VITRINA DE NIMIEDADES | En contra (o a favor) de la queja

Rosa Pellegrino

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Por todo hay que luchar siempre y siempre. Hasta por lo que ya
tenemos y creemos seguro. No hay treguas. No hay paz
Alejandra Pizarnik

¿A quién le causa gracia una queja? Es una de las expresiones que peor saldo nos puede dejar –si no, recordemos los tiempos de la escuela– y que más contrariedad nos causa. Le hemos inventado antídotos, como poner buena cara, mejor ocuparse antes que preocuparse y hasta oficinas. Pero, en un país bloqueado, declarado “amenaza inusual y extraordinaria”, con el sistema económico que ya sabemos, ¿podemos lamentarnos o pasamos de eso? ¿Cómo?

En estos días, cuando tantas cosas vienen desde varios flancos, luego de seis meses de un cambio que no se veía ni en la borra del café, me topo con una sensibilidad especial ante la queja. En redes sociales sobra el combustible para el lamento: salarios, servicios, salud, ocio… Y viene la contrarrespuesta: la condena al lamento, desde el ataque según la posición política de quien se queja hasta una postura que, aunque razonable, no deja de ser dura: sí, amigos, estamos en una guerra, y tenemos que aguantar la pela.

La cosa no cambia mucho si uno se va para la calle: tapabocas y gel antibacterial no evitan conversaciones catárticas sobre la sobrevivencia, desde los compañeros que se pusieron a vender lo que mejor tienen a la mano hasta personas que, en plena cuarentena, se buscaron otro trabajo. Pero, entre unos y otros, siempre está la preocupación por estos tiempos. Algunos se sienten victoriosos por momentos o, al menos, guapos, porque soportan; otros, solo piensan en llegar de pie al día siguiente.

Si algo los une es ese peso de tener que estar de pie, así venga el más arrebatado de los huracanes. Son muchísimos los hombres y las mujeres que están aguantando, con demasiada nobleza, pero también tienen derecho a expresar cuánto les agobia el peso que llevan. Unos serán más viscerales; otros, más reflexivos. Mas ignorarlos o pretender minimizar lo que sienten es apretar un poco más la tenaza que nos están aplicando desde afuera y, para remate, darle oxígeno a esos factores que propician el caos interno impulsando la ineficiencia y la indolencia.

¿Y es qué ahora nos convertiremos en plañideros a dedicación exclusiva? Es claro que no, pero liberar lo que pensamos nos vendría bien a todos. A quienes llevan la carga, porque una cuita es más llevadera si se comparte, como dicen por ahí, y nos permitiría ver que como sociedad tenemos mucho más en común de lo que algunos quieren hacer ver. Y a quienes toman decisiones, porque el reto es mayor: analizar y entender en colectivo cuánto de lo que nos pasa es culpa del bloqueo y cuánto es, en realidad, culpa de agentes que se ponen robustos y rozagantes con el caos.

Quizás, lo más valioso de atrevernos a oírnos es que podríamos asumir algo: nada es una conquista definitiva, como escribió Alejandra Pizarnik, y toca inventarse nuevas herramientas de combate. ¿Qué dirían nuestros próceres si, más de 200 años después, vieran nuestro continente? Imaginen la respuesta. La lucha podrá variar, pero jamás cesa.

Nota: En otro lote quedan los que viven invocando al diablo, pero se estremecen con solo verle un cacho. De eso hablamos otro día.

Rosa Pellegrino | @relenapg