EstoyAlmado | La microeconomía latente

Manuel Palma

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En medio de la pandemia y la crisis económica que atraviesa Venezuela, resulta curioso el surgimiento de una microeconomía que, de vez en cuando, asombra a propios y extraños. No se trata de un elemento nuevo en las actuales circunstancias, pues tiene meses acompasándose en algunos sectores de la población como una especie de “alternativa” para afrontar la compleja realidad económica nacional.

Me refiero al ecosistema digital de aplicaciones y servicios financieros “emergentes” conocidos con el anglicismo de Fintech. La mayoría de estas iniciativas están sustentadas en el almacenamiento de datos en la nube, tecnologías blockchain y sistemas de macrodatos (big data). Para algunos son útiles, nadie lo duda, sobre todo para proteger el dinero de la aspiradora hiperinflacionaria.

Pero no deja de ser inquietante que, por ejemplo, una app pueda enviar en un sobre por delivery hasta 2.500 dólares diarios en efectivo a los clientes que así lo requieran. De hecho, otras “startups” son la envidia de cualquier entidad del sistema financiero nacional al ofrecer hasta planes de ahorro con tasas de interés anual. También hay plataformas foráneas (totalmente ajenas al marco jurídico del país) donde se puede tranzar mensualmente un promedio 6.300 bitcoin, a un precio que sobrepasa los 10.000 dólares por cada bitcoin.

¿Qué cuántas hay? A la fecha no se conoce públicamente la cantidad de Fintech que hay en el país. Para 2018 se contaban 100 miembros inscritos en la recién creada Sociedad Venezolana de Fintech y Nuevas Tecnologías (Sociedad Fintech). Se sabe que abundan en las redes sociales, con el foco principal puesto en Facebook e Instagram.

Algunas, incluso, alardean diciendo que su labor no es explicar sus orígenes, sino “hacer negocios”. Funcionan con una opacidad evidente que se esconde en controversias estériles en Twitter sobre otras “aplicaciones misteriosas”. Así ocurrió con la app Shasta, que al menos luce como un árbol visible, público y registrado legalmente en un bosque de varias Fintech que no terminan de mostrase con transparencia.

Porque seamos sinceros: más allá de facilitar el intercambio de bienes y servicios, y respaldar el dinero ante la hiperinflación, preocupa que algunas denominadas Fintech se mueven con un libertinaje que raya en el realismo mágico, al margen de cualquier regulación. Se trata de un nuevo actor financiero de facto, que actúa, se mueve en las sinuosidades de la necesidad diaria de consumidores, comercios y empresas. En teoría los bancos nacionales parecen que son solo espectadores pasivos.

Frente esta microeconomía latente uno se pregunta: ¿hará falta una ley Fintech en el país? ¿Hay condiciones para eso? ¿Qué hace falta para normar la actividad?
Tal vez, antes de una normativa legal, sea necesario crear lo que los expertos denominan como sandboxes. En otros países lo han aplicado. Consiste en un campo de prueba para que funcionen nuevos servicios con tecnología financiera; siempre supervisados por las autoridades en espera de la aprobación de un instrumento legal.

Expertos en el área alguna vez me comentaron que había conversaciones con instituciones públicas para tratar la materia. Sin embargo, Venezuela aún no figura en la lista de países con una ley Fintech. De concretarse seríamos uno de los países pioneros en América Latina, junto a México y Brasil.

De momento, el nuevo periodo de la Asamblea Nacional que se avecina puede ser propicio para ahondar en las incipientes Fintech, hijas de esta nueva virtualidad que crece a diario sigilosamente con el impulso de la pandemia.

Manuel Palma