PARABIÉN | La vida al revés, la vida como es (Primera parte)

Rubén Wisotzki

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1.

Ante una compleja coyuntura nacional, muchos de los que hemos nacidos en estas tierras americanas hemos oído decir, como lamento casi ontológico, por qué no contamos con la “fortuna” de haber nacido en otro país, en otro continente, por qué no estamos insertos en otras sociedades.

Asimismo, muchos han asegurado que nos habría ido mucho mejor, como habitantes originarios de este continente, si en vez de los españoles hubiésemos sido invadidos por otros; por los portadores y representantes de otras culturas, supuestamente más avanzadas, más logradas, más exitosas, con más probidades en cuanto a principios y valores, entre otros indudables e indiscutibles beneficios.

Por vergonzosos o lamentables que sean estos cuentos, que no son de camino, u otros similares, no dejan de ser la cara de una realidad que se contrasta con la otra; la del orgullo de una inmensísima mayoría de ser buscadores persistentes, obsesivos y entusiastas de nuestra más absoluta libertad e independencia.

2.

A los utopistas, a los soñadores, se nos ataca, intelectualmente, desde las tribunas más diversas. Se entiende porque somos animales difíciles de entender (a veces ni nosotros logramos entendernos como parte de un corpus y andamos divagando y perdidos en el mar de las contradicciones). Y somos muchos más difíciles de asir, de controlar, de seducir, de perseguir, de censurar. Mientras no entren nuestros perseguidores en nuestros sueños la libertad es un bien que nos pertenece y que solamente puede ser subvertido por nuestra propia esencia, por nuestro propio pensamiento. Como todos los seres humanos estamos hechos de revoluciones y somos creadores de muchas más desde nuestra imaginación, anhelo y esperanza. Somos, en ese sentido, indestructibles.

3.

No tenemos que limpiar mucha maleza para tener claro el camino que elegimos transitar desde adolescentes. Es la senda de la atención primera a los desposeídos, la de la igualdad entre los seres humanos, la solidaridad como principio básico ante la injusticia, la opresión y la discriminación, ya sea de clase, de raza, de género, de pensamiento. Porque somos humanistas los utopistas, los soñadores. Nuestros sueños son sueños que interrumpen los sobresaltos por pensar en que el Otro, ese otro que está allá y espera, no está bien.

4.

Antes de pensar en estados llamados fallidos, -pero bien que pensamos en ellos, en los nuestros y en los de los demás, y, por lo tanto si procuramos ser serios, en el inherente dilema per se de lo categorial, evaluativo y sus juicios-, los utopistas, los soñadores, creemos necesario pensar en los sistemas fallidos. Más precisamente en el sistema fallido por excelencia que es el sistema capitalista, que ha tenido, a diferencia de otros sistemas, decenas y decenas de oportunidades, con todas los enfoques, matizaciones, condiciones y situaciones, de demostrar su capacidad ante temas históricos como la pobreza y la desigualdad.

Comprenderá el que no nos comprende que no podemos soñar con ese sistema ya que estando despiertos nos ha demostrado a lo largo de los siglos, incluyendo éste, que no ha podido ni puede enfrentar con acierto la necesidad básica de todos, repetimos, todos, los integrantes, y no de la de algunos, de cualquiera sociedad que habite en este planeta y se someta a sus leyes: vivir bien.

5.

Poseemos los utopistas, los soñadores, muchas debilidades incuestionables. Destaquemos que en pleno desenvolvimiento de lo onírico solemos quedar desprotegidos y, en correlación, a esa intemperie solemos ser frágiles. Pero esa fragilidad, que se traduce rápidamente en que solemos dejar varios flancos abiertos, que es por donde nos llenan de golpes, nos dota al mismo tiempo de una gran liviandad (ese atributo indispensable que decía Italo Calvino que debería tenerse para carearse con cierta satisfacción con el ya problemático siglo XXI). Pero, ¿qué significa liviandad? Liviandad, de liviano, no de ligereza. La liviandad, esa condición tan acusada de frivolidad, es muy seria. Y siéndolo, en su más absoluta seriedad, siempre injustamente vinculada a lo denso e intenso, logra un imposible: no es pesada.

6.

Dicho esto, y a sabiendas que no todo está dicho, los utopistas, los soñadores, no podemos pensar en una mejor tierra para apreciar nuestra existencia que ésta, la nuestra. Nutrimos nuestro corazones (hasta tal punto que como afirma Paul Claudel emocionado “siento mi corazón en mí”) para llegar a estar en el de los otros. Nutrimos nuestros corazones con las lecturas de Tomás Moro, Ernst Bloch, Emmanuel Levinas, Martin Buber, Francisco Fernández Buey, entre muchos otros. Nutrimos nuestros corazones para responder desde el Bien que nuestra razón de ser y de lucha está aquí y no en otro paisaje, con otra gente. Aquí está nuestro sueño y aquí la imposible/posible concreción de él. Por todos nosotros, los que queremos este cielo como techo, mientras imaginamos. Para bien.

Rubén Wisotzki