EstoyAlmado | La cota mil prestada

Manuel Palma

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Si caminas por primera vez un domingo la cota mil es inevitable sentir el susto de que un carro a 120 kilómetros por hora te arrolle intempestivamente. Como instinto natural uno voltea hacia los lados; y te convences que está cerrada cuando ves el gentío caminando y trotando en el canal lento, en el hombrillo y en toda la continuación de asfalto interminable a la vista de los peatones.

En el recorrido desde el extremo oeste, al final de la avenida Baralt, es usual observar personas empujando carretillas cargadas con tobos y pimpinas de agua extraída de la montaña. Se dirigen hacia el sector de Sabana del Blanco y Mecedores. Son los únicos que andan en son de trabajo y no de esparcimiento. Desentonan del resto; en especial de los niños que corretean por toda la avenida y juegan a esquivar a los peatones mientras conducen raudo sus bicicletas, monopatines y patinetas.

En este desfile peatonal algunas familias caminan con toallas, morrales y pequeñas cavas cerca del comienzo de la avenida Baralt. Van hacia lo que se conoce popularmente como la “playa Los túneles”; una cavidad de concreto llena de agua que sirve de piscina improvisada, situada cerca de la construcción de túneles correspondientes a la prolongación de la cota mil hacia La Guaira.

Más adelante, en el recorrido se respira un ambiente distendido, de mucha tregua. Pareciera que cada quien olvida por unas horas (6:00 am a 1:00 pm) los avatares que alberga esta ciudad divergente de lunes a sábado. Incluso unos pocos, jugando pelotica de goma o una partida de fútbol en el asfalto, se permiten no usar mascarilla o tapabocas. Es como si el peligro del covid-19 también estuviese de descanso.

Se nota que antes de la pandemia muchos caraqueños visitaban la cota mil los domingos. Es como un ritual. Se llevan todo: agua, comida, cornetas portátiles, manteles y todo lo necesario para vivir un día distinto. Hasta los perros intentan pasarla bien de no ser por el asfalto caliente que les quema las almohadillas de las patas.

Cuando llevas más de dos horas explorando los rincones de la autopista que son inaccesibles en la semana, es común intentar huir de tanto asfalto y concreto que rompe cualquier intento de conexión natural con el Waraira Repano.

Aunque no es usual que la mayoría suba por el camino empedrado tradicional hacia Galipán, hacer esa senda desde la cota mil es una experiencia satisfactoria. A diferencia del movimiento peatonal en la avenida; arriba en la montaña se puede disfrutar de una vista natural que ningún selfie con filtro de Instagram puede igualar.

Cuando se sube más el contacto con la naturaleza es inminente. Las picadas de zancudos, la piel bronceada por el sol y el olor envolvente a carrizo y árboles frondosos te lo hacen saber. No es una aventura de solitarios. En ese punto vi una pareja estacionar su moto y hacer un alto para comerse algo mientras contemplaban el verdor profundo de la montaña.

En tanto, un grupo religioso aprovechaba la naturaleza para bendecir un niño en brazos; y un señor, con una espátula, escarbaba en una ladera de la montaña para llevarse un matica y un poco de tierra de abono en una bolsa de plástico.

Ya cuando el sol se pone cada vez más sofocante se puede ver desde arriba como los peatones se orillan hacia el borde de la montaña; despejando por completo los canales de la autopista. Ya es el momento de partir. En pocos minutos será la 1:00 pm. La cota mil será reabierta y todo volverá a la normalidad. Es hora de devolver la avenida a los conductores, en espera de que nos las presten otro ratico el próximo domingo.

Manuel Palma | @mpalmac