HORIZONTE DE SUCESOS | Ciudadanos y locos

Heathcliff Cedeño

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Cuando hablé sobre los marcos sociales que modelan la conducta ciudadana y determinan el adentro y el afuera en una suerte ciudad imaginaria quedó un tema latente: la locura. Los locos quedan al margen porque son impermeables a las leyes, o bien, están regidos por las suyas.

Se dice que los locos pierden la cabeza porque finalmente, tal vez, esto sea lo que está conectado al pensamiento social; por eso quedan del lado de la barbarie.

Si bien no se puede decir que todas tienen el mismo origen y profundidad, hay rasgos comunes en todas las enfermedades mentales. La ingobernabilidad es uno de ellos. A veces es más fácil torcer el curso de un río que “hacerlos entrar en razón”.

Para Foucault la rebeldía del loco radica en que no se deja imponer lo que debe decir, ni decir lo que debe ser; es decir, no obedece a la sociedad que funge como un amo.

El francés sostiene que este concepto es histórico por la forma de tratamiento de las enfermedades mentales en el tiempo. De ser tratados con condescendencia en la Edad Media, como artistas y personas brillantes durante el Renacimiento, los locos pasaron a ser encerrados en la edad moderna, lo que significó el triunfo de la razón.

Si toda acción tiene una reacción predeterminada, la locura es abyecta porque su carácter ambiguo y aleatorio perturba el sistema de valores establecidos; el orden. ¿Acaso no está demente quien no le teme a la muerte o no le molesta la desnudez?

Simbólicamente siempre ven en otra dirección. La mirada y sonrisa oblicua de los locos perturban porque no nos reconocemos en ellas y, por tanto, no podemos interpretar nuestros códigos a través de ellos. Recordemos que uno de los signos más representativos de la sociedad es el de reconocernos en otros.

Aquí no se busca dar una idea general de la locura, sino entender que esta es excluida y silenciada por transitar un camino propio. Desde el supuesto triunfo de la razón proliferaron los hospitales y sanatorios donde se busca corregir la demencia. Esto es, que no pueden mostrarse otros signos de la misma sociedad que cuestionen sus propias leyes.

Heathcliff Cedeño