Experiencia psicotomimética en la cola de la gasolina

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He tenido diversas experiencias alucinantes a lo largo de mi vida: en los años sesenta del siglo pasado, cuando todos los chamos de mi generación delirábamos con Jimmy Hendrix y Janis Joplin, estuve en el Festival de Los Cocos en Caraballeda, participé en las llamadas “mermeladas” que “el Capy” programaba en el Teatro Caracas, me vacilé Las fresas de la amargura y los tres días de “paz, música y amor” que prometía Woostock, formé parte de los miles de jóvenes que asistieron al famoso concierto del Parque del Este en el que los sostenes volaron y hasta llegué al extremo de viajar a Mérida en auto stop en busca de los hongos que se daban en San Javier del Valle; pero, lo confieso, ninguna experiencia tan ácida y psicodélica como la que me tripié la semana pasada durante las treinta horas de cola que me tocó hacer para inyectarle una dosis de gasolina iraní a mi carro.

Ingenuo primerizo

Todo comenzó el jueves 17 de septiembre a las cinco de la mañana, cuando estacioné mi vehículo en el Paseo Los Ilustres, a medio camino entre Las Tres Gracias y la entrada del Clínico, a patica de mingo de la UCV.

Como lo dicta la regla del madrugador caraqueño, el primer paso de todo el que se aventura a salir de su casa a esa hora es cantar la zona al llegar: un rápido zoom in hasta la plaza Los Símbolos, con suave paneo por la larga fila de vehículos que tenía por delante, me dio información sobre el vecindario en el que me tocaría vivir durante las siguientes horas.

Lo bonito del momento, además del encanto de una ciudad que ni en las circunstancias más difíciles nos priva de sus escandalosas guacamayas y de sus espectaculares amaneceres, es que a esas alturas del día que comenzaba mi ingenuidad de primerizo en estos menesteres me indicaba que, cuando mucho, me tardaría medio día en llegar a la bomba y a las doce estaría en casita almorzando.

De inmediato comenzaron a estacionar tras de mí otros conductores y a la buena vibra que me acompañaba hasta ese momento sumé la certeza de saber que ya no era el último en la cola, que en pocos minutos llegaba a la altura de la estación del Metro Ciudad Universitaria.

Como lo indica el manual del buen echador de gasolina de madrugada, lo primero fue darles los buenos días a mis vecinos en la cola y preguntarles si sabían si ya habían abierto la bomba, tras lo cual, con una mirada despectiva y una pausa de suspenso, llegó la respuesta solicitada: “No abren hasta que llegue la guardia”.

Ya a las seis comienzan a circular los vendedores de café y cigarrillos, se asoman los primeros trotadores de la mañana y la gente sale de sus vehículos, lagañosa y embojotada en sábanas.

Fiesta en la cola

Es en ese momento cuando me entero de que todas esas personas han dormido en sus carros toda la noche y son sobrevivientes de la cola del día anterior: mujeres en bata, hombres en chola, niños en pijama y hasta perros, gatos y otras mascotas forman parte de la población flotante que me acompaña.

A golpe de siete de la mañana el conductor que está dos carros más adelante, que había partido en gira de exploración hasta la gatera, con voz jubilosa anuncia que ya llegó la guardia y que “la gandola está en camino”.

Entre abrazos y lágrimas de felicidad la noticia es celebrada por quienes, a estas alturas, ya llevan al menos doce horas en espera del “preciado líquido”.

Yo, por mi parte, con la discreción del recién llegado, me limito a llamar a mi esposa para decirle que prenda el calentador, que antes de la doce estoy allá.

Descubro en ese momento la veteranía de mis compañeros de viaje en la práctica de hacer cola para surtirse de gasolina en estos tiempos de bloqueo: cavas bien surtidas de arepas rellenas, jugos y agua previamente embotellados en sus hogares, termos con café negro y con leche, teteros, pañales, servilletas, sillas de extensión, mesas plegables y hasta un útil dispositivo para orinar dentro del carro.

Yo, como ya dije, novato en esas lides, debo conformarme con dos grasientas empanadas con promesa de pollo en su interior y un café pequeño, desayuno por el que cancelo la ridícula suma de ¡setecientos mil bolos!

En lo que respecta a la inevitable miadita, debo recurrir a la indeseable práctica de esconderme tras un árbol por los lados de los campos de beisbol y de fútbol de la Facultad de Ciencias.

La insurrección

Transcurrida la mañana, con el sol amenazando con privarnos de la ñinguita de sombra que nos procuramos con celo, mi optimismo inicial comienza a palidecer, cuando veo pasar las horas sin tener noticias de la famosa gandola, que no sé si “viene en camino” desde El Palito o si está saliendo de Amuay.

Llega la hora del almuerzo y cada quien se procura lo que puede. Yo aprovecho una panadería que está en los bajos de un edificio de la Misión Vivienda y me pongo en un combo de cuatro canillas que venden a ochenta mil, las relleno con algo parecido a mortadela, me zampo un par y todavía me quedan dos para llevar para la casa.

Al menos eso creo.

A golpe de cinco de la tarde pasa un tipo en una bicicleta anunciando que la gasolina “está por llegar”, que la gandola viene bajando por Tazón, pero que una vez que descargue el combustible cierran la bomba, se retira la guardia y hay que esperar hasta el día siguiente.

En ese momento se produce un silencio paralizante, seguido de una mentada de madre colectiva que se debe haber escuchado en Los Próceres. De inmediato comienza a gestarse un movimiento insurreccional de choferes arrechos, encabezado por una tipa que después nos enteraríamos era una vulgar cuida puestos.

La pernocta

Ya a las ocho de la noche, resignados a pasar la noche bajo las estrellas, comenzamos a organizarnos: salen almohadas, sábanas y toda una logística que me hizo recordar mis días de boyescao.

La cuida puestos asume un cierto liderazgo: “Muevan los carros, que no queden espacios desocupados porque a golpe de medianoche pasa la policía y los manda a mover”. Obedientes, seguimos sus instrucciones.

Un tipo con cara de pesao dice que va un momento a su casa a buscar una pistola, porque “yo no voy a dormir en la calle desarmao”. Otro le dice que si se va pierde el puesto. La cuida cola sale en su defensa argumentando la seguridad de todos los que pasaremos noche y madrugada en la vía pública.

A las diez eso parece el propio campo santo: una hilera de carros en penitencia, vehículos de todos los modelos y años delatan que la cola de la gasolina, como el covid-19, no hace distinción de clases sociales, credos ni ideologías.

La cola nos uniforma y nos iguala, al menos por una noche.

Amanece y se repite el ritual de la mañana anterior, en esta ocasión matizado por el hecho de que ya yo he cumplido mi ritual de iniciación y ahora les toca a otros pagar el noviciado.

De nuevo los vendedores de café, otra vez los trotadores y nuevamente la promesa del tanque full por solo ciento sesenta mil soberanos.

La ya interminable fila se mueve cada quince minutos rumbo al destino anhelado, algunos prefieren empujar su vehículo, otros lo apagan y lo prenden ante cada llamado del GN que intenta poner orden en el caos en que se transforma esa quimera anunciada.

La nota final

Esta parte de la travesía amerita un párrafo aparte porque, lejos de cantar victoria, cuando se avistan los diligentes bomberos es el momento en que uno se juega el derecho ganado tras horas y horas de espera.

Entonces la trona amenaza con convertirse en pasón, porque si el conductor no se pone las pilas y se planta bien plantado, todo lo hecho hasta el momento habrá sido en vano.

Debe tenerse presente que en cualquier momento el bombero dirá “señores, ¡se acabó la gasolina!”, y si usted dejó que el vivaracho que estaba después de usted o el que se metió por los caminos verdes surta primero, pagará muy caro el precio de haberse dejado joder.

En mi caso, gracias a la firmeza del bombero que me tocó y a la defensa que hice de mi lugar en la cola, evité que un tipo uniformado me la aplicara cuando exigió le surtieran antes que a mí: “Usted es la autoridad en el cuartel, le dijo el trabajador de la gasolinera, pero aquí el responsable soy yo y el que sigue es el caballero”.

Eran las once de la mañana del viernes 18 de septiembre cuando, como en aquellos alucinantes días de Woostock, salí de la bomba de la avenida Victoria con la misma sensación de felicidad experimentada cuando escuché a Jimmy Hendrix rasgar en su guitarra el himno de Estados Unidos, en tono de rebeldía por Vietnam y por todos los atropellos que cometían, y siguen cometiendo, en nombre de su soberbia imperial.

Solo pedimos un chance a la paz.

Armando Carías