación de la economía y simultáneamente tener que pagar dinero a los acreedores, saldar los intereses y capital al Fondo Monetario Internacional va a ser literalmente imposible, puesto que se tendría que elegir entre la bolsa del Fondo Monetario Internacional o la vida de los ciudadanos.

—¿De dónde podrían salir estos nuevos recursos y qué pasaría si los Estados no logran hacer la inversión necesaria para que sus sociedades estén protegidas?

—Para reactivar la economía de una sociedad que ha tenido que paralizarse no va a ser suficiente ese dinero de la suspensión de los pagos. Se requiere otro flujo de dinero. El Banco Central es muy importante como garante de la emisión de dinero por parte de los gobiernos.

Pero también alguien tiene que pagar. Y solamente hay dos sectores que pueden hacerlo: los trabajadores o los ricos. Así de claro. Se haría en cinco, diez o veinte años.

Hay gobiernos que utilizarán la coerción y la violencia para intentar que la deuda la paguen los trabajadores mediante políticas de ajuste, reducciones salariales, recortes de derechos, de subvenciones, vendrán privatizaciones, para que sea la sociedad la que pague lo que no es una responsabilidad de la sociedad, sino del mundo globalizado entero.

Asimismo habrá otros gobiernos, pero todo va a depender de la correlación de fuerzas, de la movilización social, que buscarán distribuir estas deudas según las posibilidades sociales y a largo plazo, a través de la aplicación de un impuesto progresivo a las grandes fortunas, la nacionalización de determinadas áreas estratégicas de la economía, de alta rentabilidad, que permitan la explotación de ese excedente, el control de los flujos financieros mundiales que están descontrolados y que se van de un país a otro generando pobreza a muchos y riqueza a pocos, y también un control de los paraísos fiscales.

Para evadir impuestos, hay gente que ha sacado su dinero a paraísos fiscales. Ante esta realidad, habrá que idear mecanismos de repatriación de ese dinero, establecer una fecha límite para regresar ese dinero, una especie de amnistía para que retornen pagando una tasa mínima. Y si no regresan, enjuiciamiento al propietario, a sus fortunas, a sus propiedades, porque ha evadido el pago de impuestos al Estado.

Se requiere de un conjunto de políticas que hagan que el esfuerzo de ese dinero que se estaba usando hoy y que urge emplearse en los siguientes meses para levantar la economía, se distribuya de manera equitativa y justa entre toda la ciudadanía, recayendo el mayor peso sobre quienes tienen más dinero o más posibilidades, fruto de evadir impuestos, fruto de extorsiones o fruto de apropiación de recursos públicos.

—¿De qué se trata su propuesta para globalizar la salud?

—Esto es un tema que lo manejamos en el diálogo con los compañeros de la CELAC. Si bien habrá un fortalecimiento de los Estados y ciertas cadenas de valor van a acortarse, van a ser repatriadas para tener producción de insumos médicos más rápidos que depender de un solo país, otras no podrán recortarse y será necesario mantenerlas en este flujo interdependiente mundial.

Hay ámbitos de la globalización económica que no se van a poder detener. El flujo de personas de un lugar a otro, como migrantes, como transporte, como comercio, no tendrá la misma velocidad ni la intensidad de antes, pero sí un flujo importante y por lo tanto la gente va a tener que estar yendo de China a Estados Unidos, Argentina, Japón. Tomando en cuenta que puede repetirse nuevamente esta pandemia, con otro tipo de virus o bajo otras condiciones, el mundo mínimamente debería tener una red básica de protección de salud para todos los seres humanos, por ser simplemente seres humanos vinculados con el resto y con el mundo.

Se requiere que los países más grandes colaboren con los países más pequeños para un soporte mínimo, que un norteamericano acá o un argentino en Nueva York o en Japón tengan un soporte mínimo de la atención básica universal, que le garanticen que estos flujos de la interdependencia mundializada y global de la economía y la cultura, no se detengan ni tengan que verse recortados.

—¿Considera que este nuevo escenario, con un sistema de libre mercado en jaque que se hizo prácticamente invisible cuando estalló la crisis, puede generar oportunidades para los países que se encuentran en pleno desarrollo?

—El libre mercado a estas alturas es un peligro también para la humanidad. Es curioso, pero se ha llegado a ese nivel. Lo que pasa es que el libre mercado se basa en la idea de que el mundo, la naturaleza, el cosmos, el ser humano, todo puede ser devorado por las ansias de ganancia y la acumulación.

Necesitamos una combinación entre las actividades locales, regionales, lo que los economistas llaman cadenas de valores más cortas, de provisiones más cortas, pero también ámbitos de interdependencia y de intercambio. El mundo tiene que transitar a formas de mercados vinculados, moderadamente, reguladamente, y hacia una fuerte economía local-regional, continental, igualmente articulada, donde comienzan a primar otro tipo de criterios y de valores; satisfacer las necesidades más que acumular dinero, porque si el objetivo del ser humano o de la economía es acumular dinero a como dé lugar, pues qué importa la vida, qué importa la naturaleza, qué importan las personas, qué importan los adultos mayores, qué importan los niños.

“Hay que tributar todo en el altar de la ganancia”, eso es autodestructivo y lo que nos está mostrando la primera señal de esta pandemia, es que hay que ponerle un freno a ello, pues urge reconstruir formas de economía, defender excedentes que generen riqueza, por supuesto, pero de manera regulada, moderada, contenida y direccionada en buena parte hacia satisfacer las necesidades humanas, más que cubrir las necesidades de ganancia de unas cuantas personas.

A partir de ahora pueden suceder dos cosas. Una, que haya una especie de reforma social del capitalismo que apuntale temas más sociales, más de educación, de salud, de interdependencia, una forma del nuevo Estado de bienestar, pero en circunstancias, digamos, diferentes a la de los años 50 y 60. La otra opción tiene que ver con formas más radicales de superar el capitalismo; eso va a depender de la sociedad, no de los Estados, depende de los movimientos sociales, de los trabajadores, si estos serán capaces de ir más allá de un capitalismo reformado. Cualquiera de las dos sería ideal.

Sin embargo, también existe la posibilidad de una tercera opción que me preocupa y es la del endurecimiento autoritario del neoliberalismo. Usar el dinero del Estado para transferirlo a los grandes propietarios. Ya lo hicieron en el 2008, lo hicieron en el 2009 en unos países y sobre eso aplican medidas de coerción, de control digitalizado, algoritmización de la política para controlar a las personas, a los subversivos, a las clases peligrosas, a los pobres.

Entonces, podría haber también una vertiente ultra autoritaria de un neoliberalismo reciclado que puede ser tres veces más peligroso que esta pandemia que estamos viviendo ahora.

—¿El final ante esta crisis global es un final abierto que dependerá de nosotros, de los seres humanos que vivimos en este mundo para saber cuál será el rumbo que tome la humanidad finalmente?

—Definitivamente. Una de las cosas interesantes de esta situación médica y económica es que las incertidumbres y las creencias del destino inevitable de la humanidad, que se habían apoderado de las mentes de las personas durante 40 años, se han derrumbado.
No existe un destino ineluctable e inevitable de la humanidad. Eso siempre es un destino abierto, fruto de lo que hagamos y de lo que luchemos, y si eso se interconecta, puede dar lugar a otro tipo de destino.

América Latina lo había vivido antes, pero el mundo no lo había hecho y ahora está viviendo que el destino está abierto y depende de lo que como sociedad nos propongamos hacer, para que ese destino se cumpla.

Ya no hay más que esperar un destino definido por votos como algo inevitable y casi natural. No hay nada natural en los destinos de los seres humanos, los seres humanos somos los constructores de nuestros destinos.

Mini Biografía

ÁLVARO GARCÍA LINERA

Cochabamba-Bolivia, 1962

Docente universitario. La Universidad de San Martín de la provincia de Buenos Aires le otorgó Doctorado Honoris Causa en reconocimiento a su trayectoria académica, social y a su trabajo en defensa de los derechos de los aborígenes y obreros. Exvicepresidente de Bolivia durante el gobierno de Evo Morales, comprometido con la investigación social y la política militante.

Vinculado desde temprana edad con los grupos de trabajadores mineros e indígenas de su país, en sus publicaciones aborda problemáticas de la sociología, la ciencia política y la economía. Autor de los libros: Estado multinacional (2005); Sociología de los movimientos sociales en Bolivia (2004); y “Los impactos de la capitalización: Evaluación a medio término”, en Diez años de la capitalización, Luces y Sombras (2004).