EL QUE BUSCA ENCUENTRA | Psique en batalla

Henrietta Saltes Zamora

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Por estos días se han publicado diversos artículos acerca del impacto psicológico en el mundo como innegable producto de la pandemia. El peligroso incremento de lo que constituye un problema de salud mental pública se estima en porcentajes escandalosos. La ansiedad y depresión por ejemplo, que son enfermedades propias de la vorágine de estos tiempos, hacen muy mala gala encabezando el refuerzo. Teniendo esto en cuenta y el desorden con el que mundialmente se ha abordado la coyuntura, es lógico que por la incertidumbre muchos sientan o piensen que de aquí a un brote psicótico en una histeria colectiva no falta nada. De que la gran mayoría sufre un shock, no hay duda.

¿Pero cómo reaccionamos?

Cada quien tiene o desarrolla sus propios mecanismos de defensa (inconsciente o conscientemente) para de alguna manera lidiar con la gran cantidad de aristas que todo este asunto concentra. Y para cada quien la crisis del covid-19 podrá describirse con una palabra. La mía es «peligro». Hice una pequeña encuesta entre algunos conocidos y ganó la palabra «aburrimiento» que por supuesto no pongo en duda, porque también lo padezco. Mentiría si digo que no pasa por mi pensamiento el poder disfrutar de esa libertad del movimiento y de algunos buenos placeres, porque eso también es válido. Estoy loca por pasarme una semana en la playa, ¿pero soy yo lo medular o lo colectivo? Hasta ahora, hay 23 millones de contagiados, 800 mil han fallecido y no puedo ser indiferente a eso. Que haya sido y continúe siendo afortunada no significa que no me entristezca o que esté exenta.

Me pareció muy curioso que muy pocos manifestaran preocupación más allá de lo que les representa la limitación de tener que estar confinados en un determinado espacio, porque la naturaleza del problema es de salud pública y no de incomodidad según los metros cuadrados. Entonces me detengo a reflexionar y me digo: ¿Será que por esa visión individual -que bien pudiera ser egoísmo maquillado, tanta gente, groseramente, es tan pata e’ bola con el extremo cuidado que hay que tener para evitar que el virus siga propagándose? ¿Será que es más fuerte o incluso imperioso el deseo de desatarse en lo que para ella es el goce, que pasa por Go -y cobra los 200- la responsabilidad individual en un contexto y proceso que de todas todas es, repito, colectivo?

¿Más allá de la otredad qué, somos infalibles?

Para aquellos que se creen especialmente inmunes, abundan los plurales. «La gente se está muriendo». ¿Pero quiénes son «la gente»? ¿No será, más bien: «somos»? Hay que tener cuidado con esos artilugios y conchas de mango de la mente, porque todos somos vulnerables. En mi encuesta VULNERABILIDAD fue la palabra que eligieron quienes están dedicados a enfrentar la pandemia en alguna función como personal de salud. Médicos, bioanalistas, enfermeros, etc. Y qué mal que porque no formemos parte de ese cuerpo admirable de personas nuestra prioridad no sea la misma que la suya. Si se hace el ejercicio -o el esfuerzo en algunos casos- de ver un poquito para adentro, se comprende perfectamente: no es algo exclusivo de ellos.

Seré dolorosamente honesta. En el lugar donde vivo las medidas de bioseguridad fueron una moda o paranoia breve que duró, según vi y calculo, unos 20 o 30 días como mucho. Luego, ni pendiente. Por ejemplo: ¿Para qué la mascarilla? Que qué fastidio, que hace mucho calor, que no puedo respirar y me suda la cara, que para qué si estoy sano/sana, que es solo para cuando se está cerca de un contagiado o centro de salud, que es invento del gobierno para que no hablemos de la gasolina, etc. Excusas como arroz para no usarla, ni ninguna otra. Rebeldía de ignorancia supina.

Y por si fuera poco: la relajación típica del aburrido que «no siente que tenga nada» y por eso sale de casa a hacer vida en la calle o reuniones y fiestas: «Los vecinos son panas, uno los conoce, estamos en familia» ¿Cómo no iban a subir esos números, si desoír no solo las sugerencias sino las normas era la divisa? No seamos escaparates de nadie ni nos vayamos a poner a echar tierrita encima de la mala conducta a estas alturas.

Cada quien con su forma de hacer catarsis.

Diversos estudios psicológicos y neurológicos han determinado que detrás de la oración (meditación) se esconde un poder mental muy poderoso, y que decir groserías es liberador y terapéutico. Admitamos dos cosas: los venezolanos somos tan devotos y religiosos, como groseros. A la hora de los dolores del duelo o para evitarlos, aplicamos una u otra técnica: o rezamos/oramos o nos despepitamos espléndidos diciendo malas palabras. Y a veces, ambas.

Hace nada vi un grupo de personas de la tercera edad en una plaza. Cuidando el perímetro de distancia mínima permitida debatían y discutían acerca del alza de muertes en Venezuela. Claro está, distribuían con mucha pena pero con toda racionalidad las culpas. Mucha gente está clara. Fulano de tal había fallecido días antes, según el cuento, de complicaciones por covid-19 y protagonizaba la lamentable escena. El centro de atención era un señor bastante mayor que lloraba desconsolado porque era hijo de su compadre y hermano de toda la vida: «¿¡Cómo puede ser esta vaina chica!?», preguntaba constantemente al cielo, se agarraba la cabeza y bajaba sus manos para secar sus incontenibles lágrimas. Una cosa tristísima.

Como en cada rincón del país hay una gruta o un altar, esta no podía ser la excepción de la regla. El abuelo devoto pidió un bolígrafo prestado y le dieron un papel en el que escribió algo muy autóctono y espontáneo apoyándose en la pared de una iglesia. Caminó solo, habló solo, gestualizó solo, conversó de tú a tú con su deidad un rato y luego se retiraron en profundo silencio. Y ésto, en la foto, fue lo que le dejó como encargo.

«Mardito covi. Obra del diablo. Vallita: llevatelo pa la verga». Foto Henrietta Saltes Zamora

¿Cómo no le va a provocar a uno dejar de sentir miedo, incertidumbre, ansiedad, dolor, depresión y meditar, orar, pedir, clamar o suplicar a quien pudiera estar por encima de todos los poderes terrenales, porque esta pandemia termine? ¿Y a la vez, en lo recóndito de las necesidades del cerebro, arrecharse con los irresponsables y desplegar su repertorio de groserías para liberarse? En el caso de este señor y variando el dicho: lo descortés tampoco quita lo valiente, si a ver vamos. No seamos jueces duros, puristas. Para expresar la verdad del sentir en momentos tan críticos no deberían haber protocolos moralistas.

Las estatuas inertes son las que están hechas de piedra, no nosotros los comunes y corrientes mortales en esta batalla de la psique, del alma, de la vida. Condolerse sí debería ser la divisa y después del amor la fe, en lo que sea, como materia prima.

Henrietta Saltes Zamora