PUNTO Y SEGUIMOS | Ser chavista en 2020

Mariel Carrillo García

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Estamos pasando roncha. La mayoría de la población vive el empeoramiento de las condiciones de la vida cotidiana: los salarios no alcanzan, la inflación es grosera, los servicios básicos fallan constantemente, los espacios públicos lucen abandonados (más allá de la pandemia). En fin, que notamos claramente los efectos del bloqueo económico; un bloqueo que da donde duele, porque el recuerdo de la bonanza de los mandatos de Chávez aún está cercano y porque choca con nuestra “naturaleza” botarata y despilfarradora de país rico.

Esta situación genera al menos dos respuestas comunes; la del hastío y molestia de algunos y la del llamado a la resistencia de otros. Evidentemente no es tan sencillo como ubicarse en un lado o en otro, porque las emociones y el día a día nos llevan a sentir ambas cosas con bastante frecuencia. Veo acalorados debates en redes sociales o en conversas de vecinos y familia, que van del “esta vaina se jodió” hasta el “aquí aguantamos aunque tengamos que comer cable”; y es que estamos en esa montaña rusa de sensaciones y opiniones todos los benditos días.

La covid19 ha hecho que el mundo se cuestione el concepto de normalidad. Hasta los teque-teques nos tienen con “la nueva” y “la vieja” normalidad, quedando claro que ambas son bastante malas. Pero lo cierto es que los venezolanos, y en particular el pueblo chavista, no sabemos de otra normalidad que no sea la de estar enfrentando dardos, esquivando balas y resistiendo desde hace 20 años. Es el precio que hemos pagado por atrevernos a ser libres.

Entonces, si estábamos acostumbrados ¿qué cambió?, ¿estamos menos resteados?, ¿era más fácil ser revolucionario con el petróleo a 100 dólares ?, ¿nos traicionaron?, ¿nos traicionamos? Claramente las condiciones cambiaron. Sin Chávez perdimos visión y acción estratégica; la atención se fue – como en casi toda América Latina – a cuidar la parcela propia cuando los ataques imperiales arreciaron y surtieron efecto. Hemos conservado el poder gracias a esa resistencia y entrega populares que constituyen el corazón del chavismo; ese corazón al que le exigen cada vez más, mientras vemos que desde arriba el sacrificio no es cónsono. La roncha no es para todos.

Entenderlo y decirlo no nos hace menos comprometidos, sino todo lo contrario. Es una obligación cuestionar y reclamar, sin brincar nunca la talanquera. Porque ahora resulta que quejarse es hacerle el juego a la derecha; cuando según otras lógicas, hacerle el juego a la derecha es crear una “burguesía revolucionaria”, por decir algo.

Entonces, no, el pueblo chavista no se ha traicionado ni a si mismo ni a su proyecto. Pero identifica movimientos raros que se justifican con un “es que estamos en guerra” y se siente entre la espada y la pared; primero, porque reconoce claramente que con la derecha jamás, y segundo porque aunque se sabe soberano no ha dilucidado aún cómo enfrentar a los burócratas disfrazados de compañeros sin romper la unidad que nos ha salvado todos estos años.

Uno de los sueños de la derecha ha sido que el chavismo se divida a ver si así consiguen lo que nunca lograrán por mérito propio; y como siempre, cometen el error de creer que el chavismo es un grupo de funcionarios y una estructura de Estado, y no un pueblo consciente y resteado con una idea.

Lo peligroso es que de este lado creamos lo mismo. Mas allá de la obviedad de la importancia de mantener el Gobierno, muy triste sería que siguiéramos pensando que esa es la meta, y no uno de los medios para alcanzar el verdadero sueño: el Estado Comunal y una sociedad socialista.

Mariel Carrillo García