PUNTO Y SEGUIMOS | Los malos hijos

Mariel Carrillo García

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Pasé unos cuantos años de mi vida en el exterior. Convivir con migrantes, no solo paisanos sino de otras tierras, fue parte de mi cotidianidad por más de una década, y debo decir que ni aún la gente proveniente de países realmente empobrecidos o en guerra, es capaz de hablar tan mal de su lugar de origen como los venezolanos. En migrantes de otros lados hay una suerte de respeto tácito por lo que es propio, aún cuando no nieguen sus conflictos o dificultades.

En contraste, una gran parte de los connacionales en el extranjero (la fulana diáspora) oscila entre un chauvinismo barato y el desprecio absoluto por ese territorio del cual tuvieron –según– “que huir”. Así, aunque suene contradictorio. Y eso se explica en el hecho de que el país que anhelan y al que le expresan su supuesto amor disfrazándose con la bandera es aquel del Miss Venezuela, la ropa de marca, los supermercados llenos de inútiles cosas gringas hechas en China, la Venezuela saudita con los pobres invisibilizados. El recuerdo de una entelequia. Un país que elegimos transformar. Un país que no existe ya en esa versión. Y de ahí el desprecio.

“Es una porquería, no hay nada, el chavismo acabó con todo”. “¿Cómo me quito la nacionalidad?”. “Te mueres de hambre en la calle”. “Es pura corrupción, con AD se vivía mejor” (porque la corrupción adeca si es bien vista). Y así van las expresiones que utilizan para describir a su patria ante oídos foráneos; mismos a los que dos minutos después (y sobre todo si son de otro país latinoamericano) les lanzan: “Tenemos las mujeres más bellas, no las doble feas de aquí”; “¡Ay no!, estos son aguados, no tienen sabor como nosotros” y otra lista de frases que hacen que uno quiera morirse de la vergüenza. Así actúan, escupiendo odio y contradicciones contra propios y ajenos.

Son esos los mismos que dicen que Guaidó es su presidente y que muy bien que robe antes que el régimen, y muy bien que pida que Estados Unidos sancione. Porque esos chavistas enchufados están viviendo la vida que les pertenece y los chavistas pelabolas son los culpables de eso; porque son pobres, y encima brutos. No les importa que esas medidas de asfixia contra la nación sean las que efectivamente contribuyan con saña a que “no haya nada” porque, total, “Si no es para nosotros, que sea para los gringos, o para cualquiera menos esa masa de gentuza chabestia”.

Ese grupo humano que nació en Venezuela pero que en el fondo quisiera no haberlo hecho, no ve a la Patria como madre, o familia, sino como botín. Por eso no les importa vejarla, ni insultarla, ni pedir a otros que la hieran. Para la dirigencia opositora y sus fieles militantes de la “diáspora” –especialmente quienes pasaron los 40 años del bipartidismo robando– Venezuela es como una hacienda en la que se rebelaron los esclavos. Y ya sabemos cómo reaccionan los patrones ante esas revoluciones. Por suerte, del otro lado estamos quienes, como buenos bolivarianos, nos decidimos a no ser esclavos de nadie. Ustedes abrácense a su Green Card y no vuelvan nunca, malos hijos, aquí no los queremos.

Mariel Carrillo García