MONTE Y CULEBRA | Las inteligencias

José Roberto Duque

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En la entrega de la semana pasada de esta columna o sección “se me salió” o me provocó utilizar una expresión: saberes terrestres. El editor o corrector que todos o algunos escribidores llevamos dentro subrayó (después, cuando ya no podía cambiar ni corregir nada), con ánimo de señalamiento o señalización: ¿Saber terrestre? ¿Existe un saber del planeta? ¿Este planeta sabe algo? Y después: ¿Hay algo no humano en la Tierra o fuera de la Tierra que merezca llamarse saber? De ahí a zambullirse en una diatriba religiosa o filosófica hay una fracción de milímetro. A ver cómo hacemos para esquivar esas dos trochas.

Dos semanas atrás, Henrietta Saltes Zamora, en su columna de este mismo periódico, sí se adentraba en esa cuestión, sin asco ni pena: versa sobre cómo su mamá va reafirmando o descubriendo saberes mientras observa y manipula sus plantas. Cómo lo espiritual se reafirma en la observación de fenómenos físicos, naturales, cotidianos. Si ella se atrevió, ya me siento menos receloso de comentar en público cierto proceso personal que se conecta por allá abajo (y por allá arriba) con ese cuento de las entidades no humanas pero inteligentes. Inteligentes aunque no humanas, o tal vez precisamente por no ser humanas.

Primero la cosa o perplejidad personal: como uno pasó tantos años de su vida declarándose orgullosamente revolucionario y ateo, hay un tic cerebral que lo empuja a uno a temer que, si hablas de determinados asuntos que ni los sentidos humanos ni la ciencia han logrado ni lograrán medir o detectar, entonces te llamarán supersticioso, religioso, retardatario o quién sabe si hasta fundido del cerebro. Cosas del fetiche de los conceptos: desde muchachos nos dijeron que para ser revolucionarios hay que creer en algo llamado materialismo histórico, y algo con un nombre tan aparentemente urgido de comprobaciones tangibles no puede admitir nada que contenga referencias al espíritu.

Y ahora la confesión.

Creo, porque en la observación atenta y desprejuiciada de la naturaleza “llegan” y se manifiestan revelaciones, que aparte del caos hay un diseño y una planificación inteligente de la botánica, la geografía, la conducta animal (y eso nos incluye).

No creo en ninguna de las acepciones de Dios con que han atiborrado el mundo todos los estafadores, mercachifles y pranes de todas las religiones, pero sí creo que hay una inteligencia anterior al ser humano. No he dicho “superior”, dije anterior. Significa que el ser humano, incluida la serie de fenómenos que entre nosotros llamamos “inteligencia”, es obra y diseño de esa inteligencia anterior, más antigua que este menjurje de libros y aparatos que nos hacen sentir superiores y únicos.

Creo que la dimensión espiritual de la realidad y del entorno no hay que buscarla en ceremoniales con sacerdotes, disfraces e inciensos: la evidencia de que estamos rodeados de formas y fenómenos vivos e inteligentes está ahí, en la lógica del diseño de cada ser vivo, incluidas las rocas y minerales (que creemos inertes pero están vivos y activos, aquí y en el puto universo). Párate unas horas a ver cómo se comportan los animales y vegetales y verás una manifestación inteligente.

Pero despójate primero de los conceptos que te zamparon desde niño: si todavía crees que ser inteligente significa recitar de memoria unos libros y ecuaciones, no verás inteligencia en ninguna otra parte sino en los señores hablabonito. Date un chance y empieza a verle la sabiduría, la lógica y la razón de ser a la forma de ciertas semillas, a ciertas formas de nadar o volar, al porqué de tanta adaptación evolutiva de las especies en todos los entornos.

Creo en la absoluta estupidez del impulso “científico” que anda buscando vida extraterrestre, sin tomar en cuenta que todo el universo está lleno de vida: la vida es todo ese movimiento coreográfico del que formamos parte, no solo los seres capaces de pararse en dos patas, respirar, culear, construir computadoras y naves espaciales y volver mierda el planeta en que vive.

En el llegadero de esa reflexión está el momento decisivo y revolucionario del saber y la inteligencia: el punto en que comprendemos que vivir destruyendo el entorno natural para crear uno distinto es el método más eficaz para viajar rumbo hacia nuestra destrucción.

José Roberto Duque