Los médicos durante las pandemias

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El 30 de diciembre de 1918 Juan Vicente Gómez pretende vía decreto poner fin a la mal llamada gripe española que no acata mandatos y arrasa con la salud y la vida de quienes violan las normas de bioseguridad que, como hoy, un siglo después, se circunscriben al distanciamiento social y el aseo personal por recomendación de los médicos caraqueños.

Se registra la historia de la salud a través de publicaciones científicas y se estima que, hasta diciembre del año siguiente del funesto decreto, fenecen más de 23 mil personas en una población que asciende a 2 millones 362 mil 977 habitantes; es decir, casi el 1% del total.

Por fortuna, comprobado está, esas enfermedades así como llegan se van. Causan desasosiego, dejan huellas, pero no han sido ni son el fin. Son retos cada vez más exigentes para la ciencia y la medicina, que a pesar de las víctimas van ganando la pelea.

Son los especialistas quienes generan soluciones; unas más lentas, otras más efectivas, pero así es la historia de ayer y de hoy, según orientación de las autoridades bajo los protocolos internacionales para combatir enfermedades y su propagación.

Así se superó el cólera, la viruela, la peste bubónica, la gripe española, la tuberculosis, el paludismo, el dengue, la influenza, la AH1N1 y ahora, en dura batalla contra el covid-19, que a pesar de desactivarse con espuma de jabón y alcohol (base del aseo personal constante), por su capacidad de propagación carga al mundo de cabeza (sobre todo a las grandes potencias), tras la vacuna que tiene sus simpatizantes pero también sus adversarios.

A ritmo muy lento los esfuerzos mundiales por combatir esos y otros males se vieron coronados con la creación de la Organización Panamericana de la Salud en Chicago en 1902; cinco años más tarde la Oficina Internacional de Higiene Pública en París. En 1919 la Oficina Contra las Epidemias. Y no es sino hasta 1946, un año después de la ONU, que nace la Organización Mundial para la Salud. Seis años más tarde ve luz la Red Mundial de Vigilancia de la Gripe, paralelamente con el Instituto Nacional de Higiene de Caracas, aliado del Ministerio de Sanidad y Asistencia Social, activo desde 1936.

Comisiones de salud

Así como hoy existe la Comisión Presidencial para la lucha contra el coronavirus, con el antecedente de la Comisión de Vacunación contra la viruela en el siglo XVIII, se crea la Junta de Socorro en 1918 para luchar contra la mal llamada gripe española.

Gómez mantuvo los históricos privilegios de la Santa Iglesia Católica, por lo que el Arzobispo Felipe Rincón González presidía aquel conglomerado de notables antigripales, en el que además estaban el presbítero Rafael Lovera y Santiago Vegas, encargados de los asuntos mortuorios. Junto a ellos, los médicos Luis Razetti, Rafael Requena y Francisco Rísquez como responsables de hospitales y atención a los contagiados. Luis Alvarado, en protocolos de desinfección –a base de creolina–; José Herrera y Héctor Pérez, tesoreros y encargados de los víveres, mientras que Pedro Pérez se ocupó de las medicinas, bajo la asesoría de Vicente Lecuna.

Los avances están hoy plasmados en las páginas de “La Epidemia Febril de Caracas”, La Gaceta Médica de Caracas (editada por la Academia Nacional de Medicina) y, de periodicidad trimestral, en los Anales de la Dirección de Sanidad Nacional.

En esos días había unos mil médicos activos, o sea uno por cada 25 mil habitantes (y casi todos en Caracas), lo que complicaba el asunto sobre todo hacia el interior del país. Por ello, en Maracaibo crearon la Liga Sanitaria. Quemaban cadáveres y sus mortajas con la fe de que así se alejaría el mal. Las empresas petroleras donaban combustibles derivados del oro negro para acciones crematorias. Algo similar sucedía en Puerto Cabello y otras zonas de respetable densidad poblacional.

En Caracas escaseó la madera para las urnas. Hubo contrataciones extras de sepultureros y sociedades entre la policía, la comisión de salud y la funeraria La Equitativa para encargarse de los destinos finales de los desafortunados. Fueron frecuentes los entierros en fosas comunes. Así nació la Peste Vieja en el Cementerio del Sur, que a partir del Caracazo de 1989 se llama La Peste.

Aportes capitalinos

Caracas siempre aportó sus médicos contra esas fatales enfermedades. En aquellos días de brotes de viruela, en 1724, ejercían solo dos galenos registrados oficialmente por el Cabildo capitalino. El irlandés don Esteban Maldonado, quien acusado de causa criminal por prestar servicios a todo el que necesitara sin distingos, fue confinado en el Seminario de la ciudad, de donde escapó sin dejar rastros. El otro fue el francés, registrado como médico caraqueño, don Nicolás Mac Donald Fachón, quien se retiró de viejo. Ambos prestaron sus servicios de manera efectiva contra aquellos males.

Setenta años después entra en escena Joseph Roys Carvallo, quien pagó prisión injustificadamente debido a la envidia de algunos colegas cirujanos; pero se impuso el sentido común y siguió ejerciendo cabalmente en aquella ciudad en crecimiento.

Razetti son miles

Luis Razetti, padre de la medicina moderna en Venezuela, sanitarista y epidemiólogo, puso fin a una estéril polémica entre sus colegas que creían que el mal era una bacteria. Él enfatizó que se trataba del virus de la gripe, y proyectó un contagio en Caracas del 75%.

“La experiencia ha demostrado que la profilaxia colectiva (…) es imposible”, advirtió en referencia a la gripe, y agregó: “El papel del higienista se limita a aconsejar la profilaxia individual, cuya expresión más cabal es el aislamiento porque el contagio es siempre inter-humano” y sabía que, al igual que ahora, es “casi imposible en la práctica”.

No bastarán esfuerzos oficiales ni riesgos de médicos y enfermeras si no hay conciencia social e individual. Vaya el reconocimiento y los mejores deseos a Irlix Romero y Alfredo Saldeño, dos ángeles de bata blanca y estetoscopio, que como miles andan en lucha, regalando vida y esperanzas.

Ciudad Ccs/Luis Martín