EstoyAlmado | Ese tapaboca y sus cosas

Manuel Palma

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¿Quién lo diría? Con los meses le he tomado cariño al tapaboca. De salida en salida ya es algo habitual en mi indumentaria. Cuando salía sin él, por olvido o falta de costumbre, era como cometer el octavo pecado capital aún no inventado.

Ahora, siempre lo llevo cuando salgo a la calle. Hasta tengo uno de reemplazo. Y creo que cubrir el rostro a la mitad es algo que nos está transformando a todos.

Antes de la vida con tapabocas, podíamos tener la sospecha de ver a alguien en la calle y pensar ¿En dónde he visto antes a esta persona? Otros, incluso, se autojuramentaban (no vayan a creer que es nuevo) como cara é pueblo. Estas personas alegaban: “Todo el mundo dice que me conoce o me ha visto, tengo cara é pueblo”.

Pero con el tapaboca, ahora cualquier signo de identificación facial puede desdibujarse en primer plano. Somos enmascarados callejeros que salimos a medio vernos, a medio reconocernos, siempre atareados tratando de cumplir las diligencias a contrarreloj, antes de volver a la encerrona preventiva.

Es una nueva dinámica impuesta por la pandemia que nos lleva a preguntarnos ¿Qué tan fácil se puede reconocer de inmediato a alguien con el rostro medio cubierto? ¿Cuántas veces nos ha pasado que no reconocemos a alguien con el tapaboca puesto?

¿Qué tanta información nos puede aportar solo la frente, por ejemplo, de una persona; o solo la cabellera o las orejas? ¿Pueden los ojos, solitos, cumplir con aquella carga que le endilgamos de que son las “ventanas de alma”? ¿Alcanza eso para reconocernos rápidamente de mirada a mirada? ¿Basta la mirada en solitario para cautivar como rasgo físico?

No lo sabemos, pero hay indicios que no. Un estudio de la Universidad Autónoma de Madrid descubrió que nuestro cerebro tarda un promedio de 300 milisegundos en reconocer el rostro de otra persona, pero combinando todos los rasgos físicos entre sí: boca, nariz, ojos, orejas y pelo. Es la gestalt resultante (todo el paquete) que opera en nuestro cerebro cuando comúnmente vemos a alguien.

Tal vez eso justifica aquel cliché de que la cara es nuestra carta de presentación. Tal vez esa era la insistencia de muchos en el pasado de transmitir con su rostro descubierto todo el derroche de vanidad posible. Todo el artilugio de la sonrisa, los expresivos gestos con la boca y las señales inequívocas de los labios.

Se podría decir ahora que un rostro exhibido a la mitad representa una estética incompleta de las personas. ¿Cuántos labios pintados nos estamos perdiendo ver en la calle; cuántas mejillas maquilladas; cuántas bases faciales que ya no deslumbran a los incautos ojos? ¿Cuánta belleza semitapada? ¿Cuánta coquetería confinada?

Pero de ese rostro medio tapado en la calle aún queda algo para cautivar. Una chica me cuenta que algunas mujeres remediarán eso con un arma secreta: las cejas. Además de los ojos, las cejas serán -me cuenta con atisbo de rebeldía- el nuevo gancho de la coquetería. “Serán cejas delineadas, rellenas”. Y el toque final serán las “pestañas amplificadas”. ¿Será?

En los hombres el flanco débil es la barba y el bigote. Todo comenzó con un estudio del Centro para el Control y Prevención de Enfermedades de EEUU que dice que donde hay pelo no hay alegría; pues el vello facial abundante facilita que entren más rápido por nuestra boca y nariz posibles gotículas de saliva infectadas por el coronavirus.
Aunque el estudio es de 2017, mucho antes de la pandemia, en este momento es como la base divina para afirmar que los tapabocas, barbas y mostachos no son buenos aliados contra el covid-19.

Entonces, qué haremos. ¿Habrá que cortarse la barba y rebajarse el bigote? ¿Más podrá la vanidad que nuestra propia salud? Son preguntas que con el tapabocas puesto no podemos responder.

Hasta ahora, James Harden, estrella de la NBA y emblemático por su copiosa barba, respondió esas interrogantes usando el “tapatodo”, una suerte de implemento de tela que además de su boca y nariz, cubre también su profusa barba. ¿Es la solución? No, porque cubre más de lo que necesita; pero al menos Harden encontró un pretexto para no cortarse la barba.

Mientras tanto, los mortales comunes seguimos en la calle medio viéndonos el rostro y preguntándonos, ¿cuánto tiempo más usaremos el tapaboca? Tal vez más de lo que creemos o deseamos. Ya puedo escuchar a los que antes decían “a mí nunca se me olvida una cara”, afirmar ahora con la pandemia “es difícil no recordar ese tapaboca”. ¿Será?

Manuel Palma