LA CARAQUEÑIDAD | Caracas y el Día Mundial Sin Autos

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La cuarentena dejó a las autopistas vacías.

Desde el 10 de abril de 1904 hasta nuestros días es incalculable la cantidad de vehículos que ha transitado por las distintas vías caraqueñas.

Aquel debutante Panhard Levassor fue conducido a través de las estrechas callecitas de entonces por don Lucio Paul Morad, chofer del presidente Cipriano Castro, asignado para manejar ese lujoso presente de 12 mil francos que el mandatario le hiciera a su esposa doña Zoila. Hoy el parque automotor rebasa los 5 millones en la capital criolla donde el conductor común es Juan Bimba, quien este 22 de septiembre acaba de cumplir con el reto de detener el motor, según lo promueve la Unión Europea, en lo que se ha denominado Día Mundial Sin Autos.

Aunque las razones internacionales para la atípica acción a favor del ambiente apuntan a la conservación y a promover la disminución de la dependencia de combustibles fósiles, en Venezuela, y muy particularmente en Caracas, la parada de vehículos fue exitosa como objetivo pero frustrante desde sus causas: falta de combustible y de repuestos, imposición de un dólar asesino versus un indignante salario mínimo que aunado a la hiperinflación –inducida o no– impide reparaciones –en caso de existir la pieza requerida–, el cada vez más crudo bloqueo –que unos niegan y otros aplauden pero que existe y golpea durísimo al ya depauperado bolsillo del más pendejo– y, por supuesto, la pandemia que insta a quedarse en casa.

La loable jornada mundial nace a raíz de la crisis del petróleo en 1973 cuando dirigentes y mandatarios de todo el globo terráqueo comenzaron a idear políticas y acciones que apuntaran hacia la disminución del consumo energético fósil. Ello dio origen a la fecha impulsada por la entonces Comunidad Europea de parada vehicular el 22 de septiembre de 1987… Y aunque de allá hasta acá hay un montón de kilómetros y millardos de euros de diferencia, Caracas vuelve a dar el ejemplo contra el calentamiento global.

Caracas sobre ruedas

Reseña el diario Monitor que aquel 21 de abril del cuarto año del floreciente siglo XX también rodó por Caracas el Cadillac que trajo al país el doctor Isaac Capriles a un costo de 810 dólares. Hechos que marcaron la introducción del vehículo en la capital, de donde se fue extendiendo a ritmo lento hacia el resto de la geografía con influencia en varios sectores: transporte de alimentos, de pasajeros e industrial, encomiendas, usos personales y hasta competitivos; todos con el común denominador de la dependencia de la gasolina y el consecuente daño colateral al ambiente, sumatoria para la causa mundial que demanda el parón vehicular al menos por un día.

El desarrollo medido en vehículos obliga a Juan Vicente Gómez a construir carreteras y otras vías que interconecten todo el país. El naciente empresariado comienza a importar vehículos automotores y llegan los primeros Ford made in USA. Inicia un choque cultural para quienes pasaban del coche tirado a caballo, o del caballo mismo, el burro o la mula, a andar en este aparato mecánico de cuatro ruedas producto del invasivo modernismo…

Un país rural abordó el automóvil para asumirse urbano. El clero intervino pero no pudo detener ni al reloj ni al progreso que ellos relacionaban con lo desconocido, estigmatizado como diabólico.

En 1913 la esquina de Gradillas fue escenario de un choquecito magnificado por El Universal que registró como causa probable la “excesiva velocidad que oscilaba entre 15 y 20 kilómetros por hora”, lo que suponía riesgo para la seguridad ciudadana cuyo futuro lucía incierto ante la malévola invención sobre ruedas.

El presbítero Jesús María Pellín en su misa dominical amedrentó a la feligresía al satanizar al vehículo causante de aquel escándalo y lo comparó con el “carro de fuego” donde desapareció el profeta Elías en su viaje al Cielo. El editorial de ese periódico afirmó que “la posteridad habrá de agradecernos haberle librado de esta tremenda amenaza”… Pero fallaron en el intento.

Más allá de la historia

Caracas, a pesar de aquellas advertencias sagradas se entregó, como la metrópoli que es, al supuesto desarrollo y es pionera en mecanismos para controlar la circulación vehicular que no solo abarrota sus estrechas calles y avenidas –construidas sin planificación ni proyección urbana adecuada, por lo que lucen atiborradas de carros, buses, busetas y motos aun en días extremos de cuarentena radical.
Desde los últimos 20 años del siglo XX se aplicó el Día de Parada, y en el siglo XXI el Pico y Placa (usado ahora ineficazmente para la distribución de combustible).

Gerónimo Pérez, radicado desde hace poco en Canadá, anda pasando roncha “porque aquí la vaina sí es estricta” –según dice–. Vivía en Vista Alegre. Tenía dos carros y cuando le correspondía parada afloraba su viveza criolla e intercambiaba las placas de los vehículos para burlar los controles de las autoridades. Como él muchos. Estupidez básica. Quizás por eso las intenciones de diversos gobernantes de diversas épocas se han quedado en el intento, amén de algunos excesos administrativos, y ahora el resto de ciudadanos paga las consecuencias.

La iglesia llegó a considerar los carros como una invención malévola.

Parados porque sí

Los que tienen carros poco los usan por una serie de carencias impropias de un país rico como Venezuela. Se ha migrado a otros vehículos como motos o bicicletas, pensando siempre en economía; aunque ya nada es barato ni accesible al presupuesto de una familia común.

Los que andan en bicicletas se quejan. Marcelo Reyes, reportero gráfico, vendió su carro porque los sueldos del IND no alcanzan para mantenerlo. Compró una bicicleta usada. Le hizo mantenimiento. Asegura: “Lo único barato fueron las municiones para los tres ejes: 3 dólares. Iba a comprar cauchos pero no bajan de 10 dólares. Compro caucho, pago alquiler o como”, expuso. ¿Cuántos como él?
Un vendedor de repuestos de carros, Pedro Rodríguez, apodado Batido porque siempre batió récord de ventas, indica que “la gente dejó de comprar repuestos originales y se conforma con imitaciones que a la larga afectan la salud de sus vehículos”.

Explica, basado en el día a día: “Hace tres años la platina de la maleta del Yaris Belta costaba un millón de bolívares. Hoy cuesta 135 dólares. Como 50 millones de bolívares. Una bujía que era casi regalada hoy vale 6 dólares. Un filtro de gasolina, 50 dólares. Antes se vendían de 45 a 50 carros mensuales. Ahora ninguno”, y recuerda el convenio con Toyota que ensamblaba vehículos en el país con la condición de fabricar partes y accesorios. “Eso funcionaba bien. Producción, empleo, salarios justos. Pero de repente llegó la dolarización y todo se paró. Así que el día de parada puede ser mucho tiempo de parada”, advirtió muy pesimista.

Adelfa Quijano solloza cuando habla del “cementerio de Yutong” que ve todos los días desde las ventanas de su casa en el barrio La Libertad en el 23 de Enero. “También sucede en La Paz y en Bello Monte. Alguien debe responderle al presidente Maduro por esos hechos. El transporte público parado implica una ciudad parada”, enfatizó.

A ello se suma la inconmensurable cantidad de vehículos, de todo tipo, literalmente estancados en no se sabe cuántas estaciones de servicio para equipar combustible, donde horas hombre estérilmente desfloran la margarita pensando en cosas inciertas.

Visto así, el 22 de septiembre Caracas cumplió en gran medida el Día mundial sin autos, aunque las bandas armadas de El Coqui y El Vampi formaron un parampampán que ameritó movilizar patrullas y ambulancias, incluso furgonetas.

LUIS MARTÍN / CIUDAD CCS