HORIZONTE DE SUCESOS | Ciudadanos o abyectos

Heathcliff Cedeño

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Nuestro comportamiento se inscribe en un sistema de valores establecidos y compartidos en una sociedad donde todo parece que está dicho. Estos marcos sociales —que se encargan de normar y modelar psicológica, moralmente nuestra identidad ciudadana para mantener un orden—, son como una ciudad imaginaria en cuyas fronteras se determina lo conocido y lo extranjero, lo aceptado y lo rechazado.

Así como los antiguos griegos definieron “bárbaro” para designar a todo aquel que parecía rudo e inculto, lo desconocido que venía de más allá de sus murallas (el origen es la onomatopeya bar bar que se refería a incomprensión entre los pueblos), todo lo que no es aceptado dentro de este universo humano queda del lado de la barbarie, de lo abyecto.

Por tanto, todo lo que transgreda los principios sociales y culturales está fuera, es raro, causa extrañamiento y rechazo. Para Julia Kristeva no es la ausencia de limpieza o de salud lo que vuelve abyecto, sino aquello que perturba una identidad, un sistema, un orden.

De acuerdo con lo expuesto por la semióloga, lo abyecto es lo que subvierte el orden. La suciedad, la muerte, lo ambiguo, lo salvaje, entre otros, son elementos que están fuera de los parámetros que establece la cultura, de una «lógica», y constituyen un terreno inestable porque están fuera de los límites del universo.

Nadie sabe desde cuando se llegó a ese consenso, pero lo común es que se rechace todo lo se desprenda del cuerpo. Piel, uñas, orina, excremento, pelos y otras secreciones, por ejemplo, pasan al mundo de lo ignominioso una vez que se separan del sujeto. Es como si el cuerpo humano representara los límites entre la vida y la muerte. ¿Acaso un cuerpo sin vida no es una de las máximas representaciones de la abyección?

Sentir repugnancia y asco por ciertos elementos nos hermana socialmente. Quien no rechace lo excrementicio es un infante que aún no pertenece a la sociedad por desconocer sus reglas o está loco. La locura está fuera de los parámetros de la sociedad porque tiene su mundo propio y sus reglas, pero de eso hablaré en otra oportunidad.

Pertenecer a la sociedad implica, entre otras cosas, borrar ciertos rasgos que nos hermanan con las bestias. Para ello debemos dosificar y domesticar el cuerpo; depurar el lenguaje de cualquier indicio de barbarie.

Que ciertas reglas nos permitan desenvolvernos como sociedad no implica que las mismas dejen de ser arbitrarias y cuestionables. En primera instancia se deberían cuestionar los manuales de urbanidad impuestos entre los siglos XIX y XX, las primeras fuentes de regulación de “lo salvaje” que confundieron todo con decencia.

Heathcliff Cedeño