EstoyAlmado | Plomo al cristal

Manuel Palma

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Esta es la historia resumida de la generación de plomo. Se les llama así porque obviamente son personas duras y resistentes a lo nuevo. Esta generación sabe adaptarse al cambio, pero no lo generan ni promueven. Todo lo contrario: lo cuestionan, lo repudian con todas sus fuerzas. Y aunque a trompicones intentan amoldarse a las transformaciones inminentes, se aseguran que no hayan más “alteraciones” en la forma ortodoxa de cómo se vivía antes.

Los aplomados fueron formados de una forma particular. En religión pueden ser monoteístas, pero también son flexibles al espiritismo y a cierta hechicería. Se lamentan, por ejemplo, que muchas personas hayan dañado a otras simplemente echándole “mal de ojo”. Se permiten cometer ciertos desenfrenos terrenales con la esperanza religiosa de que pueden ser perdonados de todo lo malo.

En materia educativa, el raciocinio puro es la prioridad para la generación de plomo. Para ellos el buen manejo de las emociones (inteligencia emocional) es una patraña inventada en el siglo XXI. Si las mujeres aplomadas tienen ganas de llorar, deben reprimirlo; los hombres no lo son si lo hacen. En la práctica apoyan que la formación de los hijos sea un asunto exclusivo de la escuela, y no un asunto complementario con la enseñanza en el hogar.

Hasta hace poco creían que nacer zurdo era malo. Un signo de debilidad, algo desviado o asociado a lo maléfico. Por eso muchos años forzaron a sus vástagos a que escribieran, comieran y se persignaran con la derecha. Los aplomados creen –hasta hoy- que el sida surgió por desviación entre personas del mismo sexo, o porque les faltó asistir más a las misas de los domingos.

La generación de plomo hace unos años no salía riéndose en una foto. Hacerlo era una falta grave a la seriedad y decencia. Esa generación detesta los concubinatos o “uniones estables de hecho”. También les fascina adorar a personas con una imagen de divinidad como reyes, reinas, duques y duquesas. En ese orden.

Con resignación esperan a ser salvados de los “males” que les aquejan; temen salvarse por su cuenta. Con fervor creen en la caridad hacia el menesteroso, como cuota para rebajarse los pecados en obra y pensamiento. Solo es importante lo que tienen para ganarse el respeto y reconocimiento social. Les encanta el sectarismo y la inequidad, pero no pueden asumirlo abiertamente. Son acomodaticios: lo que está bien o mal depende de si les conviene o no. La trampa puede ser una oportunidad si el riesgo es menor. El talento con viveza no es un azote.

Es ese tipo de generación la que ahora llama a los centenial (nacidos a partir del 1998) la “generación de cristal”. Los etiquetan así porque se “quiebran” al menor contacto con supuestas adversidades. Parece que la culpa es de los padres milenial que privilegian el premio por encima del castigo, la crítica al dogmatismo, la personalidad resiliente, la promoción de la economía colaborativa, y el énfasis en la innovación y no en la tradición.

Esta “generación de cristal” fue acuñada en un estudio realizado por un grupo de filósofos, sociólogos, abogados y catedráticos para estigmatizar a los que se están formando, a los que tienen 18 o están camino a cumplirlos. Con la pandemia y su impacto profundo a cuestas, la próxima juventud además es señalada de ser frágil, intolerante al fracaso y a la frustración. De no comprometerse a reproducir en masa lo que tanto los aplomados han legado a la humanidad.

Es plomo al cristal. Lo viejo negándose a aceptar que lo nuevo quiere emplear nuevas métodos y paradigmas. Es la generación de plomo advirtiendo que un nuevo fantasma recorre el mundo. Y que no esperemos a recoger los vidrios, aunque la vidriera hace rato se rompió y ya no vale andar con pie de plomo.

Manuel Palma