CARNET DE IDENTIDAD | Mortal enfermedad

Hindu Anderi

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Si de años importantes se trata, 1945 fue para la humanidad el inicio de una nueva era en las relaciones internacionales. Por un lado se produjo el fin de la Segunda Guerra Mundial o europea y por el otro se dio inicio a una guerra en otra dimensión, para capitalizar el poder militar, político y económico del mundo.

El fin de la guerra, que suponía terminar con una enfermedad que amenazaba al mundo como el fascismo, fue macabro, digno de los hijos del Tío Sam. Convertir las ciudades de Hiroshima y Nagasaki en monumentales crematorios superando a Hitler, fue un hecho que no sólo cambió a los japoneses, sino que hizo sucumbir a muchos en el pánico que luego los convirtió en serviles a los antojos de la Casa Blanca.

Washington entonces se acostumbró a mandar en todos lados, salvo algunas dignas excepciones. Sus embajadas decidían y aún deciden el nombre del presidente de turno; los convenios entre países, el alcance de las políticas militares, el comercio y pare de contar. Se tomaron muy en serio su papel de gendarmes del mundo.

En Venezuela, en los años de la Cuarta República, la supuesta autonomía de los poderes fue bien dirigida y aprovechada por el Pentágono. Sirvió para fragmentar el Estado y enfrentar a los poderes sometiéndolos cada vez más a los designios del Norte.

El sueño de integración durmió el sueño de los injustos durante varias décadas y los pueblos pagaron las consecuencias. Cada quien estaba por su lado, salvo a la hora de levantar las manos para apoyar las arbitrariedades de Estados Unidos.

Sin embargo, las últimas dos décadas de la historia nos cambiaron el rumbo. La llegada al poder de hombres y mujeres, quienes coincidieron en la necesidad de leer, escuchar e interpretar a sus pueblos fue la resurrección de la esperanza.

A pesar de los asesinatos de líderes revolucionarios y de los golpes a los gobiernos populares del continente, los pueblos se quedaron en la calle, movilizados, haciendo su revolución y comprobando en carne propia la maldad sin fin del sistema.

El 2020 es sin duda un año sin igual. Nos recibió con una pandemia que logró desmovilizar y frenar a muchos de esos pueblos que tomaron las calles del mundo. Pero tal paralización es relativa. Aun cuando el virus es de cuidado, porque se ha llevado a cientos de miles de vidas, el virus más peligroso a entender de la mayoría es la injusticia. La falta de sistemas de salud accesibles y justos; la ausencia de seguridad social y la subestimación de la vida por quienes detentan el poder mundial son los síntomas de la más cruel y mortal enfermedad que al igual que el Covid 19, para ser derrotada debe combatirse colectivamente.

Hindu Anderi