Vivir para contarla desde un jardín

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A las víctimas de la pandemia.

“Era domingo. Chance estaba en el jardín. Se movía con lentitud, arrastrando la manguera verde de uno a otro sendero mientras observaba atentamente el fluir del agua. Delicadamente fue regando cada planta, cada flor, cada rama del jardín. Las plantas eran como las personas: tenían necesidad de cuidados para vivir, para sobreponerse a las enfermedades, y para morir en paz”.

Así comienza la novela Desde el jardín del escritor polaco Jerzy Kosinski.  La novela se hizo famosa porque el protagonista, Chance, vivía su vida a través de lo que veía en una pantalla de televisión. Gracias a eso Chance llegó a interactuar con gente muy poderosa, incluyendo al presidente de Estados Unidos.

Recordé mucho esa historia desde que empezó la mía. El inicio fue 4 de agosto de 2020 con un termómetro comprado de emergencia en una farmacia de las normales en la avenida Lecuna de Caracas. Un amigo tomó la temperatura dentro del carro, por la cagueta: 38°C. Nunca más ese termómetro, ni otro digital al que pude acceder después, superó los 36°C. Hasta el sol de hoy.

Esa semana la pasé en casa con dolores en los músculos y en los huesos. El objetivo fue hacer primero una prueba rápida, esa que sabemos no es definitiva. Me la hicieron en el  Centro de Diagnóstico Integral (CDI) El Pinar de El Paraíso, el viernes 7 de agosto de 2020. Resultado: negativo.

Ese fin de semana mi estado general siguió como al principio: sin tos, sin fiebre, sin cansancio, sin dolor de cabeza, sin diarrea y con dolor en los huesos. El día lunes 10 de agosto me hicieron la PCR, la prueba lenta y definitiva. El miércoles 12 de agosto me dieron el resultado: positivo. Y ahí empezó la jodienda.

El saturómetro

Tengo dos hermanos médicos. Mi hermana, María del Valle, es pediatra. Mi hermano, Lizardo, internista e intensivista. Son buenos doctores. Mi hermano no ha parado de estudiar desde los años 80. Mi hermana tampoco, aunque ella hizo otras cosas en estos 40 años. Hasta “se metió en la política” porque fue alcaldesa de mi querida Altagracia de Orituco. La mejor.

Como sospecharán, ellos fueron mis médicos a distancia. Como vivo sola, o sin compañía, lo lógico era pasar allí mi aislamiento en tanto mis síntomas eran escasos. Todo iba bien hasta que llegó a mis manos el saturómetro. El viernes 14 y el sábado 15 el bichito marcó 90 y 92%. María y Lizardo se preocuparon, yo me preocupé y preocupé a las autoridades.

Mi destino fue el CDI  María Genoveva Guerrero Ramos, ubicado en Montalbán. Llegué a una hora complicada porque estaban atendiendo a unos pacientes con el virus, reanimándolos, pero no hubo forma. Fallecieron dos compatriotas. Llegué a las doce del mediodía a una habitación con tres camas. Todo estaba limpio y con el aire acondicionado a millón. A mi lado había un señor con un gran vozarrón y un hipo crónico. Me imaginaba mi noche a su lado. Tendí mi cama, ubiqué mis pertenencias y a esperar. A las siete de la noche me examinaron y me cambiaron a una sala de cuidados intensivos  donde también había un saturómetro,  donde lo comparé con el bichito portátil. Un monitor grande no decía 90. Marcaba 95% lo cual es muy bueno. Fue ahí donde me diagnosticó el médico cubano como “asintomática”. Placa de tórax, bien, electrocardiograma bien, saturación en 95. Mientras, el bichito portátil marcaba 90 cada vez que me lo colocaba en índice derecho o izquierdo.

El domingo 16 de agosto informé mi diagnóstico de asintomática y del otro lado un mensaje de wasap muy claro: es mejor que no te quedes ahí, no es necesario, mejor un hotel. Dije adiós al CDI y a su gente amable y profesional.

Desde el jardín

“Chance entró en la casa y puso en funcionamiento el aparato de televisión. El aparato creaba su propia luz, su propio color, su propio tiempo. No estaba sometido a las leyes físicas que acababan siempre por doblegar a las plantas. Todo en la pantalla aparecía en forma confusa y entremezclada, pero al mismo tiempo suavizada: el día y la noche, lo grande y lo pequeño, lo flexible y lo quebradizo, lo suave y lo áspero, el calor y el frío, lo cercano y lo distante. En ese mundo en colores de la televisión, la jardinería era como el bastón blanco de un ciego”.

Me quedaban por delante al menos 14 días. 8 de tratamiento más los dos del CDI sumaban diez días completos de dos dosis de hidroxicloroquina diarias. El médico cubano (colirio entre tantas nubes) me dio la primera fecha probable de salida: 30 de agosto. Entré en pánico, un día antes de mi cumpleaños 56.

En el lobby del hotel me dijeron: agarre esa tarjeta allí, el carrito allí y vaya a la habitación 425. Llegué pero nada funcionaba. Campesina y pelabolas al fin no se me ocurrió que había que meter la tarjetita en un aparatito. Se me ocurre salir y buscar a un ser humano y suaz, se trancó la puerta. Bajé con mi pijama de pepitas manga larga, parecía un espantapájaros. Me regañaron, pero minutos después estaba de vuelta en la habitación.

En el hotel había televisión y wifi. Es decir mi teléfono, mi laptop y el televisor estarían activos entreteniéndome. Una ventaja. En 15 días solo “ví” a cuatro hombres que tocaban la puerta para comida, para tratamiento o para botar la basura. Es la realidad del aislamiento.

Vi televisión y la pantalla de la laptop muchas horas de las más de 360 que estuve allí. Vi comedias gringas y francesas que me confirmaron (otra vez) lo patéticas que han sido mis historias de amor. Vi una novela turca (ahora las llaman series) cargada de un machismo irritante y de paisajes hermosos, hombres metrosexuales y mujeres bellísimas. Una superproducción con la cual conocí un poquito Estambul.  Desechable.

También vi una serie sueca.  Eso me reveló que los problemas de ellos realmente no son problemas. O mejor, problematizan las cosas más sencillas ante la inexistencia de problemas “reales”. Tienen los suecos una terminología nueva para caracterizar a las familias de padres y madres divorciados: hijos extras, mamá extra, papá extra, casa extra, complejidad extra. Conocimiento extra.

Una serie francesa que contaba la historia de los “agentes” de artistas de cine me reconcilió con la Europa progresista e inteligente. Las mujeres son ahí las fuertes, las geniales, las eficientes, las asertivas,  las capaces de enamorarse y con problemas reales que las llevan a visibilizar el sistema patriarcal que nos ha jodido desde siempre. Me hizo reír en el encierro.

Escapé de las películas y series españolas. Y tras ese objetivo me topé con otra serie danesa. Esta sí rompió todos los moldes para visibilizar las luchas feministas y los errores de la “educación formal” que tiene los mismos peos en todos los países. La protagonista es una maestra. Solidaria, sexi, inteligente y divertida. Revolucionaria.

No fue fácil ver en la programación de la televisión del hotel películas que no fueran violentas. Entre las escenas repetitivas y cansonas de las comedias gringas (una mujer y un hombre hacen el amor, gemidos, imagen cenital de los dos con la sábana sobre las tetas diciendo que fue la mejor tirada de sus vidas) y la realidad de las imágenes de violencia, muerte y desolación de Libia, Siria, Afganistán e Irak, por solo nombrar cuatro de los países destruidos por los gringos en los últimos 20 años, no hay mucho para escoger.

Las metáforas usada por Chance, el protagonista de la novela de Kosinski cuando salió al exterior, lo convirtieron en un héroe de los medios de comunicación pero también en sospechoso de ser un espía soviético. La irrealidad de la televisión versus la realidad de un jardín. ¿Cuál es realidad y cuál ficción realmente? ¿Podemos decir a estas alturas que la ficción de las películas no es real? ¿Alguien podría imaginar que un tipo como Trump, un supremacista blanco, llegara a ser presidente del país más poderoso del planeta para sustituir al fascismo de Hitler?

Vivir para contarla

Mi tía Elena y mi tío Simón se casaron jóvenes. Vivieron 54 años juntos.  Las fotos de la época, del día de su boda, parecen sacadas de una película de jolivud. Él con pinta de galán, ella una rubia elegante con peinado perfecto y sonrisa maravillosa. Tienen un hijo y tres nietos. Los dos fueron contagiados por covid-19. Estuvieron en la misma clínica en Altagracia de Orituco, recuperándose, ambos con problemas de oxigenación en la sangre. La tía fue dada de alta el viernes 21 de agosto. Tío Simón se complicó el día domingo 23 de agosto en la noche y falleció el lunes 24 en la mañana a causa de un tromboembolismo. Así es el virus. Ataca por varios flancos, es traicionero y astuto. Fue un día triste para la familia. Los hermanos Díaz Lara eran diez. Quedan cuatro: mi mamá, la primogénita, sus dos hermanas, Alicia y Zoraida, y Ramón, el bordón.

Formar parte de las estadísticas de una pandemia no es para enorgullecerse. Solo si eres “recuperado”. De resto las cifras son historias de familias contagiadas, dolidas, donde no todos vivimos para contarlo. Me hicieron el hisopado el día 25 de agosto y el alta llegó el 28.

Agradezco la atención de las autoridades, a los médicos, a las enfermeras y enfermeros, porque fui atendida con eficiencia y solidaridad. No es así la realidad en el mundo, esa realidad que siempre supera la ficción.

Y la ficción que era la vida de Chauncey Gardiner, desde un jardín, desde la televisión, casi lo hace vicepresidente de Estados Unidos. No tenía identificación, ni cuentas bancarias ni educación formal. No existía. ¿Así de estúpidos son los gringos? Pues sí, son los verdaderos expertos en lavar cerebros. Lo terrible es que construyeron una realidad con guiones inhumanos, violentos y fatuos y muchos millones de dólares. En esa superproducción imperial la vida no vale nada.

Todos vuelven

Todos vuelven a la tierra en que nacieron;/ al embrujo incomparable de su sol./ Todos vuelven al rincón de donde salieron:/ donde acaso floreció más de un amor” dice una canción del escritor y compositor peruano César Miró que conocí interpretada por Rubén Blades y los Seis del Solar. Volví a celebrar mi cumpleaños 56 a Altagracia de Orituco y un día después terminé esta historia y con ella terminó una temporada de la serie de mi vida.

No hay nada que una rica torta no pueda resolver, pero esta vez se quemó y aun así comerla desanudó sensaciones y alegró corazones. La cercanía de la familia cura heridas e inyecta una energía inexplicable. La casa de mamá tiene la paz de un remanso y está llena de los recuerdos de mi infancia y adolescencia pueblerina, sin aditivos, sin máscaras y con muñecas de papel.

Todos vuelven y también volverán los abrazos, los apretones, las caricias sin miedo, las sonrisas descubiertas. Ojalá que quienes toman las decisiones en el mundo por la mayoría, pongan al ser humano por encima del billete. Aun sin apagar velas ese fue mi deseo. Sigamos.

Mercedes Chacín