El cine documental está en su mejor momento

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Era considerado un género tedioso y muy pocos lo seguían, pero de un tiempo para acá los documentales han tenido auge y aceptación por el público cinéfilo.

Tal ha sido la acogida que en plataformas como Netflix, por ejemplo, tiene su renglón e, incluso, para esta edición número 16 del Festival del Cine Venezolano incorporó a los documentalistas en la contienda.

Ante esto, dos realizadores audiovisuales hablan respecto a los documentales, su experiencia y pasión por este género.

Alejandra Szeplaki cuenta que comenzó como cineasta de ficción y poco a poco fue descubriendo el cine documental: “Soy documentalista que podría hacer ficción. Soy cineasta documentalista. Doy clase de cine documental. Es un género increíblemente creativo, único, con el que aprendo un montón”.

De hecho, lo considera un género muy retador porque “siempre estás remando contra la realidad, con bajos presupuestos, poca pantalla y la realidad como es tan cambiante te puede jugar en contra también y aprendes a batallar todas esas realidades para hacer una película. Es nutritiva para mí y para el público”.

Szeplaki ha hecho una película de ficción y 10 documentales. Ahora compite en el Festival del Cine Venezolano con Candy Bar, que habla del consumo insano de comidas que te venden como alimentos, cómo y por qué comemos lo que comemos, y en el que seis mujeres demuestran qué es lo que nos estamos llevando a la boca.

Para ella el cine documental en los últimos años se ha vuelto a poner de moda. Había quedado estigmatizado porque lo consideraban aburrido, se sentía que estaba estancado, que no aportaba nada y era demasiado intelectual: “quizá también desde los años 70 y 80 se había vuelto muy político y eso había encasillado el género. Sin embargo se replanteó y salió de esas casillas”.

Ella considera que es el género del cine más libre: “sigue siendo muy elitesco porque sólo la veía gente muy formada, estudiantes universitarios, académicos, pero ha ido rompiendo ese encasillamiento y se ha vuelto un género más dinámico. Un documental tiene libertad creativa absoluta y es más libre que la ficción. No está encasillado para contar cronológicamente nada, puedes hacer animación con puesta en escena, meter audios, animaciones gráficas… La verdad ha dado un vuelco en los últimos años para bien. Ha logrado lastrarse de ser aburrido. Por el contrario, es sumamente interesante”.

Las historias anónimas

Andrés Rodríguez es conocido junto con su hermano Luis de mostrarle al mundo más de 50 trabajos audiovisuales: su primer largometraje fue en 2013, Brecha en el silencio, y cinco años después lanzaron Los hijos de la sal, que obtuvo el Premio a Mejor Cinematografía en el Festival de Grecia y fue la más ganadora en el XIV Festival del Cine Venezolano 2018, entre tantos galardones.

Ahora los hermanos Rodríguez optarán al mejor largometraje en el Festival del Cine Venezolano con Un destello interior y al mejor cortometraje con Ascenso.

Para Andrés el hecho de hacer cine les ha ofrecido contar con una metodología muy específica que aprendieron del trabajo documental: “te lleva a aplicar técnicas del documental dentro de la ficción. Te abres a las posibilidades que te puede dar un actor, incorporar cosas que van sucediendo en el rodaje de una película”.

Es por esto que Luis y Andrés no creen en un guión literario “de hierro”: “pensamos que la realidad es mucho más rica de lo que puedas imaginar y nos nutrimos de esa realidad. Hay un guión escrito, pero es un punto de partida que se va a enriquecer en el rodaje. No hay algo fríamente calculado ni prefigurado. Nosotros dejamos que el contexto, la realidad de ese ambiente y la relación con los actores, sean profesionales o no, dejamos que nos sorprenda”.

Y es que estos hermanos se han caracterizado por contar también con gente común, de las comunidades, para realizar sus largometrajes de ficción, y no dejan a un lado su formación documentalista en cada rodaje.

“Concretamente en los tres largos de ficción siempre vamos a esos personajes que no han tenido la oportunidad de contar sus historias y de alguna manera le damos voz a esos personajes, de mostrar esas historias anónimas, historias mínimas que son experiencias de vida muy intensas, que rebasan los límites de clase social y te habla del drama humano que tiene que vivir el ser humano en nuestra sociedad”.

Alejandra Szeplaki ha hecho 10 documentales y una película de ficción.

Del brócoli al plato principal

Szeplaki coincide con Andrés en eso de darle voz a la gente y agrega que ver un documental equivale a leerse 30 libros, por lo que le da importancia al inmenso aporte que ofrece cada documental para mostrar realidades poco comunes: “mostrar rostros de la gente que fue invisibilizada, los que no pudieron contar su historia. El cine documental nos muestra el mundo, nuevas perspectivas, personas luchando por un mundo mejor, denuncia un hecho y una salida”.

Andrés también le da ese punto de honor importante al género sobre todo en el trabajo con las comunidades: “usamos esa metodología documental para hacer también ficción. Creemos que entre lo documental y la ficción hay una línea muy fina y queremos trabajar en contextos reales, en sectores populares, en el ámbito real y verdadero, y trabajar con esa metodología documental en la ficción o ficción y documental”.

Ante esto, Szeplaki manifiesta que el cine documental es el género más vibrante y que está en el mejor momento de su historia: “ya no es el brócoli de la cinematografía. Puede ser el plato principal e incluso puede ser un estupendo postre. El cine documental está dando la cara para mostrar un país, las realidades, hablar de ciertas verdades”.

El problema es que antes tenía las pantallas negadas, como ella asegura y por eso no se veían los documentales: “ahora tiene un impulso gigantesco. También las nuevas plataformas streaming le han dado un espacio al cine documental que antes no tenía y la gente empezó a verlo. Ahora con esta apertura muchísima gente ve documentales exitosos y ha empezado a tener gran visibilidad, estar en primer plano”.

Por algo algunos cineastas se han ido por el camino documentalista, pues ha estado rompiendo paradigmas, como ella asegura: “cuando estudié cine una gran profesora me dijo que el documental era un sonata de piano luchando contra un concierto de Madonna. Era considerado telonero. Ya hoy tiene voz propia, micrófono y público, y puede convocar un concierto completo. Puede ganar el Festival de Cannes y premios increíbles, y encontrarse con un público que lo respalda en las salas tanto o más que una película de ficción”.

Para ambos cineastas el género documental ha tomado un nuevo impulso y cada vez tendrá más poder de convocatoria en los cinéfilos.

Ciudad Ccs/Rocío Cazal
rociocazal@gmail.com