CARACAS EN ALTA | La otra ciudad

Nathali Gómez

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Por meses hemos tenido que habitar otra ciudad. En esta donde nos encontramos, el acceso a la anterior es parcial y regulado. Estamos llenos de nuevas fronteras y de puertas cerradas. Nuestras salidas son de supervivencia y se reducen a las cosas más básicas: comprar comida, trabajar o resolver algún asunto impostergable.

Si te sientas en una plaza, en algún momento vendrá un policía a decirte que debes levantarte e irte. Con el coronavirus, el derecho al descanso y el esparcimiento se transformaron en una actividad privada. Si bien hay un fin mayor, que es no contagiarnos, la sensación es de tener una ciudad que no podemos usar, que está vedada.

Esta nueva realidad me hace recordar las “exigencias” de quienes les alquilaban una habitación a mis amigas: “Puedes usar la cocina pero debes dejarlo todo como lo encontraste. En la nevera solo podrás usar el cajón de abajo. Cuando uses el baño, no abras el chorro del agua caliente ni dejes nada de ropa allí. No puedes sentarte en la sala, es solo el cuarto. No puedes traer visitas ni llegar después de cierta hora”. La conclusión es similar: tienes un lugar para vivir pero está lleno de alambrado y de minas que pueden estallar si te saltas las reglas.

Caracas, la que recorríamos hasta hace poco, está ahí en nuestra memoria, cerrada. La Plaza Bolívar, el Parque Los Caobos, el chino patibulario de las birras frías, los abuelos de la plaza El Venezolano, el mercado de Caño Amarillo, el Parque del Este, el Panteón. Cualquier inventario es parcial porque cada quien extrañará eso que lo hacía formar parte de esta ciudad.

Hemos vivido momentos difíciles y tendremos que vivir otros. Muchas de nuestras dinámicas se modificaron drásticamente desde hace unos seis años. No había pandemia cercana pero sí la enfermedad de quienes querían reducirnos a la nada: de repente nos vimos rodeados de colas, de imposibilidades, de barricadas, de fallas de los servicios, de heridos de guerra, de una ciudad que parecía irse de nuestras manos. No ha sido fácil caminar por ella sin caer en un hueco. Vimos cómo lo conocido se desdibujó y nos adaptamos a satisfacer lo básico. Ahora que llegamos a esta parte del largo camino, miramos hacia atrás y nos damos cuenta de la fuerza que tuvimos para seguir.

Hemos estado en una “nueva normalidad” continuada desde hace tiempo, tratando de seguir el ritmo, a veces con audacia y otras de manera errática. No hay una forma única de estar; experimentamos porque no queremos detenernos. Tal vez por eso esta pausa global obligada nos ha hecho pensar que justo cuando comenzábamos a buscar un nuevo rumbo, tuvimos que sentarnos en esta piedra, en la mitad del camino. La ciudad espera por nosotros, ansiosa. Nosotros también.

Nathali Gómez @laespergesia