Quino dejó los trazos de un padre genial

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Fue el padre de Mafalda, una niña que nunca creció, tal vez porque vino al mundo ya demasiado adulta. Joaquín Salvador Lavado, más conocido como Quino, empleó solo nueve de sus 88 años para desarrollar a este personaje, pero fue tal su impacto que lo catapultó a la inmortalidad.

Esta semana Quino partió de este mundo, al que no se cansó de cuestionar a través de las preguntas y las afirmaciones de Mafalda y de todos sus otros “muñequitos” (algunos de ellos totalmente mudos) y de resultas de su ida, además de Mafalda, muchos admiradores se han quedado con un sabor a orfandad tan agridulce, como el humor del inmenso artista argentino.

La propia Mafalda ha sido la encargada de mostrar los sentimientos que han aflorado en el público latinoamericano por la muerte de su creador. Poniéndose en el “modo Quino”, por ejemplo, un usuario de las redes sociales tomó una de las viñetas de la niña y le puso la siguiente frase: “¡Ah, no, 2020, ahora sí te pasaste de la raya!”.

Dibujantes profesionales y aficionados de todo el orbe le están rindiendo homenajes a punta de lápiz. Uno de ellos la plasmó con una enorme lágrima con forma de globo terráqueo, mientras en otra viñeta, Mafalda aparece con una curita en la mano y se pregunta cómo se pone eso en una herida en el alma.

Para calibrar la importancia de este cultor de la caricatura, debemos pensar que por más genial que haya sido y sea Mafalda, fue apenas una fracción de la copiosa obra de Quino, que comenzó a tomar forma desde sus 13 años de edad, de la mano de un tío que se dedicaba al diseño gráfico.

En 1954 publicó su primera tira cómica en un semanario llamado Esto es. En 1963 ya era un humorista de renombre, al punto de publicar su primer libro de la serie Mundo Quino.

No fue sino un año después cuando nació la pequeña y ácida Mafalda, que originalmente iba a ser parte de una campaña publicitaria para una empresa de artefactos del hogar. La campaña no prosperó, pero Mafalda sí, como personaje de una tira, complementada luego por un entrañable grupo de personajes (mamá, papá, Felipe, Susanita, Manolito, Libertad, Guille, Muriel, Miguelito, la Tía Paca y la tortuga Burocracia).

De ascendencia andaluza, Quino era más bien introvertido, muy lejos de tener poses de divo, aunque llegó a ser uno de los caricaturistas de habla hispana más celebrados y reconocidos y recibió premios como el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, en España, y la Orden Oficial de la Legión de Honor, en Francia.

En su tierra natal también recibió “reconocimientos”, entre ellos uno no muy agradable: el haber tenido que irse a toda prisa cuando tomaron el poder los gorilas, en 1976. La amenaza era tan real que en la escena de algunos de los asesinatos más sangrientos cometidos por la dictadura, los criminales dejaban una tira en la que Mafalda señalaba con el dedo al rolo de un agente de seguridad del Estado y decía que ese era “el palito de abollar ideologías”.

Este año, el 17 de julio, día de su cumpleaños número 88, el Ministerio de Cultura argentino lo definió como “el creador de una parte de la cultura nacional con humor y enseñanzas para millones de seguidores de sus historias y reflexiones”.

En 1973, cuando el personaje emblemático tenía 10 años y más de 1 mil 900 entregas en varios medios argentinos (el suplemento humorístico Gregorio, la revista Primera Plana, el diario El Mundo y el semanario Siete Días Ilustrados), Quino tomó la decisión de no seguir dibujando a Mafalda. No quería incurrir en repeticiones únicamente porque la incisiva chica era un gran éxito. Hubiese sido una contradicción que, tal vez, la misma criatura le habría echado en cara.

Luego de que el país salió de la oscura y tormentosa noche dictatorial, el dibujante volvió a Buenos Aires, aunque alternado su residencia con períodos en Italia y España. Su trabajo como insigne caricaturista fue cediendo ante el avance de un glaucoma que le impidió entregar su magistral ironía en los años finales de su vida.

Muchos caricaturistas venezolanos y latinoamericanos tienen que agradecerle a Quino parte de su inspiración. Iván Lira dijo: “creo que me ha influido mucho, yo no sabría medir cuánto, pero a Quino lo considero una especie de Shakespeare del género, un verdadero genio capaz de elevar el humor gráfico a tratado filosófico, alegato político y burla risueña”.

Rubén Hernández, quien le rindió un homenaje a trazo limpio en el diario VEA, lo calificó como “un genio del humor gráfico que influyó enormemente en mis trabajos”.

Mientras tanto, el artista (criollo y vasco) Eneko Las Heras contó cómo ha sido su relación con el titán argentino: “Crecí leyendo a Mafalda y mirando los chistes gráficos de Quino y de otros autores del sur (Caloi, Crist, Mordillo, etcétera) así que quedó grabado en mi inconsciente y al hacer mis primeros chistes gráficos (siendo aún un niño) este estilo estaba muy presente. Cuando empecé a dibujar en prensa, sin embargo, me alejé voluntariamente de esa manera de hacer humor y estuve más bien, influido por autores como Zapata, Régulo o Abilio Padrón o por españoles como OPS y Chumi Chúmez, que tenían otra manera de hacer humor. Sin embargo con el paso del tiempo he ido apreciando cada vez más esa ‘escuela del sur’ (y supongo que he incorporado algo de eso a mis dibujos) y en concreto, considero a Quino un genio de una dimensión descomunal”.

No es casual que los tres (y muchos otros artistas que han opinado en estos días) lo cataloguen de genio. Lo fue, sin duda, y por acá -para fortuna de todos- nos ha dejado sus formidables trazos y su no menos genial niña que nunca crece.

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El Club de los Mafaldos

Durante mis años de reportero, primero, y de coordinador de otros reporteros, luego, reivindiqué el mafaldismo como una bandera de la profesión. El periodista siempre debía hacerse (y hacer) preguntas al estilo de la hija de Quino: irreverentes, antipáticas, generadoras de disgustos en los poderosos, pero estimulantes de la reflexión personal y el debate general.
En algunos trabajos de opinión de esos tiempos aparece un personaje colectivo llamado el Club de los Malfaldos, formado por comunicadores preguntones empedernidos e impertinentes. Ahora que lo pienso, ese club le debe su existencia al señor Joaquín y me parece que es mi deber dejar constancia de agradecimiento a la hora de su cambio de plano.
El periodismo, como lo sabemos todos, está en una profunda crisis, y una de las muchas causas es que se ha perdido esa capacidad de interrogar con una mezcla de rebeldía e inocencia. Hay demasiada malicia, demasiados intereses por un lado, y demasiado temor o pereza, por el otro.
Por cierto, la tira cómica oficial del Club de los Mafaldos era una donde Mafalda lee la frase del día en el periódico que le presta su papá: “Mientras más conozco a los hombres más quiero a mi perro”, de Diógenes. Ella se queda cavilando y se pregunta: “¿Qué clase de periodismo es este?”, y luego exclama: “¡Falta la opinión del perro!”. Una clase de ética de la comunicación en cuatro dibujos.

Clodovaldo Hernández