VITRINA DE NIMIEDADES | Aula, presencia, equidad y otros desafíos (y III)

Rosa Pellegrino

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Casi todos llevamos la huella del algún profesor; las razones son infinitas. Pero no vamos a pasearnos por eso, mejor hagamos un ejercicio: ¿es sostenible ser docente? ¿Es una profesión incluyente? ¿Hay equidad en su ejercicio? Casi siempre hacemos esas preguntas en el caso de los estudiantes, con sobradas y justificadas razones; pero de vez en cuando hay que poner la mirada sobre quienes asumen la tarea de educarnos, tan humanos como nosotros, especialmente en tiempos de pandemia.

Para mí, esas interrogantes tienen doble valor. Formo parte de un grupo que decidió, luego de salir de la universidad, educar a nuevos profesionales en ese espacio. Ahí se confabularon el amor a un área del saber y la admiración que me generaron docentes con un don particular: inspirar respeto por su forma de llevar al conocimiento. Su autoridad no dependía del rigor de las normas, sino del calibre de lo que enseñaban. “¿Cómo uno está a la altura de eso?”, me decía, entre atribulada y expectante.

Y así empecé un camino que, 15 años después, me pone en el hombrillo a reflexionar. La pregunta sigue siendo la misma, cómo estar a la altura de un mundo donde cambió radicalmente el ecosistema informativo y la educación tomó otro rumbo gracias a las tecnologías de la información; pero especialmente, cómo responder a un país con una situación sociopolítica tan compleja, unas sanciones que le cuecen la piel a un pueblo y la necesidad de contar con una opción laboral que satisfaga las necesidades primordiales; como comer o atender la salud. Y, para poner más interesante el asunto, semejante cuadro está aderezado por una pandemia.

La pregunta podría ser válida para quien eduque a cualquier nivel; porque al final quien le enseña a sus hijos o a usted, quien decidió leerme, es un humano con los mismos apremios que los suyos. Solo que, lamentablemente, la cosa queda reducida para la mediática a un asunto salarial. Y si lo duda, pues échele un vistazo a los relatos sobre el ejercicio docente y sobre las reivindicaciones asociadas al sector: pareciera que todo se mueve por la paga.

Aunque hablamos de una necesidad real, recuperar el valor social del trabajo en el área educativa no es solo ganar “lo suficiente” (menuda discusión). Desde una visión personalísima, considero que educar debería convertirse en acto sustentable, incluyente y equitativo no solo para quien se forma, sino también para quien enseña. Me resulta intragable pensar que hoy, cuando un nuevo panorama se presenta, no vale cuánto sepas o cuánto quieres aprender, sino qué tan buena es tu conexión a internet. O que deba elegirse entre obtener ingresos y educar.

En fin, quisiera quitarle esa aura de martirio o de sacrificio bíblico a un acto que debe ser motor de transformación, creatividad, inclusión y crecimiento. Que estimule y nos lleve a (re)pensar el acto de enseñar, dotarlo de herramientas viables, especialmente ante los tiempos que están por definirse. No existe un manual para eso, pero sí la urgencia de lograrlo. Si no, estaríamos colocando bajo la sombra de la exclusión a una actividad vital y única para contribuir a nuestra definición como sociedad. Atrevámonos a dejar huellas diferentes en tiempos desafiantes.

Rosa Pellegrino