PIEDRA, PAPEL O TIJERA | Ardiente de relampágos proféticos

William Castillo Bollé

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Se cumplen 205 años de la Carta de Jamaica, uno de los más lúcidos textos de cuantas maravillas discursivas escribiera Simón Bolívar. Este nuevo aniversario ha recordado -como es lógico- la polémica sobre la naturaleza multifacética de este documento, la vigencia de sus afirmaciones y juicios, y sobre todo, la trascendencia histórica, política, e incluso literaria, de un texto genial, escrito -entre el desespero y la pasión- por un hombre en un terrible trance político y humano.

Y es que Bolívar, desde la eternidad, no deja de interpelar a la Venezuela del presente, a su intenso proceso político, a las luchas y esperanzas de nuestro pueblo. Por ello, resulta tan fascinante leer una y otra vez aquella carta que es -más que una misiva- un portentoso ensayo de historia y filosofía política, de poética histórica, dice Blanca Monsivais; y que constituye el primer gran documento histórico, político y geopolítico sobre el continente nuestro americano.

Escrito como “contestación de un americano meridional a un ciudadano de esta ysla”, al comerciante inglés Henry Cullen, la Carta de Jamaica es -más que precursor- piedra fundacional del pensamiento libertario e independentista en América. No hubo antes, y si la ignorancia me permite decirlo: tampoco hubo después un texto semejante.

Antes de su aparición en inglés en 1818, y aún 18 años después de que fuera publicada en castellano -tres años después de la muerte del Libertador- no existió hasta entonces una reflexión acerca de nuestra tragedia histórica, de nuestras fortalezas, errores y posibilidades, y que abonara tanto a las esperanzas del alma latinoamericana, como la Carta de Jamaica.

El hombre de las dificultades

Es tentador quedarse en las circunstancias personales que originaron la aparición de la Carta de Jamaica. Esa historia la cuenta de forma apasionante el poeta Gustavo Pereira, quien investigó las vicisitudes y dificultades del Libertador en Kinsgton, y las plasmó bellamente en “Bolívar en Jamaica”.

La estrepitosa y sangrienta caída de la Segunda República y la necesidad de reorganizar el proyecto independentista obligan a Bolívar a vivir “la amarga sustancia del exilio”, como lo llama Pereira.

Derrotado por Boves, las divisiones entre los patriotas y el mantuanismo, sólo un año después de la Campaña Admirable, y rechazado en Cartagena por quienes ya asomaban el puñal de la traición, Bolívar quiere afanosamente ir a Inglaterra a buscar apoyos para una nueva campaña libertaria.

Necesita convencer al estamento inglés, explicar que la causa de la libertad americana no está perdida, que existen inmensas posibilidades de triunfar, y que Inglaterra tiene mucho que ganar si invierte en el proyecto independentista. Bolívar juega las cartas de que dispone. Es un hombre arropado por la esperanza en medio de la derrota, que ve al futuro y sabe que el descalabro es temporal y que el destino de América es la gloria. No hay en su corazón el más mínimo sentimiento de derrota.

En Jamaica es acogido con cortés y fría indiferencia, pero el caraqueño no cesa y así aparece la carta, escrita como respuesta a un ciudadano inglés. Bolívar espera que sus reflexiones lleguen a los oídos que corresponden y tengan efecto.

El Libertador no regresará a Londres pero apenas seis años después habrá librado a Venezuela, y en pocos años, junto a la espada de Sucre, Rondón y al galope de las “lanzas coloradas”, de llaneros, negros e indios venezolanos, remontará las alturas de Quito, Ayacucho y Potosí y coronará la libertad de Suramérica.

Ensayo, profecía y proyecto

¿Es la Carta de Jamaica una profecía sobre el futuro y destino de los pueblos americanos, o simplemente el más genial y agudo de los ensayos políticos escritos alguna vez en esta parte del mundo? Se trata de un debate apasionante. Los historiadores no se ponen de acuerdo.

Ciertamente, como demostró la historia, Bolívar vio con claridad la inevitabilidad de la independencia, la disolución formal de los lazos coloniales, que el mismo definiera poéticamente en su mensaje a Sucre tras victoria en Ayacucho, cuando dijo que a los pies del Gran Mariscal estaban “las cadenas del imperio español, rotas por su espada”.

También se ha dicho que Bolívar previó de cierta manera el fracaso estratégico de aquellos proyectos de repúblicas si los latinoamericanos éramos incapaces de incorporar un elemento vital: la unidad política y espiritual de la América Meridional. Bolívar veía el peligro de la inevitable caída bajo el yugo de nuevos amos imperiales. Lamentablemente, en eso tampoco se equivocó.

Blanca Monsivais dice que en el pensamiento de Bolívar se configura la base de una filosofía de la historia, donde no hay dialéctica, tesis, ni antítesis, ni síntesis sino un proyecto de futuro que se recrea permanentemente. “La carta de Jamaica es ejemplo y momento admirable del pensamiento y acción del Libertador ”.

José Enrique Rodó, el gran uruguayo, dijo de la Carta de Jamaica: “Él (Bolívar) con más claridad que el presente, veía el porvenir. Desde Jamaica, en 1815, aún lejano y obscuro el término de la revolución, escribe aquella asombrosa carta, ardiente de relámpagos proféticos

Hugo Chávez, el más grande bolivariano de nuestra Patria, creía que la carta de Jamaica parecía escrita en el presente y para el futuro de la Patria Grande, doscientos años después. Y así, atrapado en la pasión bolivariana plasmó en el Alba, Unasur, la Celac, Petrocaribe su interpretación de la unidad espiritual y política por la que clamaba Bolívar.

Las claves de este texto son infinitas: “El velo se ha rasgado: ya hemos visto la luz, y se nos quiere volver a las tinieblas; se han roto las cadenas; ya hemos sido libres; y nuestros enemigos pretenden de nuevo esclavizarnos…” dijo Bolívar a Henry Cullen y a través de él, a la historia.

Hoy sus visiones parecen más concretas que nunca. El proyecto plasmado en la Carta de Jamaica sigue luchando por existir. La era está pariendo un corazón.

William Castillo Bollé