AfroUrbe | De El Limón a la Costa

Mónica Mancera-Pérez

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Viví en Maracay durante cinco años en la década del noventa del siglo XX. Para ser más exacta en la intercomunal Turmero- Maracay. De ese lustro vivido en el estado Aragua, el olor a río y el friito que me anunciaba la entrada al Parque Nacional Henri Pittier, era el signo de estar a media hora de la playa.

Esas sensaciones de la niñez volvieron con la llegada de la reciente crecida del río El Limón, después de 33 años del desbordamiento que devino en tragedia para las y los habitantes en la ribera del río. Hoy a pesar de la devastación, afortunadamente no hay víctimas mortales.

La fuerza que nos ha presentado una vez más esta selva nublada en su ciclo natural es a la vez un llamado a nuestra protección ante la tala, quema e incendios forestales. Esa fuerza representa esta sección de la Cordillera de la Costa delimitada como parque nacional; por cierto, el más antiguo de Venezuela y de mayor extensión entre los parques de la cordillera.

Este viaje por la selva que el botánico Henri Pittier se dedicó a estudiar y resguardar decanta en su segundo ecosistema: el costero.

Ese viaje de la ciudad a la costa, atravesar el abrupto sistema montañoso para encontrarnos en la costa con sus bahías, playas, balnearios; que son cultivados por la fuerza afro que la hizo suya, su tierra, su lugar, fruto del cimarronaje que surgió en la esclavización durante la colonia.

¿Tú, has viajado a través de la cordillera entre esos ecosistemas que la constituyen?

Vivir la fuerza que se presenta en el decir de las manos afro es insertarnos en la cosmovisión afrodescediente amalgamada en la naturaleza. Ese decir se presenta en cada pueblo que posee su ritmo hecho golpe tamborero. Por mencionar tan solo algunas zonas de nuestra cordillera: Turiamo, Cumboto, Ocumare de la Costa, Cata, Cuyagua, Choroní, Chuao, Aponte, Cepe, Puerto Maya, Puerto Cruz.

La presencia fundamental del cumaco, instrumento hecho de un tronco de aguacate, con un parche de cuero animal que está clavado al tronco, cuya afinación se logra alrededor del fuego. El tamborero se sienta sobre dos cumacos, cuyo pulso es llevado con los palos, o macuaya que ejecuta otro tocador. Esta es una variante porque cada ritmo tiene diversidad en la configuración de sus ensambles, es decir, diversidad en el número de tamboreros y en la expresión de su sonoridad.

El canto y la danza siempre acompañando este decir. Innumerables cultores, culturas, fruto de cada vivencia han resguardado estos ritmos del alma negra.

En el éxodo a las ciudades, fruto de la industrialización, trajo consigo su cultura; por tanto, saberes, creencias, identidades para constituir nuestra AfroUrbe. Una de las manifestaciones más representativas que hoy día vivenciamos a plenitud es San Juan Bautista; cada 24 de junio en honor a la libertad. A ese sincretismo entre lo católico y lo africano en nuestras tierras; así como a cada instante en que los y las migrantes de la costa interpretan su vivencia percusiva; tanto en el pueblo como a la orilla de la playa.

Y así en ese recuerdo de la niñez que me llevó a El Limón hasta llegar a las costas del estado Aragua. ¿Sabías que justamente hace 33 años, justo cuando se dio el desbordamiento del río El Limón, al mismo tiempo en la ciudad Johannesburgo, Sudáfrica, acontecía un fenómeno de igual magnitud? El sur-sur: nuestra hermandad siempre está latiendo y la naturaleza sabiamente nos lo recuerda.

Mónica Mancera-Pérez | @mujer_tambor