HORIZONTE DE SUCESOS | Ciudadanos y locos II

Heathcliff Cedeño

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Si soy insistente con la locura es porque siempre falta algo por decir. La naturaleza insidiosa y su aparición problemática hacen que su presencia sea inasible para la experiencia. Si la verdad se construye a partir de la razón, la demencia hace cuestionar los cimientos de esta al no poder arropar todo lo referente al espectro humano.

Una casa sin puertas ni ventanas, pero con una presencia insoslayable que nos llama desde el fondo sería una imagen fiel a esos elementos discordante de la sociedad.

Hasta ahora nadie ha podido desentrañar cómo funciona el aparato psíquico de los locos, pero deben manejar información a la que los otros no tienen acceso, al inconsciente: esa región inhóspita que nos conecta con lo salvaje y otros secretos de la existencia.

No es casual que este término sea empleado por primera vez con la llegada del pensamiento moderno. Descartes establece el principio de dualismo mente/cuerpo y todo lo que no era consciente estaba relegado a la locura. Lo que no era domesticado por la razón quedaba del otro lado del muro.

Lo inconsciente también se popularizó en el siglo XVIII con la aparición del Romanticismo; esos sujetos que también fueron llamados locos por querer romper con la lógica de la academia al recurrir a la libertad del sujeto contra el orden, contra los moldes y fórmulas para interpretar la realidad. La represión no duró mucho y el desbordamiento fue inevitable. ¿Acaso no es de locos un mundo dominado por las pasiones y los sentimientos?

Sin caer en cliché de poner en duda de qué lado del muro se encuentra la razón y la locura, lo justo es pensar que no son figuras antagónicas, sino que una engendra a la otra. La demencia es la hija de la cordura, pero el material fangoso de la locura es tan impenetrable como el pensamiento de las bestias.

La razón es control, pero los locos son ingobernables. Por eso toca confinarlos y apartarlos de la vista de todos.

Un personaje de una novela se volvió loco cuando se entregó al estudio del pensamiento. De exposiciones magistrales pasó a rumiar códigos ininteligibles para el resto. Perdió sensibilidad para sentir el dolor ante la pérdida de un familiar, el interés por el aseo personal y el miedo al dolor físico, signos humanos que podemos reconocer en otros.

Prudencio se emocionaba cuando, entre el mal olor y el ropaje harapiento, decía tener el conocimiento del mundo en sus manos. En algún momento del día esa cosa se la pasaba de una mano a otra con mucho cuidado, con ademanes lentos y con la exaltación de quien está frente a algo que lo deslumbra. El detalle es que más nadie lo veía.

Hay elementos en la sociedad que son igual de invisibles como los que guardaba con recelo este “exfilósofo”, pero que sí son reconocidos porque hay un consenso colectivo que le da presencia y poder.

Heathcliff Cedeño