De las representaciones antivirus

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Llegamos al último trimestre de este pandémico 2020 de miedo, hiperinflación, desesperanzas, amenazas internas y externas, con un desaparecido clave, carencias de servicios y de paso sin gasolina, a pesar de ser un país rico en petróleo, un relato digno de Aunque Usted No Lo Crea, donde se avecina un incierto diciembre que en condiciones normales es sinónimo de Navidad y renovación de fe para dejar atrás lo malo, con matices religiosos y festivos, además del electoral como capítulo aparte.

Desde que Caracas es ciudad principal, entre finales del siglo XVII y ya entrado el XVIII, también en fecha cercana al fin de un año o inicio del siguiente, se consolidaron tradiciones electorales para renovar ordenanzas que se promulgaban, de manera verbal en las principales esquinas, la conducta ciudadana, siempre a favor de los grandes cacaos –como les decían a los poderosos– con clara influencia de la Iglesia. Esos discursos públicos cargados de reglas y sanciones eran conocidos como Representaciones.

Ahora mismo, cuando nadie quiere ni siquiera mirar sus relojes, con el deseo de que lo que resta de año se vaya más rápido que estos meses de cuarentena, surge en el imaginario una Representación colectiva que propone el fin de la pandemia en un ambiente de real recuperación económica y social para autodeterminarnos como el país rico que somos tanto en valores como desde el subsuelo.

Otrora, villancicos, aguinaldos y ritmos litúrgicos marcaban el compás. En un año normal de la actualidad ya estarían las emisoras de radio repletas de gaitas, con su tono de jolgorio y diversas letras y temáticas, tan disímiles como pegajosas… ahora un par de realidades marcarían la nota: covid-19 y carencias populares, cuyo fin es el máximo clamor.

Es que además del virus se proyecta duda hacia el venidero diciembre por la curva ascendente de la hiperinflación opuesta a la caída libre del poder adquisitivo con pensiones y salarios paupérrimos, menores a una divisa, marcador con el que combatió y perdió la batalla el Ejecutivo y el pueblo.

Hallacas, pesebres, arbolitos, Niño Jesús, San Nicolás, regalos, estrenos, dulces de lechosa, curdas y ventetú con tapabocas. Eso sería lo medianamente normal. Pero nadie sabe si será posible compararnos tan siquiera con nosotros mismos un tiempo atrás.

Caña, campanas y truco

El negocio licorero privó en el celoso resguardo que las autoridades se autoexigían de fechas festivas como la irremplazable Pascua de Natividad, con ritos netamente religiosos que devenían en lo pagano con la rumba y la embriaguez. Las Representaciones se consolidaron en 1764 bajo el mando de los grandes cacaos, recién electos alcaldes, Juan Jacinto Pacheco, Conde de San Javier, y Miguel Berroterán, Marqués del Valle de Santiago, además de Sebastián Rodríguez del Toro, tercer Marqués del Toro, como Procurador. Esa práctica se extendió quizás hasta las últimas navidades realistas, 1820 –en 1821 fue la Batalla de Carabobo–, donde todo se regía por las ordenanzas del Ayuntamiento.

El ritual político litúrgico imponía que las autoridades desfilaran desde la Casa Consistorial –sede de alcaldes y concejales–, situada al sur de la Casa Amarilla –en la actual Esquina Caliente–, con destino a la Catedral donde, previo a la misa, les ofrecían agua bendita.

Luego de la eucaristía retornaban a sus sitios de trabajo, según lo reseña en Crónicas de Santiago de León, Juan Ernesto Montenegro, quien sugiere que ahí empezaba el rumbón con cohetones y otros pirotécnicos de la época. La celebración podía extenderse hasta el Día de Reyes, a ritmo de parrandas y otros estilos menos publicitados, a los que se anexaba un acto simbólico en el cual Herodes degollaba niños para recordar cómo el famoso infanticida falló en el intento de liquidar a Jesús antes de hacerse tan famoso en su papel de Mesías.

Mientras las lógicas ebriedades hacían estrago por tan extendidas peas, las autoridades se buscaban sustitutos entre ellos mismos cada primero de enero, quizás aprovechando el estado de inconciencia de las mayorías para deslizar nombres de notables (o los suyos propios) entre los nuevos miembros del Ayuntamiento, que emitiría las normas bajo la figura del Buen Gobierno que (“ahora sí”) prohibía pararse en las esquinas de noche, portar armas, el desorden que pudiera originarse en las guaraperías que debían cerrar con el repique de campanas; las casas con puertas abiertas después del “toque de oraciones” debían iluminar sus zaguanes o verían sanción, y con un sí pero no para los taberneros de guaraperías que debían evitar desórdenes, cerrar con el repique de campanas de la Catedral y “si se les hallare del guarapo sobradamente fuerte o maleficiado se le derramarán las vasijas que lo contengan”. O sea el eterno pa’lante y pa’ atrás… jajaja.

Regulaban también lo referente a aranceles, aseo, suministro de agua, desmalezamiento y la oficialización del truco (naipes) como único juego permitido. Gran dúo: truco y caña…
En la actualidad, la señora Antonieta, de la Fundación, juró que nadie –“ni el virus ese”– le quita su Navidad. Juanita Ariza ya montó sus adornos y le puso tapaboca a un muñeco de nieve. Pero Yarima no celebrará “porque mi hijo está fuera del país y no tengo ánimos”. Pero las tres, del pueblo de a pie, tienen la mira puesta en que las nuevas Representaciones contemplen una normalidad que garantice la democratización del bienestar común y el crecimiento armónico de Caracas y su heroico pueblo.

Ciudad Ccs / Luis Martín