DATE CON LA CIENCIA | La colonización del gusto

Nerliny Carucí y Guillermo Barreto

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Hay que sacarle jugo al conocimiento y a la inventiva para fortalecer la revalorización de rubros locales

“Estar aquí en la tierra: no más lejos
que un árbol, no más inexplicables;
[…] partiendo juntos cada vez el pan
en dos, en tres, en cuatro,
sin olvidar la parte de la hormiga
que siempre viaja de remotas estrellas
para estar a la hora en nuestra cena,
aunque las migas sean amargas”
Eugenio Montejo, Terredad

Supongamos, estimados lectores y lectoras, que usted va a comprar papas en el abasto y se consigue unas papas moradas, negras o rosadas; algunas pequeñas, con los ojos hundidos. ¿Qué haría? ¿Las llevaría a casa? Lamentablemente, algunos estudios revelan que la mayoría de los comensales en las ciudades de Venezuela busca papas blancas o amarillas, redondas y con ojos superficiales. Es parte de la imagen que ha vendido la agroindustria y que ha colonizado nuestro gusto. ¿Verdad que sí?

Este es un país donde la mayoría de los pobladores aún desconoce la diversidad de formas, colores y sabores de la papa andígena, así como la diversidad de sus usos culinarios y su potencial como alimento procesado. La colonialidad la hemos mamado tanto que asumimos como nuestras algunas aficiones o elecciones. Los poderes del agronegocio se han apropiado de esfuerzos y patrimonio público para erosionar los pilares productivos de la nación. La colonización del gusto es parte de las dinámicas del capital que atentan contra la soberanía de los pueblos, mediante mecanismos de arraigo forzado a una cultura de consumo alimentaria ligada a prácticas de dependencia.

Pero así como es cierto esto, también es un hecho que hay investigadores y familias campesinas de la Patria de Bolívar que trabajan, en comunión, para rescatar y fomentar el gusto por lo nuestro, especialmente por este tubérculo que nos llama desde la garganta de los Andes.

Juan Mateus es uno de los académicos que acompañan esta lucha de semillas en movimiento contra la economía de puertos que afecta la riqueza agrodiversa y la soberanía del país.

En el laboratorio donde trabaja este yaracuyano hay más de 100 variedades de semillas soberanas de papa, que forman parte del patrimonio de Venezuela para proteger su derecho a la alimentación. El 21 % de los clones disponibles en este centro de reserva, son semillas de papa nativa del páramo andino. En la constitución de esta colección de germoplasmas, han participado los Productores Integrales del Páramo (Proinpa), la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado (UCLA), la Universidad Central de Venezuela (UCV), la Universidad de Los Andes (ULA), el Instituto Nacional de Investigaciones Agrícolas (INIA) y el Instituto de Estudios Avanzados (IDEA).

De allí, del IDEA, es Juan Mateus. Este investigador agrónomo está convencido de que los bancos de semillas son pilares en la plataforma de lucha por la reconstrucción de sistemas alimentarios soberanos para la vida, especialmente ante las medidas asfixiantes aplicadas por el Gobierno de Estados Unidos.

Los bancos de semilla, como alternativa tecnológica para la preservación de la biodiversidad, nacen de los recursos de innovación, solidaridad y alegría de un pueblo que no solo resiste, sino que insiste desde los territorios, con sus conocimientos y con el retorno de sus prácticas ancestrales.

La Alianza Científico-Campesina es un testimonio vivo de cómo se articulan las capacidades de las comunidades con las capacidades de las universidades para hacer frente a situaciones límite y amargas, mediante bancos de semillas. En ellos hay una ganancia en conocimiento y una ganancia en cuanto al empoderamiento de metodologías para cultivos agroecológicos y el rescate de simientes, tal como lo establecen los 9 Vértices de la Gran Misión Agrovenezuela.

Muy pronto, especialistas del centro de reserva de semillas del IDEA iniciarán el estudio de la genética y la caracterización nutricional de estas 100 variedades de papa soberana.

Toda esta experiencia es fruto del trabajo tesonero de un pueblo que se da con la ciencia y el conocimiento en general para proteger las semillas, como patrimonio de vida; establecer prácticas agrícolas profundamente humanas y respetuosas de la naturaleza; y para saber y decidir qué llevamos a nuestro plato cada día.

Nerliny Carucí y Guillermo Barreto