VITRINA DE NIMIEDADES | La campaña de las distancias

Rosa Pellegrino

0

Si usted suelta a un candidato a un cargo de elección popular por una calle, cuando termine de caminarla sentirá que es el ganador. Eso nos dijo en una clase un profesor experto en diseño de campañas electorales, y no deja de tener sentido. Por algo el esmero en las imágenes donde se vea mucha gente, cerquita del aspirante; mucho carisma y mucho apoyo. Ahora, con una nueva realidad, ¿surtirá el mismo efecto lanzarlo a caminar?

El primer problema viene precisamente del hecho de ocupar las calles. Los espacios de demostración natural de fuerza de cualquier organización política son lugares abiertos, de marcado tránsito; donde haya por montones testigos de su capacidad de movilización. Ahí se libra una verdadera batalla de la imagen: por un lado están los que construyen el discurso del triunfo, con todos los trucos del caso; y aquellos que van a la búsqueda de cualquier detalle para destruirlo o, cuando el éxito es indiscutible, minimizarlo.

Pero esta vez, los venezolanos viviremos a partir del 21 de noviembre una campaña donde la norma es más compleja: menos gente, más seguridad. Y el efecto es desconcertante. En la precampaña por las parlamentarias uno se sigue fijando en cuánta gente hay, pero para ver si guardan las medidas de bioseguridad; no vaya a ser que el coronavirus esté en el comando de campaña. “¿No son muchos?”, se pregunta uno. O, por lo menos, a mí me pasa. Nos van rompiendo los códigos de una candidatura exitosa.

****

El abrazo como problema y conflicto. Hay candidatos a los que le sale natural, bonito, que hasta uno quiere que se acerquen. Hay otros que, en cambio, les sale plástico, como si no estuvieran entrenados en ese arte. Pero, más allá de la naturalidad, quién imaginaría que ese gesto de cercanía, de hermandad, usado a veces para parecer híper pana, gente “como tú”, comenzaría a generar nuevas suspicacias.

Por mero azar algorítmico me conseguí en Twitter con la foto de un candidato a diputado con el brazo cruzado sobre el hombro de una mujer. Ella se venía cómoda y él, en su elemento. Bueno, formas de trabajar la imagen. Solo me imaginé en la situación de tener que decirle: “Mire, cuente con mi voto, pero eche pa’llá”.

Quizás, jamás se lo diría. Espero, en todo caso, no tener que vivir ese tipo de acercamiento. Porque ahí está el otro problema: somos demasiado afectuosos, demasiados cercanos; es muy difícil creer que alguien es como nosotros si no se muestra naturalmente próximo. Creo que la batalla es más sencilla para los candidatos carismáticos que ya tienen sus grupos de simpatía desde la “antigua” normalidad.

****

¿Y para qué votar? ¡Ay, compas, ahí está el menudo problema! Más allá del distanciamiento físico, los extremos cuidados que debemos mantener y lo atípico de una actividad con alto dinamismo, hay una distancia más larga, profunda, hecha con filigrana, que debe saldarse: la desconexión del Poder Legislativo con el pueblo.

Cinco años pusieron suficientes barreras entre la gente y quienes deben legislar por el país, como para sembrar dudas sobre el valor de esa institución. ¿Esos sectores se habrán salido con la suya? Por ahora, la única distancia que se debe recortar es la del parlamento con los venezolanos.

Rosa Pellegrino