Aníbal Nazoa

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Aprendí a escribir crónicas –o lo intenté- leyendo a Aníbal Nazoa. Después, por los años 80 y 90, ya recorría  el país con él,  dictando charlas humorísticas y sin cobrar porque la risa, como el crimen, no paga. Una noche, para ahorrarse el hotel, nuestros anfitriones nos alojaron en un tráiler arrumado en un patio de Sidor, bajo la luna guayanesa. Además de dos catres, había una mesita, dos sillas, varias cajas de cigarro y una nevera rebosante de cervezas. No dormimos, en una conversa que se extendió hasta el día que expiró para que sus letras siguieran respirando. Nació el 12 de septiembre de 1928. Hoy está de cumpleaños -92-  y  yo, cada vez que escribo, no haga más que seguir conversando con Aníbal, gracia y verbo.  

Earle Herrera