PARABIÉN| La vida al revés, la vida como es (Segunda parte)

Rubén Wisotzki

0
1.

Mencionábamos la semana pasada a los utopistas, a los soñadores, es decir, nos mencionábamos. Intentamos describir algunas pistas, alguna señales, no muchas, quizás no muy brillantes, para que se nos comprendiese en nuestra siempre inexacta dimensión. Vaya tarea imposible.

Pero en esta oportunidad, entre tantos senderos de posibles conceptualizaciones de nuestra manera de ser, de sentir y pensar, quisiéramos destacar que, como especie nunca en peligro de extinción (y sí de expansión), aprendimos rápido y bien, para bien, qué es la utopía, qué es ser utópico. No concluimos en ese aspecto. Nunca nos conformamos, nunca cerramos la definición.

2.

En ese sentido, recordamos permanentemente a Michel Foucault y el episteme; aunque no lo conozcamos a él ni a su concepto, cuando refiriéndose al vocablo griego habló de los conocimientos adquiridos, asumidos y practicados en la diaria vida. Es decir, conocer y definir, en parte, desde la experiencia. Diríamos nosotros aquí, en este rincón de palabras, desde el corazón.

Al sentido más ajustado que nos describe a los que imaginamos una relación social justa, lo encontramos, en versión diccionaresca, en la palabra “utopía”; referida por Tomás Moro, en 1516, como una isla imaginaria con un sistema político, social y legal perfecto. Luego, sus estudios, sus versiones, sus matizaciones, sus ampliaciones, sus reducciones, sus derivaciones, y sus, sí, por qué no, sus contradicciones. Como ésta: “Plan o sistema ideal de gobierno en el que se concibe una sociedad perfecta y justa; donde todo discurre sin conflictos y en armonía”.

3.

Pero tiempo más tarde, con aquello, sigamos con los tonos de Foucault de “las palabras y las cosas”; es que nos topamos con otros significados vinculantes y no menos importantes como “entropía”, “distopía” y el que hoy nos interesa de manera singular: ucronía. Se define ucronía como la reconstrucción histórica concebida con cierta lógica, basada en hechos posibles, pero que no han sucedido.

Pues bien, un escritor francés, Laurent Binet, ha concebido en su más reciente libro, “Civilizaciones”, una ucronía: Supone a Atahualpa, el emperador inca, conquistando a España y al resto de Europa. Negado, como era de esperarse, a colocar las cosas entre “indios buenos y europeos malos”; Binet (París, 1972) considera que si el viejísimo continente hubiese sido conquistado por los incas se habría evitado el capitalismo, aunque subsistirían otras formas de dominación. Pero igualmente imagina que la llamada seguridad social existiría, gracias a los incas, desde hace siglos.

Afirma Binet que “la ucronía sirve para recordarnos que lo que ya ha sucedido no se puede cambiar, pero también que faltó muy poco para que las cosas sucedieran de otra manera. Es un género que nos recuerda que había bifurcaciones posibles”.

4.

Astuto este señor Binet, -quien por cierto asegura creer en la lucha de clases como motor histórico-, en eso de devolver la pelota a nuestro campo sin que pique una vez. Astuto porque no se puede negar el atractivo que posee ese supuesto suyo; si se quisiera, por ejemplo, entender esta propuesta como una revancha o venganza de parte de un continente arrasado por los invasores. O, simplemente, como un acto de justicia ante los asesinos que llegaron hasta nuestras costas en tiempos pasados. Imaginar ese escenario no cuesta mucho después de tantas cosas vividas en estos últimos siglos.

5.

Pero falla esta tesis al desconocer, casi de manera grosera, que nuestros pueblos originarios, algunos con perfiles que hoy ramplonamente se entenderían como violentos, fuesen capaces de ejecutar ese periplo hacia otras tierras en búsqueda de lo que no se les ha perdido. Sin dejar de desconocer los enfrentamientos entre diferentes comunidades, no es posible imaginar que las organizaciones sociales avalasen semejantes empeños de manera colectiva.

6.

Ahora se sabe, y se divulga, que la búsqueda de otros espacios y sus beneficios estaban en el cielo y en la propia tierra sobre la que se posicionaban y marchaban gracias a sus pies. Lo hacían porque eran poseedores de saberes inalcanzables para la cerrazón mental occidental de aquella época, y en muchos aspectos de ésta también. Lo hacían porque poseían una cosmogonía propia, no impuesta, que les permitía llegar a lugares no físicos; imposibles de ser imaginados o soñados en otros continentes. Lo hacían porque muchas, muchísimas comunidades sabían de un buen vivir entre todos. Y es por ello que los utopistas, los soñadores, nos formulamos, encontrando luces en esas experiencias ancestrales, ese mismo buen vivir con los tonos del presente. Para bien.

Rubén Wisotzki