MONTE Y CULEBRA | Leer, escribir y otras cosas (II)

José Roberto Duque

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Y otras cosas; por ejemplo, eso de hablar.

Otro de los mitos instalados o propagados a punta de memes y mentiras dichas por gente autoproclamada “culta” dice que “el mejor” castellano de América se habla en Bogotá. Tal vez sea verdad, si por “bueno” se entiende el apego a unas normas dictadas desde España.

En la expresión escrita es bien visto, celebrado y puesto como ejemplo de cómo deben hacerse las cosas correctamente, el aprendizaje mecánico de un puñado de reglas (ortográficas, gramaticales, de sintaxis) y su aplicación en los textos. No es necesariamente malo ni resulta despreciable que existan esas normas. Lo rastrero y francamente ridículo sobreviene cuando los que dominan esas normas comienzan a referirse a quienes no las dominan en términos de desprecio y execración: “Ustedes, seres inferiores, que confunden ‘a ver’ con el verbo haber”. Y también cuando atraviesan cierta frontera lógica y pretenden que la gente no solo escriba como lo ordena la real Academia de la Lengua, sino que además hable conforme a esas normas. Tal es el origen del presunto o supuesto estudio que proclamó a Bogotá la ciudad hispanoparlante mejor hablada: qué bien hablan los bogotanos, qué mal hablan los cartageneros.

De entrada, hay que recordar o señalar que hace mucho tiempo en América Latina no se habla castellano. “Esto” que hablamos y escribimos es lo que hicimos los pueblos con el idioma que trajeron los conquistadores (que, por cierto, tampoco era castellano “puro”, y líbrenos quien sea de toda pureza), y eso ya casi todo el mundo lo sabe y está o parece estar de acuerdo con esa verdad. Hasta que llega el momento incómodo en que a la gente la quieren poner a hablar conforme a las mismas reglas de la escritura, y entonces empiezan los accidentes del camino: lánzate pues, obliga a alguien de cualquier pueblo o ciudad de América a pronunciar zetas y ces. Diles a los salseros del Caribe que Celia Cruz era una bestia inculta porque decía “asúcar”, anda pues.

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Recién llegado a Caracas, en los años 80, me maravillé y disfruté mucho tiempo con cierto acto de herejía: alguien escribió en la entrada del Museo de Bellas Artes, ahí mismo en el murito ese desde donde se entra al recinto, una pinta colosal que decía: “La cultura mariquea”. La disfrutaba entonces con mi chip machista instalado, aunque también con el grandioso gesto de decirles esa verga a los pranes y cortes de eso que llaman “La Cultura”, en su casa o en su cara. Después supe que es un viejo decir de campesinos, pero para los efectos no importaba: lo que me gustaba era que alguien la hubiera escrito donde la escribió.

Luego, cuando fui limpiando o medio raspando esas llagas llamadas prejuicios y empecé a entender y a aceptar ciertas cuestiones básicas alrededor de las cuestiones de género, lo disfruto todavía más: la pinta o quien la escribió seguramente tenía la intención de burlarse de un montón de actitudes y maneras, pero si la lees con otra actitud, la limpias de homofobia y descubres que el amaneramiento que arrecha es el de las actitudes burguesas (esos personajes delicados hasta la grima, que donde ven una impureza ven a un pobre obrero sucio y sin educación). Lee la pinta así, desde esa perspectiva, y ahí la tendrás, más hermosa y contundente sin cambiarle ni una letra.

Importa con qué intención se escribe, y también importa la forma en que se recibe el mensaje.

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Me gusta toda subversión del lenguaje, así que disfruto leer a quienes decidieron escribir con estas claves: “nuestres hermanes o hermanxs”. Y mientras más académicos intervienen para defender las normas de “su” lengua más me gusta como las feministas se las pasan por el forro. Lo que sí me parece insólito y un poco bastante estúpido es que algunos pretendan entonces convertir esa subversión en otra norma impuesta: gente que viene a decirte que estás en la obligación de escribir como ellos decidieron que debe escribirse. Estar de acuerdo con las proponentes del aborto legal no te obliga a abortar; apoyar en su subversión ese formato escritural (todes, todxs) no te obliga a emplear ese formato al escribir.

La subversión debe ser contra toda exigencia formal: ninguna academia, gremio o hegemonía, actual o aspirante a serlo, va a decirme cómo escribir o hablar. Escribo y hablo como me da la perra gana, utilizando normas (que no es lo mismo que respetarlas o considerarlas sagradas) o desguazándolas según me parezca que le ponen o le quitan melodía o contundencia a lo que digo.

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Otra mentira se ha querido instalar como sentencia o verdad indiscutible: aquella según la cual “esta generación” (en realidad el objeto de este “análisis” son los jóvenes) es floja para leer, que prefiere la comodidad de las lecturas cortas e instantáneas de las redes sociales y sus códigos a base de memes y emojis. No he visto hasta ahora ningún estudio comparativo de cómo ni en qué medida asumían otras generaciones la lecto-escritura, lo que sí recuerdo es que antes era más común que tus padres y maestros te dieran tus coñazos o te reprobaban si no leías las mierdas que te obligaban a leer.

Como más o menos recuerdo algunas cosas de “mi generación” (fui a la escuela y al liceo entre los años 70 y un pedazo de los 80 del siglo pasado) me atrevo a decir que el horror o la ladilla a la lectura de libracos es común a todas las épocas. Nunca la lectura ha sido un entretenimiento o una faena que seduzca a las grandes masas. Creo que es mentira que las generaciones de antes eran más dadas a la lectura. Resulta muy gracioso ver a unos tipos sentenciar que los muchachos de ahora no sirven pa’ un coño, porque no se la pasan leyendo y porque no escuchan música “buena”. Lo que les falta es decir: “Así como yo”. Y a veces lo dicen: gente que cree idiota o inferior a otra gente porque no le da la gana de leer a Hegel ni de escuchar a Silvio Rodríguez.

Estoy convencido de que las personas no le agarran cariño a la lectura, no porque sean flojas o estúpidas, sino porque los autores que les obligan a leer son una ladilla. El interés o desinterés por la lectura amerita tanto esfuerzo de los escribidores como de los potenciales lectores. Hay autores tan pesados y somníferos que pueden hacer bostezar a alguien escribiendo un tuit; esos mismos locos tienen los cojones de producir ladrillos de mármol de 300 páginas, y de llamar ignorantes, flojos y faltos de voluntad a quienes no se mastican esos ladrillos.

La lectura (y la escritura), como cualquier actividad humana, debe ser un acto agradable e interesante. Sin ese requisito el trámite que queda es asqueroso: obligar a la gente a que lea, bajo amenaza, burla o estigmatización.

José Roberto Duque