EL QUE BUSCA ENCUENTRA | Recuerdos, amores, símbolos y honores

Henrietta Saltes Zamora

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Mi familia materna tiene raíces en los MOVIDOS, épicos y trascendentales llanos venezolanos: mi abuela Martina de El Chaparro y mi abuelo Edmundo de San Casimiro. A través de ella conocí lo nacional. En casa siempre merodeó el espíritu histórico; en libros, cuentos y narraciones fascinantes que regalaban sus amantes en busca de inmortalizarlo. De ahí la semilla del encanto del sentido de pertenencia que me produce, y de tantos recuerdos y proyecciones como frutos de un árbol bien irrigado.

Un recuerdo vívido de cuando era pequeña es que cada año íbamos religiosamente de vacaciones a la casa de mi tío Iván; en San Carlos, Cojedes. Recuerdo viajar largas y entretenidas horas en la parte de atrás de su ranchera Malibú anaranjada; mientras él contaba episodios de nuestra grandiosa gesta independentista con un fervor y unas ganas que me dejaban siempre boquiabierta. Ese momento del año era uno de los más esperados y ansiados por mí; porque me alimentaba el imaginario patriótico.

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Así como en Caracas había visita segura al Panteón Nacional, en aquella ruta pasaba con el hermoso e imponente Monumento Campo de Carabobo, parada obligada para nosotros. Cuando llegábamos me bajaba emocionada de la camioneta, como cuando la chiquillada avista un parque de diversiones y se le dilatan las pupilas de ansiedad y gozo. Y entonces arrancaba el cuento cronológico: la Batalla de Carabobo, los héroes y heroínas y su estela eterna; una cosa bellísima.

Otro par de recuerdos son los actos multitudinarios de los desfiles en Los Próceres; sobre todo la sentida interpretación de aquellos grandes en la caballería, extraordinaria… y mi álbum de barajitas favorito de la vida, que era el de Historia de Venezuela. Que tuve dos, de hecho (aunque era el mismo), porque me apasionaba tenerlo nuevecito en mis manos y abrir uno a uno cada sobrecito para ver qué imágenes -que ya sabía de memoria- me salían repetidas, para cambiarlas entre mis compañeros.

Para mí, la naturaleza de esa actividad metódica y minuciosamente practicada por horas y horas a dedicación exclusiva, no era solo educativa sino también de culto; cosa que entendí más tarde. Hoy día lamento no haber tenido la disciplina como para conservarlos y atesorarlos; porque estoy segura de que en este momento podría abrirlos con el mismo entusiasmo con el que los fui llenando. Es más, si volvieran a sacarlo lo compraría de inmediato y volvería a hacerlo como cuando tenía aquellos tiernos años. Ojalá alguien lo hiciera y regalara masivamente en todas nuestras escuelas. (¿Aló, hay alguien ahí que me lea? Por favor de los favores, señores).

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Pero mi más bello y sentido recuerdo es el de mi primaria en mi amado Colegio Cecilio Acosta, en las veredas de Coche. Ahí me pulieron dándole a nuestro anecdotario su estructura y carácter solemne, desde lo académico. Después de los tequeñones y el jugo de parchita de la cantina; y de educación física, mis materias favoritas eran Cátedra Bolivariana e Historia de Venezuela. Los días de la semana en los que me tocaban eran los más alegres y le daban a las primeras horas de la mañana el impulso suficiente para levantarme con las ganas de las que, para mí, todo tiempo madrugador carece.

Era una casa vieja y pequeñita, de ventanas de madera con olor a añejo y sacapuntas; de piso de mosaico hecho a mano con mucho color verde, que hacía base y contraste para su techo alto de vigas de roble, y cuyas paredes alojaban numerosos cuadros con todas las reproducciones de mapas antiguos y pinturas de retratos de héroes y heroínas de la Patria. En el salón principal recibía uno enorme, gigante, del gigante Simón Bolívar. Por donde caminara, ahí estaban rodeándome ellos y ellas.

Pero había algo que particularmente me transversalizaba: los estrictos actos protocolares de cada día. La formación para izar nuestra bandera y entonar nuestro glorioso (que lo es, no es cliché) himno nacional cada mañana. Era la más bajita, me tocaba encabezar incólume la fila… así que vestida de uniforme impecable, con mi camisita blanca con el escudo nacional bordado en el bolsillito izquierdo, me paraba firme y con gusto a cantarlo.

No me pregunten a qué se debe, específicamente, pero no hay una sola vez en que cuando me toque cantarlo no me erice; que no se me haga un inexplicable nudo en la garganta, se me agüen los ojos; como me atrevo a pensar que a ustedes, al recordar y re-escuchar la versión de miles de voces que al unísono y a capella lo cantaron en la Avenida Bolívar atendiendo la invitación de Chávez; (y como no le pasa al cipayaje que voltea la bandera o a los fantasmas auto-proclamados, que no se lo saben porque como el pitiyanquismo les suma, les gustan otros como el gringo)… y no imagine y sienta los hechos como en una película de matices añejados, tal como si los hubiera presenciado en carne propia. La verdad, no exagero, es un sentir sublime.

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Mi familia paterna tiene sus raíces en Carabobo, pero sin la connotación del monumento, y el oriente hijoerdiablo con connotación de antepasados corsarios. Mi abuela Felicia de Valencia y mi abuelo Chucho, de CARÚPANO. A través de ella conocí lo extranjero.

Una tía muy querida, que es maestra, trabajó en algunos colegios privados de Caracas y a mi papá le pareció buena idea que yo estudiara donde diera clases ella. Así, mi maternal A, B, C, etc, mi kinder y preparatorio los pasé en un colegio de la comunidad judía. Aprendí lo que se aprende en esos años, pero en hebreo; aunque hoy no lo recuerdo. Una década más adelante mi tía trabajó en un colegio internacional o bi-nacional italiano y como el Cecilio Acosta de Coche no daba bachillerato, adivinen… Ajá, entonces me tocó allá con los europeos. ¿Por qué traigo a colación esto? Porque como todo tiene dos polos, uno de los recuerdos, triste él, me llega del primer día de clases en el patio central.

Estaba caminando con mi cuartico de chicha y comiéndome mi arepita con mantequilla y queso blanco envuelta en papel de aluminio, cuando de pronto comenzó a sonar nuestro himno. Y como me agarró justo en el medio de aquel sitio, me tenía que detener ipso facto y dejar cualquier cosa que estuviera haciendo, hacer sagrado silencio y pararme firme en el rendimiento de honores; a modo de evitar cometer lo que me enseñaron que era un agravio.

Y así lo hice. Fui un perro azul en una milésima de segundo. No entendía qué pasaba, ¿por qué a mi alrededor nadie se paraba ni cantaba?, y más bien me veían raro. Y como a los 12 años abundan tanto la inocencia como la crueldad adolescentes, tuve mi primer encuentro cercano del 3° tipo con el chalequeo; que en estos tiempos llaman bullying. Chalequeo que en verdad no me intimidó ni importó, cuando vi que no solo nadie le paraba en lo más mínimo sino que hablaban en voz alta y hasta jugaban futbolito. Eso sí me dio pena ajena, claro.

Al terminar la versión corta-bonus track del GLORIA AL BRAVO PUEBLO (a propósito en mayúsculas) y no la larga, completa, que es la mía, la que a mí me gusta; me dispuse a seguir caminando y terminar de desayunar, cuando me asaltó y sorprendió el himno italiano. ¿Qué hice? Pues exactamente lo mismo que con el mío: honores respetuosos, pocos pasos después y en el mismo patio, delante de todos; aunque nunca en mi vida lo había escuchado. Los demás siguieron en lo suyo. Antiparabolismo suyo que luego fue mío; porque bueno, a partir de esa edad también cambian los intereses; y no iba a seguir paralizándome en ninguna parte.

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Rato después raspé 4° año, porque soy mala para los números, y me fui buscando humanidades en el Pedro Emilio Coll en Coche; en donde como estudiaba en la tarde pasaba lo mismo: tampoco se paraban firmes. Dejé de hacerlo, sí, pero lo seguí cantando de vez en cuando. El punto es que tanto el gentilicio como la admiración por la heroicidad de los antepasados se llevan adentro, con uno, independientemente de dónde se está parado o con quien sea y de cualquier etapa que se esté viviendo. La Historia, como el amor, son como una matica: buena luz del sol y buena sombra y lunas, y agua con ella. Así se le ama y se le cuida.

Los días patrios, de júbilo y conmemoraciones nacionales, servían para que en el bloquecito en el que viví toda mi vida en Caracas, en El Valle, y en cuya azotea me subía para ver las escuadras de aviones cuando rara vez no iba al desfile del 5 de julio, al menos se izara la bandera en el asta de la entrada. Honestamente, creo que no todos los vecinos lo tomaban en cuenta; o tal vez yo me tomo muy en serio esas cosas… Hace tres años me mudé a Margarita y me fijé con extrañeza y mucho agrado, que muchas de las casas por la zona donde vivo tenían incrustadas en sus fachadas piezas en alto relieve con la forma de nuestro Escudo Nacional; que tiene un huequito para colocar la bandera. Díganme que no es lindo…

La primera impresión que me causó ese detalle fue como la de una bienvenida con alegría de retorno a algo permanente en mí y en muchos otros; pero amenazado por el rigor del archienemigo N°1: el olvido propio del transcurso del tiempo y también la vorágine de la contemporaneidad del clímax de lo peor de una globalización cultural bastante insana, en todos los espacios y mentes donde permea.

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Lamentablemente, mi casa vino sin ese emblema; pero algunas que están inhabitadas y abandonadas sí lo conservan. Cuando les paso por un lado es como si esperaran en la soledad por algo o por alguien (tal vez una mano peluda) mientras el salitre y las horas los corroen o los malamañosos se los roban para fundirlos.

Como yo le tenía puesto el ojo a una en ruinas; la más destartalada de todas y cuyo escudo mimetizado en su mitad en varias capas de friso me picaba el ojo diciendo «ven a mí que tengo flor» y llévame contigo, me lo robé olímpicamente porque iba a restaurarlo y colocarlo cara e’ tabla en mi fachada. Confesión de parte de un crimen inocuo que mis antepasados sabrán perdonarme; porque es gracias a ellos y su persistencia en mi vida, que lo he cometido. Y bueno, como decía mi abuela con su voz de camarita: «Guá, asunto». Ya está consumado.

Hay unos carajitos que viven en una casita muy pobre por aquí cerca, que como no ostentan juguetes siempre los veo revoloteando solitos jugando al escondite o con su perrito y unos palitos en la calle. Son dos y hermanos: Diosmary, la mayor de 11 años, y Leomar, el menor de 5; estudian en el Grupo Escolar Bolivariano Antolín del Campo. Ella pasó con 20 para bachillerato y él para su primer grado. Nos cruzamos cuando venía caminando desfachatada con el escudo en la mano y lo vieron; les dio curiosidad y me abordaron. «Adiós pues… ¿Y cómo está usted señora? ¿¡Y ese escudo, es suyo!?» Jajaja… ay diójmío, ¿cómo les iba a decir que no? «¡Claro que es mío!», respondí. «Pero está ruñío», me dijo el niño.

Mientras lo escaneaban y tocaban con sus manitos sudadas y llenas de tierra, me recordé ordenando aquellas barajitas y les pregunté si a ellos les gustaba la historia de Venezuela. Él, de lo más seguro, me dio un seco y rotundo «¡NO!» (aunque no lo sabe, porque todavía no ve esa materia). Ella, en un gesto amable me dijo: «A lo mejor más o menos mucho». Entonces vi que en su casita tan humilde también había un escudo y los invité a casa para que me ayudaran a pintar el mío, retocar el suyo y ponerlos bonitos. Y ellos, en lo que pudo ser una tarde cualquiera, nada del otro mundo, de esas aburridas por cuarentenosas en las que matan el tiempo y sacian sus instintos e inquietudes brincando, me acompañaron con gusto.

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Saqué todos los potecitos de pintura que tenía y uno de mis libros y nos entregamos a la loable tarea. En todo el rato largo que llevó la actividad, que sentí como terapia para mí y para ellos «tareas dirigidas», les estuve contando esto mismo que a ustedes y un montón de cosas más que en ráfagas me vinieron a la memoria. Me hicieron algunas preguntas que respondí con emoción porque no las esperaba (¿Ven?, serendipia); y con el máximo nivel de detalle posible -como me tocó a mí recibirlas- esperando que nunca lo olviden. Mientras me escrutaban y asentían, yo contaba:

-Estas tres partes de nuestro glorioso escudo nacional se llaman cuarteles y llevan los tres colores; amarillo, azul y rojo de nuestra hermosa bandera de 8 estrellas; que por cierto: cuando vean una por ahí, siempre cuéntenlas porque esa estrellita número 8 representa a la provincia de Guayana que tiene que estar ahí sí o sí, porque así lo decretó y ordenó nuestro Libertador Simón Bolívar. El color amarillo es el símbolo del oro y de todas nuestras grandes riquezas; el azul es el símbolo del mar Caribe, éste de aquí mismito en la playa… y el rojo, la sangre de nuestros libertadores en la Guerra de Independencia. Éstas que están aquí en el timbre son las cornucopias…
– ¿¡Las quéééé!?
– Son dos cuernos… como unos cachitos, miren…
– Jajajajaja…
– Jajaja
– ¿Como el timbre de la casa?

Yo hice las mismas preguntas. Esas carcajadas me hicieron la tarde y también la vida. Los escudos les quedaron artísticos, pepitos, y re-existen ahora como parte de nuestros humildes honores: directo e indirecto.

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Conozco mucha gente que tiene a sus hijos en colegios privados y algunos de ellos muy costosos, por exclusivos. Y ok, no los critico.

Ahora bien: si por querer que aprendan otros idiomas; cosa encantadora y muy útil, y también que se acerquen a otras culturas porque en los planes o perspectivas familiares está enviarlos al extranjero al high school o la école secondaire; van a descuidar u obviar deliberadamente la que les es propia, miren… eso sí que no me parece, no sé. Que aprendan inglés o francés es válido e incluso si se van a vivir a Connecticut o a Montpellier; ¿pero de ahí a que no se sepan ni el himno porque no tienen ni idea de su país? Sí, porque pasa bastante. Lo sé porque lo viví y porque se sigue viendo por ahí. Si me preguntan a mí: eso no se hace, my friends, mes amis.

«Lo que no se hace sentir no se entiende y lo que no se entiende no interesa»

Al que le caiga le chupa. Quien no sepa quién lo dijo, averígüelo y chúpese esa mandarina.

Henrietta Saltes Zamora