EN PIE DE PAZ | Tiempos difíciles

Isaías Rodríguez

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Vivimos tiempos difíciles y el electoral es sólo uno de los problemas del país. Sí, muy importante, pero no el más importante. El económico-social y el institucional son tan o más graves. En estos últimos el momento histórico y los acontecimientos cabalgan sobre la realidad y están muy por delante de ésta. “Hay que sembrar ideas, desenmascarar engaños, sofismas e hipocresías”, dijo Fidel con respecto a ellos en la Cuba que le tocó dirigir. “Necesitamos confiar en el instinto y la inteligencia del pueblo y en la solidaridad de otros pueblos”, agregó. Ningún país, hoy, es capaz de resolver sus problemas por sí solo. La batalla es hacia adentro y hacia afuera. Sólo la ceguera política o una visión estrecha de esa realidad es capaz de negar esta verdad.

El reciente indulto de los 110 opositores en Venezuela era y es necesario. Nos guste o no, la decisión del Presidente responde a esta complicada realidad a la que hacemos referencia. Hay que abrir espacios para una nueva refundación del país. Y si no lo intenta la oposición, debe hacerlo el Estado, o el gobierno o “el azar”, aquel que Clausewitz vislumbró y que siglo y medio después se le ha llegado a conocer con el nombre de “pensamiento complejo”.

Es necesario comenzar a ver la luz detrás del túnel, saber que hay esperanzas de institucionalizar la paz, la estabilidad y la eventual normalidad que “el enemigo” (Falso Diablo Extranjero lo llamó Mao) ha agredido con su inmenso poder político y diplomático. Se es injusto con el jefe de Estado cuando, con respecto a la pacificación del país, se le pide más de lo que puede hacer. Ya vendrán los tiempos de atender otros problemas internos, donde estará la revisión de otros privados de libertad.

“La política es la continuación de la guerra por otros medios” y en este momento ella se desarrolla en un campo lleno de incertidumbres. La batalla electoral no puede ni debe ofuscarnos. Cada mando debe saber el límite de sus fuerzas y no ir más allá de ellas. Es necesario distinguir entre avasallamiento y destrucción total. La táctica y también la estrategia deben ser asegurar la superioridad numérica y cuantitativa; además sumarle a los partidos y organizaciones solidarias lo que el Comandante Chávez llamó “la moral de la tropa”, virtud que multiplica “el poder de combate”. Profundizar su sentido y vigencia, sin soberbia, sin imposiciones, sin despotismos.

Algo de esto está ocurriendo en los escenarios del movimiento popular venezolano. Hay mucho fuego interno, tonos agresivos, crispación, ofensas, insultos, mucho disparate y mucho francotirador de ambos lados. Hay en uno y otro estructuras centralizadas, cogollos inaccesibles, rígida jerarquización y ello dificulta la unidad política. Se olvida que ésta es necesaria para enfrentar el enemigo común, que es, por cierto, un enemigo de clase. Se olvida que la unidad se construye entre partidos culturalmente diferentes e históricamente distintos. El Che lo decía a su manera: “No puedo poner en guerra la mitad de mí mismo contra la otra mitad”; y no se refería, el héroe, a la mitad numérica o matemática.

Hacer política supone dominar dos artes: unir y separar. No unirse a tiempo es tan grave como no separarse en el momento oportuno. Los pueblos intuyen estas oportunidades. Pero es que, además, los pueblos no son infalibles. Se equivocan igual que lo hacen sus dirigentes y sus partidos. Pero para los pueblos el análisis es más simplista, les basta con pensar “somos más” y “tendremos más poder”. Ningún pueblo ve a la política como una forma de dejar testimonios históricos ni como una manera de buscar glorias; la entienden como un instrumento pragmático para encontrar soluciones colectivas. Y lo más dramático: “no hay ningún pueblo que haya vuelto a la fe después de perderla”.

Por otra parte, “la unidad popular” debe ser de ideas y no un fin en sí misma. No existe la unidad por la unidad. Y toda unidad es incierta. “Más” puede ser “menos” y al revés, porque, sepámoslo de una vez: la unidad política es y será electoral, con ideas, pero electoral. Las fuerzas políticas se unen “para derrotar electoralmente un enemigo común”. Cuando esta “unidad” no es electoral la situación política tiene otro nombre, se llama guerra, insurrección, revolución armada, golpe de Estado o rebelión. No es pacífica. Invirtiendo la frase de Clausewitz se está frente a lo que el General austríaco denominó: “la política por otros medios”.

Finalmente, la unidad no es “un acuerdo”. La izquierda y la derecha pueden llegar a acuerdos, pero esto no es unidad. La unidad requiere de varios elementos: momento u opción electoral, enemigo común, marco teórico de ideas digeridas y compartidas, y organizaciones con estructura e historias diferentes. La unidad es parte de una táctica y una estrategia para impedir que el enemigo de clase llegue electoralmente al poder o salga electoralmente del poder.

La unidad puede ser pre o post electoral. No existe “unidad anti electoral”. La abstención o la no participación en los procesos electorales nada tiene que ver con la “unidad política”. No es especie de esta. La unidad es sintonía, hermandad, trabajar juntos, luchar juntos, ir a prisión juntos, defender la libertad juntos, compartir el sueño de ser libres; la unidad es el mismo río y al mismo tiempo otro río; otros hombres y otras mujeres; otro pueblo distinto y a la vez el mismo pueblo.

No quiero concluir sin agregar varias citas textuales de Mao Tsé-Tung en su extraordinario discurso en Pekín, el 25 de abril de 1956: “Es preferible que haya varios partidos… y que nos hagan críticas de buena fe… debemos permitir que nos ataquen… rebatiremos lo que sea infundado y aceptaremos lo razonable… ellos son oposición y a la vez no lo son… desechos y alimañas son los contrarrevolucionarios…no basta con observar, hay que corregir… todos necesitamos ayuda… los que han cometido errores y los que no los han cometido… los que no han cometido errores están más propensos a cometerlos, porque existe la arrogancia de no haberlos cometido antes… las controversias entre unos y otros son normales… son un reflejo de la lucha de clases dentro de la sociedad”.

Isaías Rodríguez