CARACAS EN ALTA | “Truequear”

Nathali Gómez

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Hace una semana, por recomendación de una amiga, formé parte de una sofisticada experiencia de trueque. La llamo así porque no tuve que verme cara a cara con quien intercambié algo, y todo ocurrió a través de un chat de Wasap donde cada uno de los participantes les mostraba a los demás, a través de fotos, lo que tenía para “truequear” (un sustantivo que al calor de la experiencia se volvió verbo).

Cuando comenzaron a llegar a mí teléfono las imágenes de lo que cada uno ofrecía, sentí que la experiencia, que se extendería de jueves a domingo, era inmanejable y durante la primera jornada no participé. El tercer día empecé a mirar distraídamente qué podría interesarme y vi algo que me gustaba. No sabía qué hacer, no había publicado ninguna foto y hasta ese momento estaba pensando abandonar el chat.

En un rápido inventario de los objetos que había en mi casa, pensé en las cosas en buen estado que podría ofrecer a cambio, y ahí comenzó un proceso interesante: buscar qué había guardado por años en algún rincón, ofrecerlo y darme cuenta de que le interesaba mucho a alguien, que estaba dispuesto a intercambiarlo conmigo.

Así pasó. “Mira estas tazas sin uso que tengo aquí”, “encontré este vestido solo me lo puse un par de veces y que pudiera gustarte”, “te mando la foto de este abrigo que tiene unos detalles”. Pero no solo eran cosas, los participantes también ofrecían servicios, consultas astrológicas, sesiones de masajes estéticos o comida.

Algún titular, de esos donde el periodista tiene como objetivo encontrar las señales de una Venezuela a punto de desplomarse, dirá que en un chat de una aplicación de mensajería instantánea un grupo de venezolanos, ahogado por la crisis, se vio obligado a regresar al neolítico para practicar el trueque, ante la imposibilidad de comprar artículos en un país petrolero sin gasolina.

Y es posible que esa información tendenciosa que tiene visos de verdad, no arroje nada que no sepamos o que no hayamos vivido pero, el detalle que suele quedar silenciado casi siempre, es que nuestra situación ha llegado hasta este punto por la asfixia económica a la que nos han sometido para forzar un cambio de gobierno, sin que las elecciones formen parte del proceso. Entonces, incluso hablar de una experiencia donde no medió el dinero para obtener algo, se transforma en una muestra más del atraso, de las condiciones precarias a las que estamos sometidos y de la merma de la calidad de vida de los venezolanos.

A partir de allí, las acusaciones pueden ser muchas y el trueque, esa forma de relación con el entorno tan cotidiana en la vida de nuestras madres y abuelas, termina siendo algo vergonzoso que demuestra lo “conformistas” e “indolentes” que somos, como si buscar alternativas fuera negar la crisis o transformarnos en una antena repetidora y acrítica de “todo lo que hace el Gobierno”.

Finalmente, cada uno se quedará con esa porción que necesita para delinear su historia personal, y libremente podrá escoger la forma de intercambiar productos y servicios que más se adapte a sus condiciones y pensamiento político. En mi caso, esperaré una próxima edición digital de esa experiencia que ya he practicado cara a cara con algunos vecinos y que crea unos lazos distintos a esos que el dinero suele amarrar con tantos nudos.

Nathali Gómez