EstoyAlmado | Ser popular

Manuel Palma

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Antes los “populares” se ganaban su notoriedad a pulso. Se hacían notar en la escuela, en la cancha de la esquina, en la cuadra. Hacían un esfuerzo por convocar y reunir séquitos a su alrededor. Algunos organizaban torneos deportivos y culturales o marchas por reivindicaciones estudiantiles y laborales.

Hoy ser popular es otra cosa. Si en el pasado unos pocos podían ser populares, hoy con las redes cualquiera puede serlo. Solo que en vez de “popular” es alguien con relevancia social. Es fácil: la norma es tener como mínimo 1001 contactos o seguidores en cada una de tus cuentas, sin importar que sean reales o no. En las redes parece que no importan los medios, sino el fin.

Para algunos puede ser una tragedia tener menos de 200 seguidores, según la edad. Los adolescentes con menos de 1000 seguidores en Tik Tok son objeto de burla. Y, en muchos casos, sin que los padres lo noten son víctimas de bullying digital.

Ser popular depende mucho de la cantidad de seguidores. Entre las variadas opciones destacan las empresas de bot. Están a la orden del día para inflarle la cuenta, de una semana a otra, a cualquier celebridad o figura política antojada de ser el “nuevo popular” de la comarca online.

También están los llamados Marketplace. Igual como cuando van al mercado a comprar frutas, muchos acuden a los marketplaces con cestas digitales a comprar cuatro meses de like, dos meses de “me gusta” y unos 2.000 seguidores; que se pueden distribuir en redes distintas. Con estas provisiones la popularidad de cualquiera está asegurada con poco tiempo y esfuerzo.

Otros prefieren comprar en la Red “buenas reseñas” para sus empresas o causas políticas. Tienen para escoger: desde comentarios positivos y negativos (estos últimos para despistar; no todo puede ser perfecto); hasta supuestas preguntas malsanas de los odiadores (haters). Cualquier acción online debe parecer espontánea, sin una pizca de alevosía y premeditación.

Incluso, los comentarios hacia una empresa pueden ser controversiales. Todo suma para levantar la “popularidad” de empresas, medios de comunicación, gobiernos, influencers y gurús digitales. Ese fenómeno se ha vuelto potable y conveniente para muchos. Existe en todos las naciones, al margen de si el país es gobernado por la derecha o la izquierda.

Nada de esto es un secreto para los dueños de las redes sociales. En silencio lo aprueban, aunque intenten dulcificarse. Por eso extraña el doble rasero cuando cierran a diestra y siniestra cuentas en redes sociales. O mejor dicho: es descarado cuando lo hacen.

Para todo el negocio de ser “popular” siempre hay un espacio; y si no existe, lo crean para esa finalidad. OnlyFans (una suerte de e-Playboy) es el repositorio de aquellos que clamaron por un sistema “privado y seguro” para cobrar por sus servicios. En tanto, Twitter es la vitrina simulada para atraer a los clientes.

Así las cosas, esta nueva forma de ser popular explica, por ejemplo, que algunos polítiqueros en la actualidad desprecian la obligación de padecer y resolver en las calles junto a las comunidades. Si en el pasado sus antecesores lo hacían para ganarse la “popularidad” en víspera electoral, los de ahora sienten que no hace falta. Porque en esta era digital ser popular es no serlo.

Manuel Palma