MONTE Y CULEBRA | Del colapso, el ingenio y la ciudad que viene

José Roberto Duque

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Creo, como lo cree mucha gente y como lo anuncian todas las proyecciones y evidencias, basadas en hechos reales, que si algo le espera en el futuro no tan lejano a la ciudad capitalista es su colapso. Colapsar significa quedar paralizado (un organismo, proceso o estructura, ciudad o cualquier otro sistema) por imposibilidad o dificultades a la hora de acceder a la energía. Un organismo o sistema que no recibe energía o es incapaz de generarla es inviable. Olvidémonos por un momento de la economía; concentrémonos en el tema de la energía.

La mala noticia que trae esto del colapso es que el viaje hacia allá y su concreción conllevan sufrimiento, deterioro de la vida y las relaciones, y muchas veces la destrucción y la guerra.

La “buena” noticia para Venezuela es que, como ya llevamos dos décadas de ensayos, experimentos y simulacros de colapso en varias ciudades, el pueblo profundo ha tenido ocasión de verificar algo que la historia ya ha comprobado en muchas otras ocasiones: puede que a Venezuela le corten el suministro de energía, pero no la capacidad para generarla, producirla. Sustituir una fuente energética por otra es algo que se nos da bien.

Hay otra noticia o análisis, que no es bueno ni malo, sino que está allí a disposición, para que lo discutamos y desmenucemos hasta tocarle el hueso: eso de “hacer sucumbir la ciudad capitalista” es algo con lo que hemos soñado durante todo un siglo los promotores o proponentes de la otra sociedad, la nueva, la distinta. Para levantar un edificio nuevo hay que demoler primero el viejo, hemos dicho. Pues resulta que ahora Estados Unidos (ni más ni menos, el creador de ese viejo edificio, de esas ciudades horrendas que parecieron funcionar durante un rato, pero que cada vez resultan menos viables) se ha convertido en el principal activador de la destrucción de sus ciudades (porque estas urbes son de ellos, de los gringos, ellos diseñaron su estructura y su funcionamiento).

¿Parece o no parece un momento formidable para cumplir con ese sueño de la destrucción de lo viejo y la construcción de emergencia de lo nuevo?

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La palabra clave de todo el segmento anterior es energía. La energía es lo que permite movernos a los seres vivos y las ciudades. Los primeros se mueven básicamente con alimentos y agua (ya nos ocuparemos algún día de otros factores energéticos y energizantes), y las ciudades, con gas doméstico, electricidad, combustibles. Estados Unidos y todos sus aliados han ejecutado esfuerzos y atentados cuyo objetivo ha sido cortar o hacer imposible el funcionamiento y suministro de todas esas fuentes y productos energéticos a todas las ciudades venezolanas.

En la Venezuela rural se ha sobrevivido de manera distinta que en las grandes ciudades, y entre estas hay unas que han padecido los efectos del colapso de manera más sostenida y brutal: San Cristóbal y Maracaibo son ejemplos de cómo y en qué medida somos un laboratorio para medir el desgaste y la resistencia humana a las vejaciones.

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Cuando las fuentes y formas tradicionales, convencionales o alguna vez consolidadas de generación y distribución de energía colapsan, surge el ingenio popular. Hemos visto sucesivos videos, la mayoría difundidos en clave humorística, de lavadoras, licuadoras, dinamos para generar electricidad; poleas para transportar objetos o sacar agua de un pozo, activados con fuerza somática: gente pedaleando para generar movimiento u otras formas de energía. A muchos nos parece que esas expresiones son la concreción de un verso que mucha gente repite en su forma abstracta sin creérselo realmente: “Creo en los poderes creadores del pueblo”. A otros, eso es una manifestación de atraso: “cómo es posible que en un país petrolero la gente tenga que echar pedal para mover un artefacto que debería ser eléctrico”.

Es la discusión del momento porque es la que nos ayudará a diseñar la ciudad del futuro: una donde la fuerza de los seres humanos esté al servicio de los seres humanos y no de los empresarios, corporaciones o estados. ¿No era para allá que queríamos mover la sociedad en busca de un Estado Comunal o de una lógica comunera?

José Roberto Duque