Si el Estado no interviene, la gente se muere

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Por esas dualidades de la escritura, son las once de la noche. Detrás de mí está una flor, Bella a las once, que es la misma que cultivaba la madre de Laura Antillano. La flor desprende un perfume inolvidable que no espera el amanecer. Laura cumplirá años mañana; en este ir y venir de la existencia, el encuentro ocurrió en Naguanagua. A Antillano le gusta pasear y nos relató, también, una caminata inesperada hasta el cementerio municipal. Hablar de cuándo acabará la pandemia es predecir el futuro. “No podemos saberlo. ¿Cómo podemos saberlo?”.

—Mientras, ¿qué hacemos?

—Bueno, se están haciendo muchos talleres literarios digitales. Yo estoy aprendiendo a manejar Zoom (es un programa informático que permite realizar video- llamadas y reuniones virtuales desde un celular, una tableta o una computadora a través de internet; su dueño se hizo multimillonario en esta pandemia); no sabía manejar ese programa y me parece que es un recurso fundamental; estoy escribiendo columnas para tres periódicos (Últimas Noticias, Noti-tarde y Ciudad CCS) y eso nunca me lo planteé, y ese suplemento de cuentos que inventó Ciudad CCS –Laura, junto con Luis Alvis, asesora editorialmente esa publicación– me parece buenísimo, porque es Cuentos para leer en la casa y la idea es que allí haya una oferta para distintas edades, para todo el mundo y eso es importantísimo.

Antes de la pandemia, Laura dictaba talleres de literatura gratuitos en la sala de su casa.

Me asomo en la ventana y en ella cuelga la alfombra del gato, que ya no está. Veo sus pelos blancos en la alfombra, no veo la cola de la gasolina. “Cuando empezaron los líos con la gasolina y el transporte, la gente no podía llegar hasta La letra voladora, que era la casa que yo tenía, porque la gente tenía que tomar hasta tres transportes para llegar hasta allá.

Aquí se llega más rápido: cualquier transporte que tú tomes en la avenida Bolívar de Valencia te deja aquí, comenzando Naguanagua. Algunos se venían caminando. El último taller que hicimos fue sobre Julio Cortázar.”

La soledad

“¿Dónde están los vínculos?”, se pregunta Laura. Hablamos del silencio de los venezolanos en el exterior. Si usted es venezolano y está en Perú, por ejemplo, su acento puede significar, en el mejor de los casos, un mal rato. Si usted va con sus hermanos, luego de hacer un mercado, y se le ocurre hablar, puede que sean agredidos, puede que le roben así, a lo malandro, el mercado y puede ser que, además, la policía se los lleve a ustedes.

Aunque tuviesen su factura de compra.

—¿Qué estamos aprendiendo de esta pandemia?

—Yo creo que, indudablemente, hay un proceso de aprendizaje. Tendría que haberlo. Yo no puedo creer que vayan a seguir pensando lo mismo. Tampoco una puede predecir y decir:

“Sí, van a darse cuenta de…”, porque no tenemos ninguna prueba de eso, pero es un hecho, como decía el exvicepresidente de Bolivia García Linera, que me parece muy acertado: los que están tratando de resolver el problema son los estados y no los mercados. Si el Estado no interviene, la gente se muere. ¿Quién iba a pensar, hace cinco años, que iba a ser Nueva York, Manhattan, la ciudad donde muriera más gente con la pandemia? ¡Ah, Manhattan! Estados Unidos, vale, está en el nivel “más alto”, ¡Brasil!, es decir, países que han sido reconocidos como los “grandes mercados”, donde ha pasado de todo, y que de pronto… el abandono absoluto a la población. ¿Cómo es posible? Yo insisto, con todo lo que se diga contra el país: aquí se ha trabajado la pandemia muy bien. Que nos regañan todo el tiempo, eso sí, estamos bien regañados, eso que dice el Catire (el poeta Enrique del Carmen Hernández de Jesús, amigo de esta casa): “¡Qué barbaridad! Tenemos que decir que no se hagan tantas fiestas, que por favor dejen la rochela”. Porque aquí hay ese aviso: en las tardes, en las noches, en televisión y radio, nosotros sabemos cuánta gente murió en cada estado del país; el nivel de información se maneja. Aquí hay tres bombas de gasolina y cuando las colas empezaron, la gente bajaba de sus carros con sus sillas de extensión y se instalaban… ¡parecía un parque! No usaban tapabocas, nada, esto era un desorden. Bueno, apareció el Estado, pues, con altavoces, a ordenar: “Aquí nadie se baja del carro”. (En Naguanagua persisten las colas que ya solo se ven en Caracas, en algunas estaciones que la venden a cinco mil bolívares el litro: con un dólar, usted compra cincuenta litros de gasolina importada de Irán).

Entonces hay una serie de cosas que tienen que ver con quiénes somos, cuál es nuestra idiosincrasia, cómo nos comunicamos, a todos los niveles, aun cuando haya mucha agresividad entre los dos sectores en juego, porque al final todos estamos sometidos a las mismas circunstancias: la pandemia nos afecta a todos.

—¿De qué otro modo podemos promocionar la lectura?

—Yo creo que a un lector lo gana una lectura que tiene un vínculo, aunque él no se dé cuenta en primera instancia, con su propia vida. ¿Por qué, en un mismo texto, una persona ve una cosa y otra ve otra? Porque está haciendo su lectura desde el sí mismo, desde su propia historia. Yo me la paso en eso: me parece que puede ser mágico que la gente pueda descubrirse a sí misma a través del hecho de leer, de escribir. Además, creo que hay muchas circunstancias que ha despertado la pandemia en las que nadie había pensado: estar encerrados nos ha llevado a descubrirnos unos a otros, las cercanías, o las distancias, aunque vivamos juntos o no. A mí me da risa y me resulta muy grave a la vez: ¡gente que se está divorciando a raíz de este encierro! Lo otro es el hábito de los padres: los dejé en la escuela y ya. Entonces, ahora te tienes que sentar con tu hijo, y ser parte de la escuela, y parte importantísima. Eso produce un aceleramiento bueno, productivo, el padre y la madre poniéndole más atención a quien no le ponían atención porque eso era “oficio de otro”; eso ha sido importante, nos estamos viendo las caras, nos estamos conociendo más de cerca. Los pueblos pequeños lo manejan mejor que las grandes ciudades, hay mayor acercamiento, los jóvenes son menos despectivos con respecto a las generaciones mayores: tengo algo que aprender de mi abuelo.♦

LAURA ANTILLANO

Caracas-Venezuela

Laura Antillano es hija de Sergio Antillano, periodista fundador del periódico Últimas Noticias y de Lourdes Armas, artista plástica. En su casa tiene un lindo trabajo de su madre. Caraqueña, escritora, profesora universitaria. Ha sido titiritera y ha publicado novelas, cuentos, ensayos, crónicas, entrevistas y poesías; guionista de cine, radio y televisión. Recuerda con mucho cariño el guión de Pequeña revancha, aquella gran película de Olegario Barrera. Maestra honoraria por Uneartes, en 2012. Articulista de opinión en tres periódicos, sobreviviente de cáncer, madre de un hijo y una hija, generosa y amable. En su cuento más conocido, La luna no es pan-de-horno, nombra a la flor bellalasonce así, que es la manera correcta de nombrarla. Cumple años mañana. Desde Ciudad CCS: ¡Feliz cumpleaños, Laura!

ENTREVISTA GUSTAVO MÉRIDA, PERIODISTA CIUDAD CCS / FOTOGRAFÍA MERCEDES CHACÍN