Ellos no sabían nadar… Se quedaron, se quedaron

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La primera lluvia de la mañana caía suave sobre el río. El día, aunque nublado, no dejaba de privarnos de unos tímidos parpadeos de rayos de sol. La corriente se daba la mano con la brisa para acompañar a los pájaros en su primer paseo matinal. Eran las ocho y veinticuatro minutos de la mañana. Nos estábamos ahogando.

Cuando el agua se hizo verde –dulce– comprendimos que todo era cuestión de esperar. Un nuevo intento de nadar contra la corriente nos llevó más abajo todavía: ¡cálmate Armando!, cómo fue que te enseñó el entrenador de natación en la Universidad?
La salida de Puerto Ayacucho iba a ser a las cinco… mentira. Eran las seis y media de la mañana y aún esperábamos en el autobús a que amarraran las cosas en la cocina: “Taratá taratá… Latinoamérica”, un equipo de sonido –con “senda corneta”– no dejó a nadie continuar con su camaroncito: “estos tipos del Madera no le respetan el sueño a nadie”. “Taratá taratá”…y la cosa seguía.

El Grupo Madera salió en una embarcación de Puerto Ayacucho.

—¡Epa! –dijo “paja larga” desde adelante–, mira que se nos gastan las pilas y no tenemos música p’al viaje. Catorce horas sin música, no pagan.

En un principio, nadie pensó que aquello era un naufragio. El agua entraba y todo el mundo como si nada. Arriba, el capitán ni se enteró. La cosa era por abajo: “eso es normal” –y el agua entrando–, “pero mire señor” –y aquel chorro a millón– “para atrás, para atrás” –y aquel perolero flotando– “¡coño, nos hundimos!” Aquello era normal.

Cada quien se acomodó como mejor le pareció: “Epa loco, aquí cuadra un chinchorro. No, mejor vámonos pa’arriba. Desde allá arriba se ve todo. ¿Y dónde están los salvavidas? Esas cajas, déjalas ahí. ¿Y aquí no hay nadie que lo ubique a uno? Ubícate por ahí. ¿Y los salvavidas?”.

“El tipo no cerró la puerta”

Armando Carías reseñó la tragedia en las páginas de El Nacional.

Extendí la mano –“mucho gusto Papá Dios”–. Pero no, era que me estaban rescatando. Ítalo: “sube que tú puedes… ahora la pierna… eso”. Por allá quedaba otro. El piaróa dirigía el rústico bongo: “Suba que usted puede, deme la mano, vamos a la orilla”. Nos dejan y van a buscar a los que quedan por ahí flotando. No son muchos.

—Y ahora… ¿qué hacemos?

—Caminen… caminen por ahí derecho. Por allá hay una choza

“El tipo no cerró la puerta” –lloraba Italo Espinoza– “El tipo no cerró la puerta”. Caminábamos. El agua subía más arriba de las rodillas. “Los del Madera se quedaron”. “¿Cómo es la vaina?” Ya yo me había quitado toda la ropa. Solo me quedaban los chores de David, porque hasta las botas montañeras se las llevó la corriente. “Ellos no sabían nadar… se quedaron… se quedaron… yo los vi”.

Un día antes

La noche anterior –yo estaba allí– habían actuado en el Polideportivo: “Esta es la descarga del barrio Marín y chá ca cháchá cha ca cháchá. Esta es la descarga del barrio Marín”. El segundo día fue más gente que el primero. Allí como que estaba todo Puerto Ayacucho: “Y si ahora quieren bailar, también pueden hacerlo”, convidaba Tibisay por el micrófono. Y comenzó la rumba.

Nosotros, los de “El Chichón”, trabajamos el jueves en La Reforma, un caserío donde los niños indígenas primero aprenden el Ave María que sus cantos de trabajo. Esos muchachos gozaron un puyero viendo “El cuatro de hojalata”, el cortometraje animado que nos había prestado Alberto Monteagudo. Nuestra intención era la de ir conformando pequeños núcleos de trabajo en esta zona. Miyó Vestrini nos regaló un lote de revistas “El Cohete”. Habíamos llevado témpera, pinceles y varias resmas de cartulina. Luego seguiríamos a San Fernando de Atabapo. Finalmente, el martes nos presentaríamos en “Coromoto de Belén”, poblados y caseríos bautizados con nombres sacados del santuario católico.

Bueno, entonces llegamos a la choza: “¿Y quiénes son ustedes?, pero ¿qué es esto?” El indio no entendía que tres tipos medio desnudos se metieran en su casa sin pedirle permiso a nadie: “se hundió el barco… se hundió el barco”.

—Vaya mijo y le avisa a la Guardia Nacional.

Sobre el piso de tierra, medio vivos y medio muertos, jadeábamos las primeras angustias de una pesadilla que no termina todavía. Alejandrina, la esposa de nuestro inesperado anfitrión, nos trajo café y nos puso unos sacos de su marido. Afuera seguía lloviendo. Serían las nueve de la mañana.

¿Y por qué hizo usted eso?

En Puerto Ayacucho, todo es confusión. Todos los males del país en tres días se acumularon en un solo sitio. La gente habla de imprevisión como la causa del accidente, pero resulta que el país mismo es el accidente. El hundimiento de un barco y todos los hechos que giran a su alrededor se convierten en la expresión más genuina del mal funcionamiento –a todos los niveles– del aparato estatal.

A estas alturas, todavía no se sabe quién mandaba al grupo con “Madera” a esa gira al territorio Amazonas. Se sabe que el Conac les pagaba las presentaciones, pero el organismo no se ha manifestado una vez ocurrida la tragedia.

Cuestionable, por otra parte, la política de Consejo Nacional de la Cultura en lo relacionado con la forma en que resuelven este tipo de giras: “Nosotros les damos tanto y ustedes se las arreglan para trasladarse, alojarse y comer”. La semana anterior, el grupo “Mosquito” –niños del “23 de Enero”– habían viajado en esas mismas condiciones en la lancha siniestrada.

Alex Toloza, director del grupo, me manifestaba que en esa ocasión, el barco navegó con la puerta cerrada desde un principio y que pese a ello, había sufrido desperfectos, río arriba, que lo mantuvieron varado por más de dos horas en medio del Orinoco. Cuando el barco llegó a tierra, se sugirió su reparación. Nadie nos informó tal anormalidad.

En el hospital de Puerto Ayacucho, la situación no era diferente. Una de nuestras compañeras sobrevivientes, acudió con su hijo de seis años, también náufrago, en demanda de atención. El médico de guardia les preguntó si tenían hambre. El niño dijo que sí. Le dieron comida, “¿Y eso es todo, doctor? Yo acabo de naufragar en la embarcación que se hundió en el Orinoco”.

—No se preocupe señora, usted lo que está es nerviosa

—Pero tragué aceite y gasolina

—¿Y por qué hizo usted eso?

—Es que mientras me ahogaba, no me daba tiempo de separarlos…

El médico la mandó para su casa. Al día siguiente hubo que hospitalizarla con principio de bronconeumonía, con las paredes pulmonares tapizadas del combustible que había ingerido mientras nadaba en la mancha roja de aceite y gasolina que rodeaba la nave.

En el mismo hospital, para el momento de sellar las urnas con una lámina metálica, no había nadie que informara quién podía hacer un trabajo de ese tipo. Fue necesario que el padre de David Colina, el compañero de “El Chichón” fallecido, se trasladara personalmente a buscar un herrero. No había sopletes con que derretir el estaño.

La embarcación hizo aguas a los pocos minutos de zarpar.

Cuando andamos a pique

En el Comando de la Marina, donde expedían los permisos para tener acceso a las zonas de rescate, negaban autorización a los familiares para que estos pudieran hacerlo. Cuando intenté obtenerlo para mí y una de mis compañeras sobrevivientes, el comandante me lo negó. Posteriormente, me colié en un transporte que llevaba los alimentos a los soldados que participaban en las labores de rescate. Faltando un kilómetro para llegar a Samariapo, –dos horas de viaje– fui nuevamente devuelto por “órdenes superiores”.

De regreso al comando –ya el padre de nuestro compañero había llegado desde Maracaibo– solicitamos nuevamente el permiso. El señor Colina traía nombres y recomendaciones, porque ya había sido alertado de todas las trabas que se nos presentaban. Las puertas se nos abrieron.

–Yo se que usted está apoyáo– le dijo en mi presencia el mismo comandante que momentos antes me había negado el acceso a la zona.

Los del grupo “Madera” no llevaron cartas de recomendación. A ellos se les dificultó en mayor proporción. Nunca tuvieron entrada a las zonas de rescate. Hasta el último momento se les impidió ir a la morgue. Solo fue el domingo –después de hablar con el gobernador–, que se les dió alojamiento y comida.

Desde un principio, se sugirió a las autoridades el envío de marikitares a rastrear la zona. Nunca hicieron caso. Hizo acto de presencia un supuesto “experto” en navegación –barba espesa– que en un castellano enredado lo que hizo fue ponerse a pegar gritos cuando se metió en los primeros raudales. Eso no se aprende en las universidades norteamericanas.

Por último, la actitud del ciudadano Ministro de la Juventud ordenando mi arresto, por considerar que yo estaba suministrando información tendenciosa y alarmista entre los familiares de los desaparecidos, por dar a conocer la lista de los compañeros que aún no habían sido encontrados.

Estos y muchos otros hechos, me llaman a mí a reflexionar sobre el futuro de mi país.
Quienes íbamos en esa embarcación, somos jóvenes que salimos con un sueño y regresamos, no solo con la frustración y el dolor que hoy toda Venezuela comparte, sino con el inevitable aprendizaje de que esta tierra en la que nacimos es también el accidente de un barco que se fue a pique alguna vez, por no cerrar la compuerta, por no tener salvavidas y porque su tripulación no estaba en su puesto cuando comenzó el desastre.
¡No nos dejen naufragar!

Cuarenta años después

Escribí este artículo el 18 de agosto de 1980, tres días después del hundimiento de la falka “Esther”, embarcación que habría de llevar a un grupo de artistas y creadores a San Fernando de Atabapo, en el estado Amazonas.

Como director del Teatro Universitario para Niños “El Chichón”, estudiante de Comunicación Social y pasante del diario El Nacional, en donde hacía mis pininos periodísticos, me tocó ser sobreviviente y relator de un acontecimiento que en su momento conmovió las fibras de todo el país.

La llamada “Tragedia del Orinoco”, hecho que yo insisto en designar como “La Masacre del Orinoco”, cuarenta años después, sigue siendo un tema pendiente para la justicia venezolana.

En alguna gaveta de la Fiscalía General de la República deben reposar los expedientes (los de antes y los de ahora) que alimentan las pruebas y testimonios que demuestran que, irrefutablemente, lo que sucedió aquella lluviosa mañana en las turbias aguas del Orinoco, fue algo más que un accidente.

No le he cambiado una coma a ese escrito, publicado el martes 19 de agosto de ese año, en el Cuerpo C de dicho medio, con llamado en primera página.

Probablemente presenta todas las imperfecciones del aprendiz que yo era, algunas de las cuales seguramente persisten.

Igualmente intacto está el dolor que, cuatro décadas de por medio, insiste en apretarme al alma.

Ciudad Ccs/Armando Carías
tomado de El Nacional