MONTE Y CULEBRA | Lunas y árboles

José Roberto Duque

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Todos los pueblos y culturas de la tierra han bailado a través de los milenios al ritmo de los ciclos lunares. La construcción de viviendas con materiales nobles y la agricultura tienen momentos y ciclos ideales o no recomendables, según lo indique en el firmamento la posición, reflejo o movimiento de nuestro satélite natural. Esto no es una opinión: es así, lo ha sido desde siempre y ni siquiera la tecnificación de algunos procesos ha encontrado la forma de apartarse de esa lógica planetaria.

Sin embargo, quedan en nuestras ciudades muchas personas, incluso (o sobre todo) de esas voces respetables que generan opinión e imponen puntos de vista y racionalidades con solo pronunciarlas, que estiman que “eso” no es un saber sino pura superstición, puras ganas de “la gente” de creer en pistoladas esotéricas, mitos y otras brujerías.

Sencillo y diáfano, aunque no tan fácil de visualizar, de explicarse automáticamente el porqué: hay especies comestibles que deben sembrarse en luna menguante y otras que conviene esperar la creciente para proceder a su siembra o trasplante. También, para efectos de la tala y recolección de maderas para la construcción o fabricación de objetos, es bueno cortar los palos en menguante, preferiblemente en el cuarto menguante (de cuatro a seis días después de la luna llena). La consecuencia de no hacerle caso a esa recomendación y cortar los árboles en cualquier momento del ciclo lunar es que las maderas se pudren, se llenan rápidamente de polillas y otros insectos.

La explicación es física y de ninguna manera sobrenatural: en luna menguante la luna deja bajar todos los fluidos terrestres, y en creciente los hace subir. Las mareas altas y violentas ocurren cuando hay luna creciente o llena, porque el agua está buscando “hacia arriba” debido al poder de atracción de la luna, y lo mismo ocurre con la sangre de todos los animales (incluso la humana: nos enfurecemos, apasionamos, enloquecemos o morimos de infartos y ACVs mayormente en luna llena) y la savia de los árboles. El mejor momento de talar o cortar un árbol es en menguante: los líquidos vitales están muy abajo, en la raíz, y cuando podas el tallo o las ramas éstas vienen casi secas.

El día de la más reciente luna llena (2 de septiembre) observábamos un enorme eucalipto seco, muerto, en una ladera de Cumbres de Curumo, en el este del este de Caracas. Comentamos, más como cuento a medio echar que como vaticinio seco, que ese árbol se iba a caer en cualquier momento de la semana, porque llegaba el momento de la luna menguante y además los aguaceros y ventarrones de la temporada han venido con fuerza. El lunes 7 de septiembre en la noche oímos un rugido tectónico acompañado de algunas explosiones y se fue la luz en el sector: el inmenso eucalipto colapsó y se vino abajo, llevándose en los cachos el cableado eléctrico.

El cuento medio echado tiene un complemento: ese tipo de predicciones son comunes y más o menos cotidianas en zonas como Altamira de Cáceres, pueblo rodeado de una selva coronada por bucares, guamos, apamates y otras especies arbóreas de 30 y más metros de altura. Viejos y jóvenes conocen el antiguo arte de observar la naturaleza y de adelantarse a algunos fenómenos relacionados con la siembra, la cría, el comportamiento de los animales domésticos y silvestres, las quebradas y ríos. Para subir a Altamira hay que pasarle por encima a un puente bajo el que ronronea bello el Santo Domingo, gigante violento que nace más arribita de la laguna de Mucubají (Mérida) y va a morir de estrellamiento muchos kilómetros más abajo, en el río Apure.

En ese bicho helado que culebrea en el occidente de Venezuela confluyen árboles y lunas en loca danza. A lo largo de esa autopista de los acontecimientos o saberes terrestres, aprendes o aprendes a convivir con la luna y con los árboles. Ni siquiera la opción de la muerte es escapatoria posible: ahí aprendes porque aprendes; si uno decide morir sabiendo lo que le esperaba, ya es problema de cada quien.

José Roberto Duque