DATE CON LA CIENCIA | ¿Es un murciélago la causa de todo?

Nerliny Carucí y Guillermo Barreto

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Hay que estudiar y reflexionar críticamente para espantar al verdadero virus

Arde la tierra,
estallan los termómetros.
El silencio recorre la sabana en ventoleras.
Es el vaho de cuerpos pasados
que buscan sus pasos.
Se han detenido los relojes.
La vida apenas vibra
en rincones diminutos
Pedro Borges

El año 2020 será recordado como el año del confinamiento comunitario, del tapaboca, del distanciamiento físico y de una de las peores pandemias de la historia. Nunca antes una pandemia había alcanzado los niveles de globalidad que los causados por la dispersión del SARS-CoV-2, el patógeno de la covid-19.

El brote de esta enfermedad empezó en la ciudad de Wuhan, en China, y se identificó el mercado como el lugar que originó los primeros casos del nuevo coronavirus.

Como otros virus, el SARS-CoV-2 se trata de un conjunto de microparásitos que, si bien pueden ser específicos de ciertas especies, bajo ciertas condiciones pueden infectar a otras especies y dispersarse en ellas. A ese proceso se le conoce como “zoonosis”: saltos que ocurren entre animales y humanos. Algunos ejemplos recientes son: el SARS, la H1N1, la gripe aviar o el MERS.

Un informe elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio [sic] Ambiente (PNUMA) y el Instituto Internacional de Investigación Ganadera (IIIG), divulgado en julio de 2020, atribuye la creciente tendencia a las zoonosis a la degradación de los hábitats naturales, como consecuencia de un aumento en la demanda de proteína animal, de prácticas agrícolas insostenibles, de la explotación de la vida silvestre y del cambio climático.

Cualquier comprensión de la zoonosis no puede hacerse al margen de la relación entre lo vivo y lo no vivo de la naturaleza, en su integralidad.

La probabilidad de que ocurra una zoonosis y de que esta se convierta en una pandemia va a depender del grado de contacto que exista entre humanos y animales. Un caso extremo es el de la cría intensiva de animales domésticos, con su carga de antibióticos y antivirales que aumentan la probabilidad de aparición de cepas de bacterias o virus resistentes que, al pasar a humanos, pueden producir enfermedades letales. La raíz del problema está, entonces, en la forma como el modelo de sociedad ha establecido la relación con la naturaleza. Cuanto mayor es el cambio provocado por la modernidad en los ciclos naturales del planeta, mayor es el riesgo de aparición de zoonosis.

Un reciente artículo del biólogo venezolano Éder Peña, publicado bajo el título “Como cuando vivimos en una sopa de vampiros”, hace un relato accesible y conciso de esta problemática. El mencionado texto distingue las altas tasas de deforestación en zonas tropicales como una de las causas del crecimiento desmedido de poblaciones de roedores o mosquitos, lo que, a su vez, provoca epidemias de dengue, paludismo o fiebre amarilla.

Por otro lado, el contacto de humanos con fauna silvestre aumenta la probabilidad de zoonosis y epidemias, como el SARS en 2003, “un coronavirus que saltó de murciélagos a felinos y, de ahí, a humanos”. El consumo de fauna silvestre se acrecienta, por lo general, debido a la situación de pobreza —provocada por el sistema capitalista— de campesinos y campesinas del mundo.

Pero el solo consumo de animales por poblaciones rurales no debe ser satanizado. Los humanos han estado en contacto con animales, por millones de años. ¿Y han ocurrido zoonosis? ¡Sííí! No en vano algunos investigadores señalan que la salud humana y la veterinaria deberían estudiarse juntas, como parte de la medicina planetaria. Vivimos en una biosfera llena de vida, y esa vida incluye humanos, mariposas, mangos, guayabas; pero también hongos, bacterias y esa forma especial de protovida que llamamos “virus”.

A pesar de que los virus son parte de la naturaleza, la inmunología los cataloga como “cuerpos extraños”. Es un concepto que debería revisarse. Porque ¿¡cómo puede ser “extraño” algo que comparte el planeta con nosotros!?

Muy diferentes son la industrialización y la mercantilización de la vida: la fabricación de organismos genéticamente modificados y la cría intensiva de animales, prácticas que sí deben ser examinadas y cuestionadas. El informe de la ONU y del Instituto Internacional de Investigación Ganadera así lo sitúa en el debate mundial.

La pandemia, sin duda, ha puesto en cuestión conceptos, visiones y modelos de civilización. El mismo ámbito científico ve cómo sus bases metodológicas, técnicas y procedimentales se enfrentan con una realidad apabullante.

Los modelos epidemiológicos, por ejemplo, establecen la significación del confinamiento comunitario para frenar la cadena de contagios, pero también es una realidad que una parte muy importante de la población del mundo no puede cumplir la cuarentena. El coronavirus afecta desproporcionalmente a los más empobrecidos, a las poblaciones inferiorizadas y racializadas del mundo: indígenas, afrodescendientes, personas con diversidad funcional, personas de la tercera edad. La toxicidad de la modernidad está en el corazón de la pandemia y de la crisis global planetaria.

Allí, la ciencia tiene un reto importante: estudiar el modelo de sociedad, comprender cómo este modelo se convierte en la raíz del problema y, de esta forma, apuntalar soluciones realmente efectivas.

Nerliny Carucí y Guillermo Barreto