DATE CON LA CIENCIA | Saber hasta la raíz

Nerliny Carucí y Guillermo Barreto

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La soberanía es eso: sembrar nuestros conocimientos, nuestras semillas y nuestra historia

«Cada semilla sabe
cómo llegar a ser árbol.
Y tantas son las semillas
como los sueños secretos»
Jorge Bucay, Semillas somos

Una agroecología con raíz campesina fructifica hoy en Venezuela. El último viernes de agosto de esta cuarentena comunitaria, 45 familias de los Andes se comprometieron a multiplicar 46 kilos de semillas artesanales para estar a la hora en nuestra mesa.

Son simientes de maíz blanco de altura, trigo, pira, quinua, arvejas, habas, acelga, apio españa, cebollín grande, perejil, cilantro, lechuga y rábano que retomarán su camino en las comunidades parameras y fuera de esos territorios.

En marzo de este año, la semana antes de que iniciara el confinamiento social por covid-19, Venezuela suscribió, con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), un proyecto dirigido a fortalecer las capacidades científico-tecnológicas de las comunidades agrícolas para el escalamiento de la producción artesanal de semillas de cereales, hortalizas, leguminosas en Mérida, Trujillo, Portuguesa y Miranda.

Se trata de un proyecto de agricultura familiar, basado en el rescate de conocimientos y prácticas ancestrales, cuyo objetivo es robustecer el Plan de Siembra Venezuela Cultiva.

Este acuerdo es un espejo de las luchas de tres mil familias rurales que participan en la Alianza Científico-Campesina. Mientras otros parecieran estar atrapados en el tiempo de la modernidad, que se traga las otras temporalidades, el amor, el saber y el sudor de esta gente se derrama en los campos venezolanos para dar un agradable aliento.

Hace trece años, en los páramos de Mérida, un grupo de familias activó, con acompañamiento de la academia, un esfuerzo por reproducir las antiguas variedades tradicionales de semillas.

Mano a mano con la Misión Ciencia, se establecieron las bases para la implementación de un sistema de usos tradicionales de los recursos genéticos en los territorios. Esta tarea significó deconstruir el discurso del modelo agrícola moderno colonial, que estigmatiza las semillas originarias, asociándolas a baja productividad, pobreza y atraso.

A bordo de la Alianza Científico-Campesina, productores e investigadores han luchado por más de 4800 días para que Venezuela no dependa de semillas importadas.

La Alianza Científico-Campesina es una experiencia cargada de dimensiones, conexiones, saberes y sabores por la vida. Comenzó con la papa nativa y hoy lleva en la carreta hortalizas, frutas, leguminosas y cereales. El acuerdo de núcleos semilleristas que Venezuela tiene con la FAO es replicar la esencia de este programa que favorece la agrodiversidad: el derecho de las familias campesinas y otras personas involucradas en la agricultura para conservar, utilizar, mantener y desarrollar sus propios recursos fitogenéticos. El proceso incluye: las semillas, como un bien colectivo de los pueblos; el conuco, como espacio de aprendizaje; el trueque de semillas soberanas adaptadas a zonas y climas; la agroecología, como una práctica cotidiana que devuelve su justo valor a los recursos de la Tierra; la sistematización y el intercambio de conocimientos.

La organización es esencial. Gabriela Jiménez-Ramírez, Liccia Romero, Caroly Higuera, Bernabé Torres, Gerardo «Lalo» Rivas y Rafael Romero han sido quijotes en esta ruta. Este sexteto está convencido de que la verdadera soberanía está en las semillas y en la descolonización de los procesos de producción.

«De las semillas soberanas, brotan experiencias creadoras y transformadoras que pueblan las raíces de la patria». Esa es la poesía de la Alianza Científico-Campesina. Versos que tejen los derechos a las semillas y a la diversidad biológica con los derechos a la alimentación, a la salud, a la cultura, a los conocimientos de los pueblos; y con los derechos de la Madre Tierra.

La semilla artesanal es un poder que permite a las bases campesinas construir soberanía agroalimentaria, en los territorios, y protegerse del riesgo agroclimático.

A diferencia de la semilla corporativizada, la producción artesanal de semillas se sustenta en técnicas sencillas y sanas.

«La semilla artesanal se pasea por el territorio. En ese recorrido, ocurren procesos de recombinación y cruzamientos entre plantas semejantes. Ese fenómeno enriquece la diversidad biológica. La semilla biológica, al estar en el territorio asociada con otras semillas, hace posibles interrelaciones que favorecen el ecosistema —precisa Gabriela, y agrega—: La semilla artesanal tiene una adaptación y una plasticidad genética en el territorio. Así, cuando hay condiciones agroclimáticas difíciles, vemos la respuesta de todas esas relaciones».

La semilla artesanal resiste en relación: necesita de los pueblos y del territorio.

Sin las semillas y sin los pueblos no hay futuro posible. Como dice el poeta Jorge Bucay, «semillas somos». Dentro de nosotros y de nosotras, hay saberes, sueños, esperanzas que también esperan echar raíces y nacer como semillas de soberanía. La FAO lo comprobó en Mucuchíes: «En Mérida, hay todo un tejido social fortalecido para la producción». Son capacidades de la agricultura familiar venezolana que, como en el resto del mundo, proporcionan el 70 % de los alimentos a la población. Sea quien lleve la semilla, o quien la espere, o quien la siembre, siempre será guardián de pan, conocimiento y vida.

Nerliny Carucí y Guillermo Barreto