Una santa y dos vírgenes contra el virus

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La rígida planificación del catolicismo asigna santos y vírgenes a los requerimientos de la feligresía, que acata cada imposición o ceremonia con tal de recibir los favores solicitados y agradece los que han sido concedidos.

En este atípico y despreciable –para el olvido– 2020 se ha venido agotando la programación de diversas cofradías, enmarcadas en las efemérides sagradas con la convicción de que solo a través de la alianza de ciencia y fe se podrá erradicar el virus que, hasta ahora a manera de resistencia, exhibe su corona.

Desde que se supo acerca de la seriedad del asunto, cada quien según su creencia agarró su respectiva estampita, rezó su oración, elevó la vista al Empíreo y cargado de mucha esperanza pidió desde su intimidad y en consonancia universal que el mal desapareciera.

“Debe ser que rezo bajo y no me pué escuchá”, cantó Rubén Blades con muchos años de antelación a esta petición generalizada que aún espera respuesta divina para decirle adiós al covid-19.

Han pasado los turnos de la Divina Pastora, el de José Gregorio Hernández (debió aprovechar su beatificación para lucirse) y otros pesos pesados de la fe católica para su intercesión ante la pandemia.

Llegado septiembre, según el santoral criollo, entran en acción una santa y dos poderosas vírgenes, en las que sus cofrades proyectan una luz para que ilumine a la ciencia en aras de una cura certera, de una vacuna preventiva y del sosiego para una cotidianidad con salud económica y de vida.

La primera es Santa Rosalía de Palermo, encargada de combatir enfermedades infecciosas y pestes, patrona de El Hatillo, cuya histórica capilla, monumento de la Humanidad, fue concluida, por órdenes del padre Juan Alonso Blanco y Ponce, el 3 de septiembre de 1786.

Coincidencialmente un día antes de su celebración en todo el mundo, aunque en su Sicilia natal la festejan los 15 de julio.

A ella se unen la Virgen del Valle, patrona de oriente, de los pescadores, de la Armada y del Ejército Bolivariano margariteño, y la de Coromoto, patrona de Venezuela.

Vallita es celebrada el 8 de septiembre, fecha en la que casualmente, pero en 1652, se le apareció por vez primera la imagen de la madre de Dios al cacique de la tribu cospes de nombre Coromoto, aunque se toma en cuenta para su festividad el 11, cuando en realidad el poder de la inmaculada surtió efecto sobre el bravío guerrero, que con su arco y flechas trató de matar a aquella extraña aparición, acto que culminó en el sometimiento del indómito indio, desde entonces creyente.

La santa italiana, domiciliada en El Hatillo, tiene largo historial sobre el apaciguamiento de pestes, mientras que de las vírgenes se conocen casos individuales de su intercesión en temas de salud y algunas historias en torno al dominio de fenómenos climáticos, y que hoy todos los seguidores de la fe mariana aspiran se materialicen en la desactivación del contagioso mal.

Fe contra pestes

No es novedad la imposición de la fe sobre enfermedades y muertes colectivas. Famoso es el caso del Nazareno de San Pablo. Al pasar la procesión cerca de un limonero en la esquina de Miracielos, una parte de la corona se enredó en la mata y cayeron unos limones cuyo jugo curó la peste que azotaba la Caracas de entonces. Esta vez cambió el protagonista. Un virus que por sus efectos ha hecho revivir a don Miguel Otero Silva y sus Casas Muertas, porque casi un siglo después el mundo entero podría llamarse Parapara de Ortiz.

En el marco de la alianza científico-extraterrenal es menester mencionar a la diminuta dama italiana Rosalía, nacida en Palermo en 1130, cuyo don de ayudar a los demás y su fe en asuntos eclesiásticos la hicieron con el tiempo Santa Rosalía de Palermo, con un background a la medida de las solicitudes actuales.

Guiado por un sueño celestial, un cazador llegó a una cueva donde lo aguardaban los restos de la Santuzza, fallecida un par de siglos antes. Al trasladarla en procesión hacia Palermo desapareció la peste que arrasaba en esos días.

Esta versión tiene aún sus detractores, quienes insisten que aquellos eran restos de algún animal. Como sea, la enfermedad que había liquidado a gran parte de la población fue erradicada… y todo se ata a la fe.

De personal a colectivo

Cuando Bolívar es bendecido por la patrona de oriente y del glorioso Ejército Libertador de Margarita, la virgen bonita, como la llaman varios de sus seguidores, estaba a punto de dejar otra huella fehaciente de su gran poder al salvarle la vida, un año más tarde, al general patriota Juan Bautista Arismendi.

Durante la Batalla de Matasiete, contra los ejércitos de Pablo Morillo, el valiente general criollo recibió un disparo en el pecho y rodó por un farallón. Un grupo se lanzó al rescate de su general. Al llegar al hombre herido comprobaron que no había muerto. La bala había hecho blanco en una dura pieza de metal que fungía como medalla de la Virgen del Valle, que salvó la vida de Arismendi y guió el triunfo patriota.

Lo de Bolívar fue en su reafirmación como jefe supremo del Ejército Libertador el 7 de mayo de 1816, cuatro días después de su llegada a Margarita en el marco de la Expedición de Los Cayos.

Con el renacimiento de la República de Venezuela, por vez tercera, se daba por descontado que ésta sería una patria libre, soberana, única e indivisible.

Todo aquello fue bajo la protección de la Virgen del Valle, trasladada desde su ermita en El Valle a Villa del Norte o Santa Ana para bendecir la gesta del Ejército Bolivariano que partiría a Carúpano con la misión de liberar un continente… con los consabidos logros.

Esas manifestaciones divinas, de fe y de arrojo, además de los conocidos milagros de la lluvia (que devolvió la vida general en las tres islas de Nueva Esparta) o el de la pierna del pescador Domingo, son los que hoy, con fervor, el pueblo pide se trasladen a las peticiones colectivas contra la agresiva amenaza.

Vio y creyó…

De igual manera, la historia registra lo sucedido un siglo antes al invidente hombre de pueblo Juan Azuaje, protagonista de la fábula de El Ciego y La Fiera, que con su excelsa lírica expone el poeta Julio Ramos en 1746 y que representa un documento inapelable acerca de uno de tantos milagros de la Virgen de Coromoto, que al notar en peligro de muerte al pobre Juan le confiere el sentido de la vista, él se percata de la amenaza y se salva.

Hoy, siglos después de aquellos hechos trascendentales en la historia de fe del pueblo venezolano, se revive cada episodio que renueva la esperanza para enfrentar la pandemia causada por el coronavirus, que por su versatilidad ha evadido soluciones científicas de los países más avanzados y tiene todo paralizado no se sabe hasta cuándo.

Ante esta realidad, septiembre aparece como fecha de mayor apego, peregrinaje y petición para que aleje el mal que ha cobrado innumerables vidas y mantiene en zozobra las economías y los modos de sano intercambio comercial en tan extraño orden mundial, que además de ansiar la cura definitiva proyecta, sin saber cómo será, una supuesta nueva normalidad. Hoy, el pueblo de fe quiere ver el poder curativo de la Santuzza, la fuerza colectiva de Vallita y las mariposas de vida que revolotean en torno a Coromoto.

Ciudad Ccs/Luis Martín