ASÍ DE SENCILLO | Muñeco de trapo

Maritza Cabello

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Cuando el niño o la niña crecía y la ropa le quedaba pequeña, la abuela la volvía retazos, le daba forma de amor, transformado en un muñeco de trapo. Lo rellenaba con pedacitos de las sábanas y las cortinas viejas finamente cortados, esas que ya no se usaban en la casa.

Todo era cosido y bordado a mano. La abuela se guiaba por la intuición y las ganas de hacer feliz a sus hijos y nietos.

En algunos sitios le metían una rama de canela al muñeco para darle aroma.

¿Díganme ustedes, quién no aprecia un regalo así?

Un regalo cargado de historia, alegría y del cariño más puro y sincero que se puede dar.

El tiempo ha pasado, ya hay telas y rellenos especiales, también personas que se dedican al arte de fabricar muñecos de trapo. Lo que no ha pasado es la magia que los envuelve, la carga de amor de quien las hace y de quien la recibe.

Los muñecos de trapo tienen una conexión con nuestros ancestros y una complicidad con la ternura.

Cualquier persona que se tope con uno de ellos, se le escapa una sonrisa infantil. Una sonrisa juguetona. Que lo lleva a recrear el recuerdo de sus mejores momentos.

Los muñecos de trapo no sólo son para los niños y niñas. Son para para las almas infantiles que habitan los cuerpos de cualquier edad, independientemente del género.

Los muñecos de trapo nunca pasarán de moda, porque son parte del arte ancestral, el arte que habla del pueblo y sus costumbres.

Los muñecos de trapo, tela convertida en arte.

Maritza Cabello