CONVIVIR PARA VIVIR | Niños y niñas de la patria se sumergen en el mundo de la música

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La música es considerada como un lenguaje universal que desde hace mucho tiempo involucra todos los sentidos, pero más a fondo comprende el oído y el tacto. Por esa razón conocimos al maestro Narciso Pichardo, caraqueño de nacimiento que hace vida en la popular parroquia La Pastora desde hace 70 años.  La música es su mayor tesoro desde muy temprana edad. Hoy supera los 50 años entre el arte de la armonía, ritmo y sonido.

Actualmente, ese conocimiento no se lo queda para sí mismo, lo transmite de generación en generación siendo los niños esa semilla que a medida del tiempo germina y da frutos tomando cuenta esas enseñanzas impartidas. Lo más importante es enseñar que “la música de alguna manera puede contagiarlos de felicidad y hacer que se den cuenta de que existe un mundo que puede ser mejor”, así como él mismo afirma.

Desde el confinamiento iniciado en marzo a causa del covid-19, nada le impide seguir dictando sus clases de música a niños y niñas de nuestra patria de bajos recursos, cuyas edades oscilan entre los 4 y 15 años de edad. Más bien busca los mecanismos pertinentes, siguiendo los protocolos de seguridad, y en presencia de los representantes, para atender cada día a 5 niños. A la vez recalca la importancia del valor que le da a la música en esta etapa difícil la cual estamos atravesando: “Nuestros niños en tiempo de ocio pueden involucrarse en eventos que la familia quizás no puede sobrellevar, en el internet predominan elementos no convenientes para ellos. Más allá de eso, veo a la música como un medio de distracción y como medio de aprendizaje”.

El maestro afianza una metodología a la hora de dictar sus clases, busca la manera de estimular el hemisferio derecho del cerebro mediante el lenguaje musical con todo lo que es abstracto, creativo y fantástico. “Trato de que el infante tenga un pensamiento crítico y gracias a la música, desarrollan muchas habilidades que al pasar el tiempo se hace más notorio y más variado”.

Toda una vida en el arte musical

Pichardo comenzó a dar clases de música en los años setenta, cuando se sentaba a tocar guitarra clásica, su instrumento predilecto, en la plaza de La Pastora, donde comenzó a dictar clases improvisadas. “En los setenta yo me iba a la plaza y les decía a los muchachos: agarra ese tambor y ven, para que aprendas a tocar una gaita, y sé que esos chamos, después de tantos años, hicieron cursos de arte, de trabajo, porque la música de alguna manera los contagió”, comentó el maestro al recordar esa época. En la plaza estuvo mucho tiempo enseñando su arte, hasta que le propusieron que lo hiciera en la casa parroquial de la iglesia La Divina Pastora, un lugar pequeño donde tenía una matrícula de 30 a 40 niños.

A sus 70 años, se muestra muy consciente de su aporte a la comunidad, afirma que no es ostentoso y que nunca tuvo intenciones de buscar la fama. “Nunca he hecho esto para ganar dinero, ni fama. A veces los representantes dan una colaboración simbólica o hasta me traen comida, pero hacer de esto un negocio nunca fue mi objetivo”, acota.

Su objetivo es formar buenos ciudadanos

La efectividad y el alcance de estas clases de música se notan en los jóvenes preparados para entrar a importantes orquestas nacionales y ejercer como profesores en los núcleos del Sistema de Orquestas Simón Bolívar, instruidos según la metodología de Narciso Pichardo, quien con orgullo enfatiza que “por aquí han pasado muchachos que tienen hasta 20 pasaportes llenos de tanto viajar por el mundo con su música”.

“En estos 50 años, he logrado desarrollar una metodología para comprender cómo enseñar a los niños a través de la neuroprogramación, las memorias visuales, las memorias auditivas, cómo mejorar la coordinación y, sobre todo, lograr que el niño tenga un sentido de existencia mucho más efectivo, porque el dogmatismo y el pragmatismo han hecho que los pequeños se sientan como pajaritos que van de una rama a otra. No tienen algún sentido de existencia, de que tienen y ocupan un lugar en el espacio, de que ellos están en el tiempo y van a crecer”, agrega el maestro afirmando que esta dinámica de aprendizaje induce a quienes pasan por sus clases a “elaborar un proyecto de vida”.

Destacamos que el maestro impacta positivamente en la comunidad, se aboca a dejar una huella y un legado brindando la oportunidad de dar herramientas palpables, adjudicándoles a quienes enseña, un valor con hechos y buenas costumbres. “Cuando veo a un niño o joven con alguna cualidad entonces le propongo a sus padres que lo traigan, y si no tienen instrumento, hago lo posible por conseguírselo. Y a los que veo en la calle, usando su tiempo de ocio en banalidades, me les acerco y converso con ellos para tratar de arrimarlos a este lado de la vida”, recalca.

Es un orgullo para él que sus estudiantes le agradezcan lo que aprendieron y que haya sido un logro que la música venezolana resalte en cualquier rincón del país y afuera también. “Muchos de mis estudiantes se encuentran en Brasil, Perú, Argentina; en Europa cruzaron España, Italia y Francia. Estoy contento, porque estoy cosechando lo que sembré”.

De esta manera se concreta esa conexión del maestro con el alumno, más allá de lo académico y de lo elemental, se introduce en lo más profundo tanto de la vida como en la sociedad, dándose a conocer como un ser ejemplar, mostrando su empatía en lo que hoy somos y en lo que mañana seremos.

Ciudad CCS / José Antonio Valero