PIEDRA, PAPEL O TIJERA | Bloqueo: la receta del diablo

William Castillo Bollé

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«Italia y Alemania dilataron sus velas
de lodo carcomido,
agruparon, sembraron sus luctuosas telas,
lanzaron las arañas más negras de su nido.
Contra España cayeron y España no ha caído»
Miguel Hernández
(en plena Guerra Civil Española)

En una declaración publicada a comienzos de 2019 -difundida en Internet y borrada a las pocas horas- el Departamento de Estado de Estados Unidos (EEUU) se enorgullecía de haber ejecutado 150 medidas y acciones contra Venezuela desde el año 2015.

El comunicado hablaba en realidad de 150 medidas “hacia” Venezuela, pero se sabe que cuando Washington se refiere a un país al que ha puesto en la mira de su ambición, utiliza ese lenguaje bifronte característico de quien se sabe poderoso. Así, donde un comunicado de la Casa Blanca escribe “hacia Venezuela” debe leerse “contra Venezuela”; en aquellas líneas donde expresa “su preocupación por la situación venezolana” hay que entender “amenaza a Venezuela”. Cuando manifiesta que “no se quedará de brazos cruzados” es porque ya está en plena conspiración.

Nada sorprende en los supremacistas que conducen hoy el desbocado carro de un imperio decadente. Y sin embargo, esta vez, los gringos se quedaron cortos: Venezuela ha compilado más de 300 medidas diferentes en los últimos cinco años, diseñadas y ejecutadas dentro de un plan para destruir a nuestro país.

Siempre se ha dicho que la diplomacia es, en general, una suerte de microcosmo del engaño y la hipocresía. Pero es imposible no advertir en estos días el aumento de las trampas discursivas, los dobles discursos y las perversas escenificaciones en la esfera de las “relaciones internacionales”.

Mientras en los podios multilaterales se enaltece la democracia, la daga del capital se clava en el cuello de los pueblos. El Derecho Internacional es tiroteado en las narices de todos. El espectáculo es viral y se transmite en tiempo real. La “comunidad internacional” es apenas un aburrido espectador de su propio fracaso.

El monstruo de las sanciones

Desde 2015, EEUU ejecuta la más extensa y profunda agresión que haya sufrido nuestro país en 200 años de historia. De hecho, se trata de una política de guerra, de una guerra no declarada, que se realiza por un camino indirecto: la economía.

Tal como que se lleva a cabo desde hace más de 60 años contra Cuba, igual como se aplicó entre 1970 y 1973 contra el gobierno de Salvador Allende, inspirado en el plan urdido contra el Gobierno Sandinista de Nicaragua en los años 80, como se ha hecho más recientemente contra Siria, Rusia o Irán, hoy se aplica a Venezuela lo que Chávez llamaría la receta del diablo.

Se lleva a cabo un criminal bloqueo económico, comercial y financiero para destruir nuestro país, saquearlo y “reconstruirlo” después… desde las ruinas de un cementerio.

Se trata de un plan cuyo fin es destruir el aparato productivo, privar al pueblo de los medios materiales para vivir; generar el colapso de todos los aspectos de la vida y producir -mediante un shock social- el derrocamiento del Gobierno que el pueblo libremente se ha dado.

En marzo de 2015, sin que ninguna razón lo justificase, el presidente Barack Obama dictó la Orden Ejecutiva 13692, infelizmente conocida como Decreto Obama, en la que declaró a Venezuela una “amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional y a la política exterior de Estados Unidos”.

Fue un hecho tan fuera de proporciones, que parecía una broma de mal gusto. ¿Cómo puede una nación pequeña, cuya población equivale a 10% de la de EEUU, con un ejército ocupado en tareas de resguardo territorial y desarrollo interno, un pueblo que en toda su historia participó en una sola guerra – la de su independencia- cómo puede una nación así, ser una amenaza para la potencia militar más grande de la historia?

Pero el sistema, como dice el saber popular, “no juega carrito”. El Decreto Obama, en su absurda e insostenible justificación, fue la pieza inicial del engranaje que recién se ponía en marcha. Su objetivo era establecer el marco jurídico para una política sistemática de agresión ilegal y extraterritorial contra Venezuela.

Una política descaradamente violatoria de la Carta de Naciones Unidas y del Derecho Internacional y que -salvo el bloqueo a Cuba- no tiene precedentes en las relaciones entre la potencia del norte y un país del continente americano.

Entender el bloqueo

El bloqueo contra Venezuela es el instrumento de una guerra invisible, de amplio espectro, multiforme, que se disfraza de diplomacia, de preocupaciones democráticas e intenciones humanitarias. Un conflicto definido desde el mismo momento en que Hugo Chávez fue electo presidente en 1998: la guerra para un “cambio de régimen” en Venezuela.

Desde el Decreto Obama, la injerencia estadounidense en los asuntos de Venezuela, su actitud provocadora y criminal, que llega a los extremos de violar de manera frecuente el espacio aéreo y marítimo de Venezuela, de instrumentalizar bandas criminales en protestas políticas u organizar un magnicidio, no ha hecho si no escalar.

Donald Trump ha asumido con particular pasión esta tarea. En su mandato, ha firmado seis decretos ejecutivos adicionales, en los que en esencia ha impedido el derecho de Venezuela a negociar de manera soberana su deuda externa, ha bloqueado el acceso de nuestro Gobierno y nuestra industria petrolera a fuentes de financiamiento internacional.

Desde 2013, el ingreso anual en divisas de Venezuela ha caído más de 90%. Pasamos de recibir 42.690 millones de dólares en el año 2013, a recibir 4.088 millones en 2018. Y en 2019 y 2020 esto no ha hecho sino empeorar. Desde finales de 2019, Venezuela prácticamente no ha recibido ingresos externos, necesarios para sostener el funcionamiento de la economía.

La clave ha sido negar el acceso de nuestro país a las divisas, impedir todo ingreso que pueda traducirse en desarrollo de nuestra economía. A la brutal caída de los precios del petróleo y al sabotaje interno para tumbar la producción petrolera, se sumó la decisión del poder financiero global de impedir que llegara un solo dólar de los mercados u organismos financieros a Venezuela. En el ínterin, Venezuela ha cancelado puntualmente más de 60 mil millones de dólares en capital e intereses de su deuda externa.

A través del sistema financiero, EEUU ha congelado miles de millones de dólares de nuestro país, depositados en la banca internacional. A junio de 2019, sumaban más de 7 mil millones de dólares bloqueados en 40 bancos internacionales que ni pueden ser usados ni son devueltos a Venezuela. Dinero que en un 80% está dirigido a la adquisición de medicinas, alimentos y materia prima esencial para la economía nacional.

EEUU persigue las operaciones con oro y criptomonedas que se ha planteado Venezuela como alternativa de financiamiento; ha confiscado bienes y activos propiedad de Venezuela en territorio de EEUU y de otros países, en una cifra que ya supera los 30 mil millones de dólares.

Se vanagloria Trump de haberle puesto la mano a CITGO, empresa venezolana que durante años aportó incontables beneficios al pueblo y la economía estadounidense. Basta solo mencionar el programa “heating oil” que durante años vendió, en el invierno, combustible de calefacción a precios subsidiados a miles de familias pobres estadounidenses.

EEUU ha prohibido el comercio marítimo de petróleo venezolano. Y cuando no puede lograrlo, asalta barcos en insólitos actos de piratería que recuerdan a los filibusteros de su majestad la reina de Inglaterra en el siglo XVII. Ah, por cierto, la reina se ha birlado más de mil 300 millones de dólares de oro venezolano, intercambiados por “apoyo político” a la banda criminal elegida por Trump para Venezuela, y de un compromiso de reparto del país en la era “postchavista”.

EEUU ha impedido al Banco Central de Venezuela y a la banca pública venezolana operar en el sistema financiero internacional; y de hecho ha saqueado recursos directos de cuentas del ente emisor venezolano.

Persigue los programas alimentarios para negar al pueblo venezolano su derecho a la alimentación, bloquea operaciones de adquisición de medicinas, insumos y equipos médicos, mientras justifica sus acciones como “ayuda humanitaria” y de protección al pueblo de Venezuela. Aún en pandemia, Trump anuncia que incrementará la política de “máxima presión” sobre nuestro país.

EEUU ha establecido un bloqueo general sobre todos los activos, propiedades e intereses de Venezuela en territorio estadounidense. Y amenaza directamente a cualquier persona, empresa o entidad que mantenga relaciones económicas con Venezuela.

La excusa pública -repetida como un mantra por la prensa canalla- de que EEUU solo sanciona a funcionarios del Gobierno venezolano para debilitar “la dictadura”, es una mentira atroz, que solo el control absoluto de la opinión pública que ejercen las transnacionales de la desinformación y las redes sociales, puede a duras penas sostener.

Las denominadas “sanciones” – eufemismo cruel puesto que transmite la falsa sensación de que alguien ha cometido un pecado y “debe ser castigado” -, impiden el normal acceso de Venezuela a alimentos, medicinas, materia prima y repuestos para la industria nacional; generando un severo daño a la economía y un inconmensurable sufrimiento a nuestra población.

Ha llegado EEUU al extremo de prohibir a los bancos internacionales procesar pagos de Venezuela para programas de salud en el extranjero, que permiten a ciudadanos venezolanos someterse de manera gratuita a operaciones de alto costo como transplantes de médula ósea o de hígado, y que son financiados con recursos públicos.

En 2017, el experto independiente de Naciones Unidas, Alfred de Zayas, visitó Venezuela y constató que la aplicación de medidas coercitivas unilaterales (la forma elegante como la ONU llama a las sanciones) produce terribles impactos y un gran sufrimiento al pueblo venezolano.

De Zayas no dudó en calificar la política de EEUU hacia Venezuela como un “delito de lesa humanidad”. Su informe fue vetado -y engavetado- por el entonces alto comisionado para los derechos humanos.

El bloqueo constituye, pues, la pieza central de una política consciente y planificada de masiva violación de los derechos humanos del pueblo venezolano. Es el instrumento central de una política genocida.

Resistencia

Nuestro país ha resistido esta inaudita agresión, la más brutal que haya recibido en su historia, con entereza y dignidad. Con la misma dignidad con que afrontó el bloqueo a nuestras costas por parte de Alemania, Gran Bretaña e Italia en 1902, cuando bombardearon nuestros puertos con la excusa de cobrar deudas fantasmas.

Hemos pagado un alto precio por ello. Un alto costo en términos de nuestros indicadores económicos y sociales, en el inédito flujo migratorio al que se ha visto forzada una parte de nuestra población, y en el severo deterioro de la calidad de vida de nuestro pueblo.

Ese fenómeno se expresa en el freno producido en nuestros avances sociales en materia de inclusión, bienestar y justicia social; logros que fueron los más profundos en términos de igualdad, reducción del hambre y la pobreza y desarrollo humano del continente, durante la primera década del siglo XXI.

La población venezolana ha sido la víctima inocente de esta guerra no declarada. En 184 años de relaciones diplomáticas con EEUU, Venezuela no había recibido jamás una agresión de semejante magnitud, saña y planificada crueldad.

Y a pesar de ello, tras casi cinco años de aplicación, el resultado de la política de cambio de régimen es un fracaso absoluto. Pese a los graves impactos sobre la economía y la población, Venezuela ha seguido consolidando su modelo social inclusivo y su democracia popular.

A pesar de todas las conspiraciones, Washington no ha obtenido lo que pretendía. El bloqueo ha producido hiperinflación y sufrimiento, pero no ha derrocado al Gobierno legítimo de Venezuela. Los operadores locales de Trump no han podido franquiciar el país y entregarle a EEUU -como es su deseo- el control de nuestras riquezas.

El bloqueo no ha fracturado la poderosa unión cívico militar ni ha quebrado la unidad del movimiento popular, esa entidad política rebelde y amorosa que orgullosamente llamamos “El Chavismo”. Y tampoco ha acabado con la vocación pacífica del pueblo.

La implacable agresión, cuya arma principal es el bloqueo, ha herido nuestra piel pero también ha acerado nuestro temple. Pese a su negativo impacto en sectores de la población, cautivos hoy de una mentalidad especulativa y dolarizada, hoy somos un pueblo más consciente, más solidario, más sensible al dolor del prójimo, y más firme y sereno en nuestros propósitos.

A pesar de las dificultades, Venezuela no ha parado de construir y entregar casas dignas a los humildes; van ya más de 3 millones y seguimos contando. El Gobierno bolivariano no ha dejado de entregar pensiones a los abuelos y abuelas, ni de dar salud y educación gratuitas; ni de compartir -aún en la agobiante dificultad- justicia social, pan y dignidad con el pueblo.

La política de cambio de régimen ha fallado totalmente. La última fase, iniciada el 23 de enero pasado, que consiste en otorgarle una falsa legitimidad a una banda de criminales, ha fracasado de manera estruendosa y patética.

Hoy Venezuela vive una paz política nacida de la derrota del golpismo y la injerencia extranjera, surgida de la conciencia del pueblo, de su heroica resistencia y de su inquebrantable defensa de la soberanía.

Seguimos luchando por la recuperación económica y vamos a una elección histórica que probará, sobre todo, la vocación pacífica de nuestro pueblo.

No hay duda. Los últimos cinco años han sido de infamia contra nuestra Patria. Pero el hecho de que el cambio de régimen haya fracasado en su objetivo de destruir el proceso revolucionario bolivariano, y el bloqueo no haya podido quebrar la resistencia, la unidad y la dignidad del pueblo venezolano, nos habla de que ha sido también un tiempo sostenido por la esperanza.

El diablo ha fracasado y la esperanza está hoy más viva que nunca. Como cantó el poeta Miguel Hernández a la República Española que resistía al fascismo, hoy podemos decir que incluso, si fuera un grano lo que nos quedara, a Venezuela la salvaremos con un grano: “La victoria es un fuego que alumbra nuestra cara, desde un remoto monte, cada vez más cercano«.

William Castillo Bollé